Argentina, entre necesidades y urgencias
Por Dr. Raúl Arellano
Opinión
Los problemas de naturaleza económica debieran ser una oportunidad histórica para tomar decisiones políticas consensuadas, racionales y no mediáticas aunque esto no signifique politizar la economía sino darle un marco político definido.
Cuando en una problemática pugnan intereses sectoriales y una cuota de poder esta en juego, el bien común deja de ser bien y deja de ser común.
Más allá de la legitimidad o mas acá de algunas razones atendibles no pueden estar ausente en toda negociación cierta grandeza, algo de sentido común y una idea superadora que evite una puja casi canibalesca que obliga a optar entre lo malo y lo peor.
En política ningún gesto ni ninguna decisión son gratis, conlleva inevitablemente efectos deseados y no deseados.
Uno de los paradigmas más trascendentes en este incipiente siglo XXI han sido los procesos de cambio no solo económicos sino también políticos que responden a una metodología no convencional.
Una fotografía del mundo de hoy, incluido Argentina, ha permitido detectar que la pirámide se ha invertido, léase, los procesos de cambios estructurales o de modelo van desde abajo hacia arriba, es decir nacen en sus bases como una manifestación espontánea e inevitable de algún descontento colectivo que no se puede ignorar ni postergar, enarbolando la soberanía de las bases y de los excluidos
En el ámbito político no hay premios ni castigos pero si hay consecuencias que no alcanzan con ser diagnosticadas sino que exigen ser resueltas de manera cierta y concreta, para que no se vuelvan en contra.
Un país no puede ir sistemáticamente detrás de la urgencia y desconsiderar lo importante, porque si priorizamos lo importante lo urgente resulta relativo.
Las necesidades tratadas urgentemente no siempre se resuelven, sea por falta de un análisis profundo, por falta de diálogo o por no responder a una inteligente negociación.
Desde la función pública hacer uso y abuso de ciertas excepciones legislativas aplicadas a temas centrales no auguran ninguna solución, al contrario, exacerban los espíritus, predisponen a las partes y dilata toda solución sustentable.
Cambio de paradigmas.
Argentina, necesita un mensaje político esperanzado, pacífico y funcional a un proyecto de país posible; para que dejemos de ser militantes del fracaso.
La globalización de la política ha traído aparejado un cambio de paradigmas porque no cambiaron las respuestas, cambiaron las preguntas y esto obliga a repensar el futuro.
Argentina, como el mundo, vive un momento que puede resultar histórico o puede ser trágico en lo institucional y en lo político sino se resuelven las grietas de un modelo socio-político que parece haber cumplido un ciclo porque no responde en tiempo y forma las demandas del mercado ni de la sociedad.
Ni el mercado, ni el Estado aisladamente son los instrumentos adecuados para tamañas decisiones, porque si Keynes viviera no creo que fuera argentino.
La gobernabilidad y la credibilidad son los nuevos paradigmas de toda gestión de gobierno, porque replantean de manera absoluta un antes y un después.
Un hilo muy delgado separa la gobernabilidad de la credibilidad, dos atributos imprescindibles para una misión política, ejecutiva y posible. Argentina necesita repensar de manera urgente en que estado está el nivel de gobernabilidad política y cual es el grado de credibilidad pública.
Los tiempos modernos post-globalización, la crisis financiera y su efecto multiplicador, la problemática socio-política de muchas economías emergentes obligan a cambiar de paradigmas en el marco de los nuevos modelos de decisión. No es posible cambiar de actitud sin cambiar de esquema mental y sin tener una visión estratégica superadora que de soluciones concretas.
Los cambios de paradigmas como los nuevos instrumentos de negociación se manifiestan a nivel empresa, a nivel social y por supuesto a nivel político acorde a los nuevos escenarios y en función de nuevos desafíos.
Una visión pobrista de la política no resuelve ningún problema en el corto plazo, debilita la confianza pública y atenta contra la propia gobernabilidad.
Resulta una misión imposible en términos de gestionar un país la falta de credibilidad porque atenta contra las expectativas y alimenta la desesperanza.
Diagnosticar la realidad sin resolverla no hace otra cosa que acumular asignaturas pendientes con un final abierto e incierto.
No se puede ni se debe gobernar en términos estrictamente electorales porque el desorden no se ordena con promesas, se ordena y se resuelve con ideas, con dialogo y con consenso; porque la verdadera legitimidad no está en la urnas sino en la gestión.
Convivir con necesidades y urgencias viola peligrosamente todo contrato social creando un estado de crispación permanente.
Toda nueva construcción política debe dejar de ser un festival de vanidades personales para transformarse en un modelo de gestión político, representativo y democrático; con actores sociales capaces de soportar un archivo.
Demasiado tiempo nos unió el espanto; quizás sea tiempo de unirnos en la coherencia, en el sentido común y en la esperanza.
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