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Ciudad | Gualeguaychú

Amor sin etiquetas: La historia de dos mujeres de Gualeguaychú que lucharon contra todo para ser madres

Érica Benetti y Claudina Acosta están juntas hace siete años. El pasado 8 de junio, Amapola, la hija de ambas, cumplió su primer año de vida. Hoy es todo felicidad, pero el camino fue muy difícil para esta familia, que no encasilla en el modelo hegemónico heterosexual. Su caso evidenció las carencias del sistema de salud y de la burocracia estatal. Pero también se convirtió en ejemplo de lucha.

Por Luciano Peralta

Cuando digo que lucharon contra todo para ser madres no estoy apelando a ninguna figura retórica. Érica Benetti y Claudina Acosta impusieron sus voluntades y deseos a pesar de enfrentarse a adversidades de todo tipo. Su historia es bien significativa y deja en evidencia, por un lado, las dificultades a las que se enfrenta una familia homosexual al momento de traer un hijo al mundo y, por otro, el poder del amor.

“Para nosotras la posibilidad de ser madres era algo utópico, creíamos que sólo las personas con mucho dinero podían hacerlo. Además, pensábamos que éramos las únicas en Gualeguaychú, porque de esto no se hablaba. Después, cuando empezamos a hacer los trámites del DNI (de su hija) nos enteramos que hay muchas familias en esta situación ¡por qué no hablan, por qué no nos cuentan cómo es!, fue lo que pensé en ese momento”, dice Érica y rompe el hielo en la charla con ElDía.

Una vez que decidieron averiguar de qué se trataba eso de la inseminación artificial, dieron, de casualidad, con el Instituto de Fertilidad e Investigación de Rosario, a donde llegaron semanas después. “Fue muy lindo, la sala de espera era super diversa y agradable. Toda una novedad para nosotras, que venimos de una sociedad en la que, si tenemos que salir tapadas con una frazada, sin darnos la mano y sin darnos besos, mejor”, cuestionaron.

Para su sorpresa, económicamente no era tan inalcanzable como ellas pensaban y la obra social cubría el tratamiento, aunque no el banco de donantes. Entre ahorros y juntando un poco más de dinero, iban a poder embarcarse en esa aventura de ser madres, aunque todavía no tenían idea por todo lo que iban a pasar.

El primer obstáculo fueron los límites del sistema de salud. “Nos pasó que había uno de los estudios, que era más sencillo, de sangre y cultivo, para el que nos dieron turno en un histórico laboratorio de acá, pero cuaado fuimos nos dijeron que debía haber sido un error, que ellos no lo hacían”, recordó Claudina.

"Venimos de una sociedad en la que, si tenemos que salir tapadas con una frazada, sin darnos la mano y sin darnos besos, mejor"

“En la ciudad lo único que pudimos hacer es sacarme sangre. Para todo el tratamiento tuvimos que viajar muchísimas veces a Rosario, en colectivo, porque no tenemos auto; pagando hoteles y toda la estadía. Es una moneda, no se trata solamente del tratamiento en sí”, reforzó Érica.

No se trata de estudios sencillos. Demandan hacerlos, por ejemplo, el segundo día del ciclo de ovulación. Entonces, “teníamos que estar sacando cuentas con el pasaje en colectivo, que, además, por día tiene sólo un viaje de ida y uno de vuelta a Rosario. Teníamos que conseguir turno en la clínica, obviamente, y pedir permiso en nuestros trabajos para poder viajar”.

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El segundo obstáculo fue cuando el médico le dijo a Érica que hace cinco años tenía fallas en las tiroides, diagnóstico que nunca le había dado en Gualeguaychú. Por lo que el tratamiento debió postergarse hasta poder regular eso. “Fue un bajón. Acá, el endocrinólogo no lo cubría la obra social y era muy caro, entonces empezamos a ver uno de la misma clínica. Teníamos que viajar para hacer el estudio, volver a viajar para evaluar los resultados, así varias veces. Todo en colectivo, siempre. Todo era plata. No fue nada sencillo”, recordaron.

Una vez resuelto eso y completado todos los estudios previos, comenzaron el tratamiento. Una inyección cada día y, día por medio, una ecografía transvaginal. “Esa primera vez nos fuimos a Rosario una semana antes de la inseminación, yo me sentía re embarazada”, contó Érica.

“A los 15 días recibí el whatsapp de la bióloga -continuó-, que me pedía que le mande el beta (hormona del embarazo), un análisis de sangre que me había hecho en Gualeguaychú. Estaba segura de estar embarazada y hasta tenía síntomas. Organizamos una cena con mi mamá, en realidad hicimos que ella nos invitara, para darle la noticia. Claudina fue a buscar los resultados en remís y cuando volvió me hizo que no, con la cabeza, entonces seguimos la cena, como si nada”.

“Fue un bajonazo, las ilusiones se nos fueron al piso. Teníamos que esperar y volver a juntar la plata, desde cero, porque si bien teníamos los estudios ya hechos debíamos volver a comprar toda la medicación”, apuntó Claudina.

