Caminar la ruta de la guerra
A los 80 años, un inmigrante italiano que vivía en la Argentina, pidió a su familia volver a Italia, su país natal, para recorrer los mismos sitios por los que pasó durante los cinco años en los que participó de la Primera Guerra Mundial. En 1982, el sueño se hizo realidad.o
* Por Florencia Carbone
Luigi Gusberti aseguraba que sobrevivió cinco años luchando en la Gran Guerra –sin matar jamás a alguien- porque era petiso y podía esconderse en cualquier hueco. “Agujero que había, yo cabía, por eso no tuve siquiera una herida”, le gustaba repetir.
Apenas empieza la charla, Martina Gusberti, la hija de Luigi que llegó a la Argentina cuando era muy chiquita, muestra con orgullo –y mucha emoción- algunos de los “tesoros” que heredó de su padre.
“Este era su monedero”, dijo mientras abría una suerte de cajita de cuero arrugado, pero resistente. “¡Ah! Esta foto-postal es de 1914, cuando estaba en Verola Nuova, haciendo el servicio militar”, agregó. Y después fue el turno de una foto mucho más nueva, la que refleja el emocionante encuentro que en 1982 su padre tuvo con un soldado austríaco contra el que había luchado.
En marzo de 1917, como muchos italianos que buscaban “normalizar” sus vidas, Luigi Gusberti llegó a Buenos Aires para trabajar en una orquesta. Las vueltas de la vida y las posibilidades laborales movieron a la familia al Chaco. “En Resistencia, la municipalidad –que era el único gobierno socialista de la provincia- decidió abrir un conservatorio de música gratuito para la población. Lo llamaron a papá para que lo dirigiera. Ahí enseñaban piano, violín y otros instrumentos, y a los tres meses, con sus alumnos, fundó una bandita”, recordó Martina.
Desde aquel momento hasta 1982, Luigi Gusberti, pudo volver de visita a Italia en varias oportunidades. Sin embargo, ningún viaje fue como el de 1982.
“Tenía 80 años. Un día dijo: Quiero ir a Italia para recorrer todos los lugares en los que estuve luchando como soldado. Se ve que fue una necesidad interna muy fuerte. Con mi marido decidimos acompañarlo. Llegamos al pueblo (Vescovato, donde nació), dejamos todo y alquilamos un auto. Con las indicaciones de papá fuimos recorriendo cada uno de los sitios en los que estuvo durante la guerra. Hay que pensar que las tropas de todas las regiones de Italia recorrieron a pie la mayoría del camino hasta la frontera. Así que empezamos el viaje desde Cremona. Paramos en cada lugar donde habían hecho sosta (estadía) y papá nos contaba qué había pasado. Como tenía el hábito de escribir, fui tomando notas de todo y armé una especie de diario de viaje”, relató Martina.
Lo que la médica, psicoanalista, bailarina, cantante y actriz relata con tanta sencillez, es lo que dio vida, años más tarde, a uno de sus libros: “El laúd y la guerra”.
En la obra, Martina entrelaza dos temas tan fuertes como movilizadores: la inmigración y la guerra. Y demuestra, a las claras, cómo de cualquier situación que nos toque vivir –aún la más adversa- siempre se puede obtener algo positivo.
La novela intercala de modo delicioso un capítulo del duro pasado, con trincheras en las que se congelaban los pies, gestos de amistad, alegría y dolor, con los sentimientos muy similares que vive quien debe trasplantarse a miles de kilómetros de su tierra natal.
“Papá se asombraba mucho. ¡Cómo está esto, qué glorioso! Lo recuerdo lleno de ruinas, nos dijo varias veces. En la zona de la frontera, quiso ver el cementerio y después, cuando ocurrió ese reencuentro con el soldado austríaco... Eso fue una escena... no la puedo contar hasta hoy en día”, comentó mientras la emoción cortaba su voz.
“Para papá la guerra fue una cosa muy traumática. El venía de una niñez humilde y muy difícil. Nació en Vescovato, en 1884. A los 15 años había perdido a su madre. A los 18, mientras estaba haciendo el servicio militar, tuvo que ir a la guerra y hablamos de una guerra muy distinta a las que vemos hoy. Esa sí que no fue una guerra de computadoras, era cuerpo a cuerpo. Y a pesar de todo, durante los cinco años en el frente de batalla, nunca mató a alguien, aun a riesgo de que lo mataran, nunca disparó. El decía que los italianos tenían razón en sus reclamos pero que de todas maneras no justificaba el método para recuperar esas tierras. Creo que por eso nos emocionó tanto el abrazo con el austríaco”, relató.
Martina definió a su padre como “un inmigrante que se abrió paso con la música”, y después habló de lo que significa una mudanza de este tipo.
“Ser inmigrante es una dura experiencia, es un trauma muy doloroso que sólo se resuelve en la tercera generación. Mi papá, que era el primer inmigrante, no tuvo opciones. Siempre le quedó ese pedazo nostálgico que me inculcó. Soy la generación intermedia, que nació allá, tuvo un padre que le metió en la cabeza y en el corazón continuamente las cosas de Italia y la nostalgia pero que, al mismo tiempo, desde los tres años creció aquí, tuvo hermanos y formó su propia familia. Y a pesar de todo sigue siendo difícil. ¡Creo que sólo lo superaré cuando me muera! Porque voy a Italia y estoy feliz, pero a los 15 o 20 días digo: Mi casa, mis hijos, todo está acá (por Buenos Aires). Para la tercera generación -que es mi hijo-, la cosa está más clara. Lo llevé varias veces a Italia, la ama, pero no tiene conflicto: Es argentino y ni sueña con irse de acá.”
-¿Qué significó la Primera Guerra?
-Sólo puedo transmitir que las guerras son inútiles. Quizá sea por mi profesión, pero pienso que la aproximación al ser humano se hace en base al diálogo, al entendimiento, a darle importancia a lo que el otro piensa y no quedarse sólo con la razón de uno, que en todo lo que sucede siempre somos partícipes y un poco responsables, no es sólo el otro. Y eso hay que hablarlo, en vez de atacarlo o rechazarlo. Siempre habrá diferencias pero la manera de resolverlas no es destruyéndonos.
Luigi Gusberti murió a los 94 años.
Después de esa excursión tan especial de 1982 ya no volvió físicamente a Italia. Pero la experiencia fue tan fuerte que hasta el último día siguió viajando con su imaginación.
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