OPINIÓN
Argentina, la tierra donde nos gusta ver siempre la misma película
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Por Jorge Barroetaveña La historia se repite con distintos protagonistas pero el mismo libreto. Argentina otra vez quedó a un paso de default, tal como anunció el propio Presidente de la Nación. Con buenos modales, y sin gritos ni retos, el peronismo le puso al broche al enésimo incumplimiento de la historia. ¿Culpa de los otros? No, todita nuestra. Un rato antes habían estado caminando por la residencia de Olivos. Prolijamente, Presidencia de la Nación se encargó de divulgar la foto de Alberto y Cristina charlando animadamente, aunque preocupados, por los bellos jardines de la casona de Olivos. Instantes después le pusieron el cuerpo a una postal que quedará para la historia aunque se guardaron bien de pintar la escena: a la izquierda del Presidente sentaron a un ‘embarbijado’ Horacio Rodriguez Larreta. ¿Habrá sido él? La cara nunca se le vio, menos los gestos mientras escuchaba el tenor de los anuncios. Al cabo, el Jefe de Gobierno porteño estuvo para hacerse cargo político de algún modo, de la mochila de deuda que Macri le dejó a todos los argentinos y varias generaciones más. Es que Alberto no tiene de dónde sacar la plata. En los ’90 Menem se encargó de vender puntillosamente todas las ‘joyas de la abuela’. Eso le dio sustento a la Convertibilidad. Exhausto y e incapaz de ponerle punto final al 1 a 1, De la Rúa no supo qué hacer, más que ensayar un megacanje que en lugar de salvarnos nos hundió más todavía. Le tocó a Rodríguez Saá echarle la última palada de tierra al default, aunque el clima se pareció más a un cumpleaños de 15 que a un velorio. Con el trabajo sucio que le había hecho Eduardo Duhalde, pero con un cuidado supremo del déficit fiscal y externo, Néstor Kirchner fue el encargado de administrar la salida. Con el viento de cola de los precios internacionales de los commodities, se sacó de encima al Fondo Monetario y pateó para adelante reformas profundas. Cuando el contexto internacional cambió, nada era igual. Pero le tocó a Cristina. Macri recibió en 2015 un país seriamente complicado, con financiamiento internacional caro, pocas reservas y un estado elefanteásico que le da de comer poco y mal a 17 millones de argentinos. No hizo nada de lo grueso que había prometido en campaña y que lo llevó a la Presidencia. Se enamoró del gradualismo, retardó las reformas y dilapidó buena parte de su capital político. El encarecimiento del crédito en el mundo lo dejó sin alternativas y tuvo que recurrir al “Tío Fondo”, el último prestamista del barrio que, presionado por Estados Unidos, dio plata que sabría que le sería casi imposible cobrar. Y así fue. Al final fueron 57.000 millones de dólares, el paquete de ‘ayuda’ más grande de la historia argentina y el que alguna vez recibió un país del mundo. Y allá llegó el Presidente Fernández en diciembre, sabedor que sería casi imposible pagar, aunque dando muestras de querer hacerlo. Pero cuando nadie lo pensaba apareció un bichito malo y se llevó puesto el mundo entero. La Argentina, expuesta en su debilidad, quedó a merced del capricho de los mercados y de las consecuencias de una pandemia que no sabemos hasta dónde nos llevará. De repente todo se aceleró. La cuarentena que hasta ahora nos viene salvando de más muertes, nos empuja a un abismo económico cuya profundidad todavía ignoramos. La desesperación de las pymes, los jubilados, los pequeños comercios, trabajadores informales, monotributistas y autónomos es difícil de dimensionar. Esa desesperación los impulsa a muchos a ganar la calle para llevarse el mango que les permita comer, ni siquiera pensar en pagar algún impuesto. Un taxista de Capital, oficio emblemático de la clase media, se lleva 300 pesos por día. La angustia del muchacho que lo contaba, barbijo y micrófono de por medio, era infinita. Peluqueros, gimnasios, mercerías, ópticas, profesionales. Cae todo en la volteada. La UOM, sindicato que aglutina a todos los obreros metalúrgicos, acaba de acordar con las patronales una poda del 30% en el salario de sus trabajadores. Antes que la calle claro, prefiere la tijera y es razonable. Los millones restantes que son sus propios patrones no pueden trabajar, lo que se traduce en cero ingreso. El correlato es el desplome de la recaudación del estado. Si la gente no tiene para comer, mucho menos para pagar impuestos. Las formas en política también cuentan. Esta vez, pese a que el final de la película indica que será similar al del 2001, no hubo matracas ni pitos y apenas aplausos tibios al final. Tampoco hubo retos y culpas foráneas. Y el Presidente buscó rodearse del mayor volumen posible de respaldo político. A esta altura lo que más podemos temer es que aquello que dijo alguna vez el ex Presidente Duhalde: “estamos condenados al éxito”, haya mutado y se convirtió en “estamos condenados al fracaso” o mejor, “a repetir siempre los mismos errores”. No aprendemos. Hace décadas que venimos con la misma película. Como si un sino trágico nos persiguiera y nos faltaran energías para superarlo. Argentina, esta película ya la vimos.
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