Inseminación

Tres meses después, volvieron a ponerle el cuerpo y todas sus esperanzas al proyecto familiar. Pero, en ese momento les informaron que la obra social cubría un tratamiento cada cuatro meses, como mínimo, tiempo que no había pasado. El deseo de ser madres fue mucho más fuerte, por lo que pagaron todo el tratamiento y volvieron a viajar todas las semanas a Rosario.

“El fin era formar una familia, entonces vendimos todo lo que pudimos vender, juntamos la plata y apostamos al tratamiento. Pagamos todo de nuestro bolsillo y nos quedamos sin un peso”, contaron.

“Volvimos a los inyectables diarios y cuando fue el momento, otra vez a la clínica. El útero estaba totalmente dado vuelta, entonces la inseminación duró mucho más tiempo. Nos volvimos a Gualeguaychú y seguimos nuestra vida, mucho más tranquilas que la primera vez. A los 15 días, recibimos el nuevo resultado: otra vez fue negativo”.

"El fin era formar una familia, entonces vendimos todo lo que pudimos vender, juntamos la plata y apostamos al tratamiento"

La frustración fue más grande que la primera vez y las ganas de abandonarlo todo las invadió, especialmente a Claudina. “Vamos a hacer un intento más”, fue el pedido de su compañera cuando ya habían pasado algunos días. Esta vez la obra social volvería a cubrir parte del tratamiento y, de hacerlo, el tercer intento sería menos caro que el segundo. Pero, de fallar, la decepción iba a ser mucha. Y eso también lo sabían.

Los inyectables eran muy difíciles de colocar, el cuerpo ya no los resistía. Una vez que terminamos, volvimos a repetir todo los pasos y la inseminación duró apenas tres minutos. Esta vez, estábamos convencidas de no estar embarazada. No hubo ilusión, no pensamos en eso las dos semanas que siguieron, aseguró Érica.

Fue un viernes cuando tenían que ir a buscar los resultados del estudio, pero tanta era la negación que ni siquiera los retiraron. “El sábado, muerta de curiosidad, la convencí para que se haga un test de embarazo. Se lo compré y le dio positivo. Entonces me tomé otro remís a la farmacia y compré cinco test de embarazo, todas las marcas que había: todos dieron positivo”, relató Claudina. “El lunes era feriado, teníamos que esperar hasta el martes. No te puedo explicar los nervios que pasamos esos días”, confesó.

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Esta vez sí, la tercera fue la vencida ¡Érica estaba embarazada! Pero, lejos de que ello significara el fin de las complicaciones, tras un embarazo “hermoso”, la pandemia hizo volar por los aires los planes. La idea era que Amapola nazca en una clínica de Rosario mediante un parto respetado. Ya habían reservado el lugar, los profesionales y hasta el departamento donde se iban a instalar, cuando, de una semana a otra, se prohibió circular libremente en todo el país. Entonces no tuvieron más alternativa que programar el parto en la ciudad.

Las restricciones por el Coronavirus y la falta de formación en nacimientos respetados por parte del personal que las acompañó fueron un trago amargo para los planes de la pareja. Amapola nació por cesárea y la madre ni siquiera pudo alzar a su beba. De la sala de cirugía, directo a la incubadora.

“Terminé con una cirugía que no hubiese querido, pero Amapola estaba bien, eso bastaba en ese momento. Pasaron los días y, como cualquier madre, nos fuimos al Registro Civil para anotarla. Ahí empezó el último de los obstáculos a vencer”, adelantó Érica en la charla con ElDía.

Como suele pasar en algunas dependencias de este tipo, el sistema no está preparado para resolver situaciones que se corran de la norma general. Las madres primerizas debieron hacer un sinfín de gestiones, presentar el doble de documentación que cualquier pareja heterosexual y hasta certificar su maternidad por un escribano público. De no creer.

“A mí el sistema me decía que yo no tenía derechos sobre mi hija, a pesar de haber hecho todo perfectamente en regla. Fue espantoso. ¿Por qué a una pareja heterosexual no se le pedía todo lo que a nosotras sí? ¿Quién garantiza que ese hijo sea de ese padre? ¿Se entiende la injusticia?”. Las preguntas de Claudina no tienen respuestas lógicas dentro de un sistema que, si bien se dice moderno, diverso y acorde a la realidad actual, en la práctica no es tan así.

"Amapola llegó para revolucionar un montón de cabezas"

“Creo que dimos un paso importante para que las parejas que vinieron después de nosotras no tengan que pasar por lo que nos tocó. El derecho a la identidad de los niños, de les niñes, está por sobre toda la burocracia a la que fuimos sometidas. Esa, además de la personal, fue una gran batalla ganada”, aseguró Érica.

Claudina, en tanto, celebró que “Amapola llegó para revolucionar un montón de cabezas. Nos escribió muchísima gente y recibimos muchísimas muestras de amor. Amapola está entre nosotras y es eso, amor, el amor que nos reconforta el alma”.

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