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Ciudad | Gualeguaychú

Buscando al Padre Jeannot por la radio

Década del 90. Día y hora posiblemente incomprobables. La emisora LT41 repetía y repetía uno de los más insólitos pedidos que quizá hayan surcado el "éter" de Gualeguaychú. Buscaba, angustiosamente, evitar una "catástrofe" que amenazaba la tranquilidad de la parroquia San Francisco de Asís. Una especie de bomba de relojería a punto de estallar.

Por Luis Apesteguía

El apremiante llamado iba colándose, aquí y allá, en cuanto aparato estuviera sintonizado en el dial más escuchado de la ciudad. “Si alguien lo ve al Padre Jeannot, aviséle por favor que lo están esperando para un casamiento”.

Palabras más, palabras menos, el mensaje distaba lejos de ser alarma falsa y el horno no estaba para bollos. La escena, en dos brochazos, se podría pintar así: iglesia llena, novia de punta en blanco, novio con traje rococó, padres y padrinos firmes que te firmes, flashes preparados e infartos al acecho, porque el sacerdote que iba a presidir la ceremonia, contra todo pronóstico, brillaba por su ausencia.

Nadie atinaba a explicarlo. Acostumbrados a que Jeannot jamás fallara en estos lances, el desconcierto aumentaba proporcionalmente a la demora. Los minutos pasaban, los nervios se electrizaban, y la ansiedad se disparaba hasta niveles siderales.

Dar así nomás con el movedizo cura gaucho, en un “santiamén”, constituía en aquella hora crítica un objetivo inalcanzable. Hasta que en medio del pánico general, alguien probó suerte apelando a un último recurso: lanzar el problema “al aire”. Una bala perdida transportada al espacio por las ondas de amplitud modulada, por si acaso “levantaba la perdiz”.

Quien escribe estas líneas se lo escuchó al propio Jeannot al día siguiente de tamaño episodio. Lo relataba divertido, como quien cuenta un gaje de su oficio, con esa chispeante viveza que sazonaba su oratoria, siempre lúcida, siempre vibrante.

Iba metido en sus rutinas -tal vez rezando-, caminando tranquilo por un pasillo del Hospital Centenario, cuando un paisano se le acercó a los gritos y le descerrajó en la cara la noticia: que lo estaban llamando por la radio; que lo estaban esperando para un “casorio”…

Instintivamente, en movimiento acostumbrado, metió la mano en su camperita gris, sacó esa agenda magullada que siempre llevaba en el bolsillo para apuntarse tantos y tantos compromisos, y leyó sus propias letras, esculpidas en caligrafía enérgica y trazo fuerte. Al instante, azorado, atónito, se llevó la mano a la cabeza, y con el buen humor de los que saben reírse de sí mismos, cayó en la cuenta de su olvido. ¡Un olvido imperdonable!

El despiste no le robó la compostura. Luego de agradecerle al buen hombre el tan urticante como incandescente aviso, salió del hospital casi corriendo, montó en su Citroen, y nunca se sabrá si cruzó algún semáforo en rojo para llegar cuanto antes a su queridísima parroquia San Francisco.

La tardanza, desde luego, no malogró el evento, ni impidió que su presencia sencilla y bondadosa restaurara la calma en el ambiente. Y hubo fiesta por el nuevo matrimonio.

La cosa era así: al cura Jeannot se le perdonaba todo porque era un grande de verdad, un gigante. Una persona extraordinaria que vivió disponible para el prójimo, que gastó su vida en un servicio constante, que dejó huellas fecundas e imborrables allí donde más se agradecen y sirven: en el corazón de la gente.

Salido de las entrañas de las chacras gualeyaneras a principios del siglo XX, argentinísimo de alma, humanista y poeta, periodista radial, cristiano de cuerpo entero y sacerdote ejemplar, supo pasar por este mundo haciendo el bien a todos, sin distingos.

Sea en los periféricos rincones de los campos entrerrianos o en los céntricos asfaltos urbanos no se propuso jamás sobresalir o destacar. Sólo servir. Sólo ayudar. Sólo rezar. Y si descolló por algo, sin pretenderlo en absoluto, fue por su humildad. Logró vivir para darse del todo, olvidado de sí mismo.

Y a fuerza de luchas y oración, colocó el centro de gravedad de su existencia en Dios y en los demás: de tal suelo se nutría la sorprendente armonía de su espíritu, la felicidad y la paz que irradiaba su figura, egregia por donde se la mire. No en vano, humildad viene de humus.

Ya hace trece años que partió, en aquel llorado 30 de julio de 2008. Para muchos fue un santo, un sacerdote que vivió su vocación hasta el final; para otros, un hombre de bien, un amigo que sabía escuchar, patriota de verdad y gaucho de ley; para otros más, un poeta sensible a todo lo noble, un vecino ilustre que abría horizontes, un filántropo acendrado.

Y para todo conocedor de la historia reciente de Gualeguaychú, el Padre Luis Félix Jeannot Sueyro representa, seguramente, uno de los más radiantes e inspiradores emblemas de la ciudad.

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