Candombe y carnaval
Los viajeros ingleses y franceses que visitaban Buenos Aires a principios del siglo XIX, a su regreso a Europa solían realizar un comentario común: "En las calles de Buenos Aires no se ven, en las horas de la siesta, sino médicos y perros".Por Mario GiordánEspecial para El Día Los visitantes se encontraban con muy pocas calles transitables en días de lluvia, por mal empedradas y con senderos de tierra con desniveles pronunciados. Era una ciudad sucia en todas las épocas: polvorientas en verano y con lodazales en invierno.Buenos Aires, monótona y tranquila, contrastaba con las ciudades europeas.A partir de 1810, la población de la Gran Aldea contaba con escasos entretenimientos, los que en su gran mayoría eran rurales, salvo las corridas de toros, de origen hispánico. Los pasatiempos más comunes eran las riñas de gallos, carreras de sortijas y cuadreras. Los más jóvenes preferían los paseos a caballo, cuyo recorrido variaba entre Retiro y Barracas, donde las calles se encontraban en mejor estado.Entre los juegos de salón, se conocían la ruleta, el ajedrez y las cartas españolas, más comunes entre otros. El carnaval porteñoDe acuerdo con investigaciones realizadas, podríamos afirmar que alrededor de 1600 habría surgido el carnaval porteño, como una mezcla de herencia española con bailes africanos.Durante los domingos, Buenos Aires de mediados del siglo XIX palpitaba por el resonar de tambores de los negros, especialmente en el barrio de San Telmo, y las parroquias de la Concepción y Monserrat.Por lo general, el candombe era público en pocas ocasiones. En Navidad, cuando los negros realizaban procesiones o para la época de Carnaval. Esto se debía a que los originarios de África y los afroargentinos no deseaban ser observados ni incomodados en sus ceremonias o rituales.Entre la población negra de la época, se encontraban los descendientes de tribus diversas: congos, mozambiques, benguelas, mandingas, entre otros, quienes revivían con el calor del carnaval porteño los ambientes de sus aldeas africanas.Si bien cada "nación" tenía su sitio asignado, en los días de candombe se mezclaban los diferentes ritmos y cantos característicos que los identificaban.Las marchas candomberas, con sus rítmicos compases, recorrían las calles y se ubicaban en los amplios patios de las familias más acomodadas, en especial San Telmo Alto y la Plaza de la Victoria. En esos espacios ejecutaban su baile salvaje, hombres y mujeres. Al compás de tamboriles y grotescos bombos cantaban refranes en sus lenguas de origen.Su desaparición por las continuas luchas de la independencia, no impidió que muchas de sus características pasaran a formar parte del patrimonio carnavalero, con la aparición de las comparsas de blancos.La costumbre que caracterizó al carnaval porteño fue arrojarse agua. Así, en este juego, los vecinos mojaban unos a otros, sin importarle raza o condición social. Su abuso causó distintas prohibiciones, entre ellas el decreto de Tomás Guido del año 1830 que llegó a prohibir el juego con agua en las calles porteñas por considerarlo "una costumbre tan humillante como pernicida...usando los ciudadanos de su libertad para recrearse en los días de Carnaval por medios más análogos a la dignidad de un pueblo culto"Desde su llegada al gobierno el brigadier Juan Manuel de Rosas, se hizo un asiduo asistente a los "Tambos". Acompañado de su esposa, hija y otros allegados, se presentaban en ellos con sus atributos de mando y su uniforme.En esta época, el carnaval fue esperado con entusiasmo, en especial por la gente de color, protegidos del caudillo. En 1836, sólo se permitía el juego con agua durante los tres días de carnaval. Pese a las reglamentaciones las costumbres carnavaleras fueron cayendo en excesos. En forma sorpresiva aparecían jinetes disfrazados que arrojaban huevos de avestruz llenos y agua, y otros desperdicios, llegando a desenfrenos sobre las mujeres, lo que llevó a Rosas a promulgar un decreto por el cual "el gobierno declaraba abolido y prohibido, para siempre el juego del Carnaval".Dicho decreto argumentaba en forma drástica que el mismo "perjudicaba los trabajos públicos, las artes, la industria...; era contraria a la higiene pública; y opuesta a la moral de las familias por el extravío de sus hijos, dependientes y domésticos". Así definía, entre otros términos, el decreto de Rosas del año 1844 y que fue recibido con disgusto por el pueblo porteño.Hacia fines de 1850, una vez organizado el país, aparecieron las primeras comparsas en el barrio de Monserrat y en 1869 se realizó el primer "corso oficial", con la aparición de más- caras y comparsas a las que se agregaron, un año mas tarde, los primeros carruajes. En 1990 ya se contaba con 19 corsos locales y unas décadas después surgen las primeras murgas, con características propias y diferenciadas en su música y manifestación.Los carnavales porteños más destacados se vivieron durante la presidencia de Domingo F. Sarmiento. El mandatario era un gran adepto al juego y no le molestaba que lo mojaran cuando era presidente.Muchas de las celebraciones de origen africano que transmitieron numerosos rasgos al carnaval siguieron subsistiendo en Buenos Aires, aunque en verdad, el carnaval atravesó y absorbió todos los rasgos de esas celebraciones. Se transformó en la fiesta popular por excelencia donde el pueblo era el principal protagonista del espectáculo. DOCUMENTACIÓN CONSULTADA:Saldías, Adolfo. "Historia de la Confederación Argentina" - Bs. As. El Ateneo - 1951 López, Lucio V. "La Gran Aldea" - Bs. As. Centro Editor de América Latina - 1967Guía Cultural Fervor de Buenos Aires - marzo 2000.
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