CRÓNICAS DEL DELITO
Caso Lizasuain: la muerte que la Policía trató de inculparle a Montoneros
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Juan Domingo Lizasuain tenía 28 años en enero de 1978 cuando los agentes de policías José María Tubías y Luis César Elpidio Sánchez lo estrangularon y le introdujeron un palo hasta la garganta. Fueron condenados a prisión perpetua en 1980, pero sólo estuvieron 12 años presos en la Unidad Penal N° 2.
La vida de Juan Lizasuain, conocido como Juan Moreira hasta hace una década, está marcada por el dolor: su papá fue asesinado durante la dictadura militar, un crimen por el cual siente que la Justicia actuó a medias.
Juan Domingo, el padre, vivía del turf en 1978. Su rutina consistía en cuidar caballos, vender rifas y rebuscarse la vida con lo que saliera. El esfuerzo tenía una explicación urgente: mantener a sus dos hijos. El mayor de ellos era Juan, de apenas seis años.
“Mi padre ya no vivía con nosotros, se había separado de mi madre, y nos visitaba tres veces a la semana”, contó Juan, un hombre de 54 años que en 2016 se retiró del Ejército Argentino. Según la información que pudo reunir a lo largo de todos estos años, a través de sus familiares y de lo que existe en la causa judicial, su padre Juan Domingo era un idealista que trataba de ayudar a muchas personas, con la mala suerte que tocó los intereses de policías corruptos.
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“Se relacionó con algunas mujeres del barrio Munilla que ejercían la prostitución porque quería sacarlas de esa vida, les decía que no trabajaran más, su hermana lo ayudaba también con mercadería, remedios, pañales… Y con eso las fue sacando del entorno, pero lo que no sabía es que atrás de ellas había un proxeneta, que era el Jefe de Investigaciones de la Policía de Gualeguaychú”, contó.
Su padre estaba obstruyendo un negocio muy redituable y los policías involucrados comenzaron a perseguirlo: José María Tubías y Luis César Elpidio Sánchez. Primero lo molestaban en la calle, lo levantaban y lo tenían dos horas demorado en la Jefatura, pero la situación cambió cuando Juan Domingo fue testigo de un crimen en la zona de la vieja estación de trenes, por donde hoy desfila el Carnaval del País, “donde estos dos agentes estaban quemando a un hombre en su rancho”.
Era un “changarín” que trabajaba en el viejo molino y nada se supo de lo ocurrido. Se informó que había muerto a causa de un incendio. “Nada podía hacer. Si la misma Justicia hacía eso, a quién iba a recurrir”, contó el entrevistado, excusando a su padre que se veía impedido de lograr justicia. Así era la situación que se vivía en esa época, cuando las fuerzas de seguridad aterrorizaban, secuestraban y desaparecían personas.
A Lizasuain siguieron acosándolo, demorándolo en la Jefatura, hasta que un día amenazó a los agentes con denunciar lo que había visto si lo seguían molestando. Ese fue el certificado de defunción de Juan Domingo. “Los agentes le dijeron a su Jefe que tenían miedo (de que hablara), y como mi viejo usaba el pelo largo hasta el hombro y barba candado, lo caratulaban como Montonero. Él tenía su ideología. Se carteaba con amigos que estaban presos y si bien él no militaba, tenía su corazón. A parte se llamaba Juan Domingo”, aclaró el hijo sobre el nombre peronista de su padre.
El relato del horror
Los dos policías lo ubicaron en la calle y con una mentira burda lo hicieron caminar hasta la casilla de un amigo que supuestamente estaba enfermo y pedía por él. Esta persona vivía en Roffo al norte, casi a la altura del Cementerio, cuando toda esa zona eran chacras.
“Tenían que pasar dos alambrados para llegar hasta el ranchito donde vivía el amigo de mi papá y cuando está por cruzar el primero, uno lo pateó en el estómago, mientras que el otro agente que le trabó los brazos. Lo golpearon en la cara provocándole una fractura de maxilar inferior. Después lo estrangularon con un alambre de púas y para rematarlo le metieron un palo en la garganta”, así relató su hijo la manera en la que lo asesinaron a Juan Domingo.
En la causa se describe la misma muerte bajo otros hechos. Cuando cruzaba el alambrado, Sánchez le pegó una trompada en la mandíbula y cuando Lizasuain cayó al piso, junto a Tubías le dieron un golpe a cada lado de la cabeza con el taco del zapato, lo que seguramente le produjo la muerte, porque el informe médico considera que el fallecimiento se produjo por probable fractura en la base del cráneo.
Pero los dos agentes siguieron golpeándolo. Luego le sacaron el cinto a la víctima y con eso lo ahorcaron, tirando uno de cada lado durante unos minutos, hasta que se dieron cuenta que ya estaba muerto. Sánchez lo arrastró un poco hasta la sombra de los árboles y, mientras Tubías envolvió el cinto, buscó un palo y se lo introdujo en la boca haciendo presión contra la garganta. Luego se fueron caminando y arrojaron ambos elementos en la calle Clavarino.
Existen dos versiones para una misma muerte horrible. La única testigo presencial —o al menos quien halló el cuerpo y dio aviso a la Policía— era una mujer muda. Lo extraño del caso es que tuvo que acudir dos veces a la comisaría para que los oficiales entendieran su denuncia. “Parece que esta señora, después de lo que vio, duró unos pocos años más. Tuvo una muerte dudosa, como si a alguien le molestara su presencia”, indicó el hijo de la víctima.
Tras el crimen, los responsables fueron apartados por el Jefe de Investigaciones y enviados al control caminero sobre la Ruta Nacional Nº 14 y el Acceso Oeste, que era la única entrada a Gualeguaychú por aquellos años. “En los medios de la ciudad se empezó a decir que había sido un ajuste de cuentas entre miembros de Montoneros”, explicó y agregó: “Mi tía vino a reconocer el cuerpo, pero ya estaba cerrado el féretro. A través de una orden judicial, pudo hacerlo. Ella habló con mi tío que estaba destinado como Sargento Primero del Ejército y le contó lo que había pasado con su hermano, que la Policía lo quería hacer pasar como que lo habían matado los Montoneros. Mi tío habló con el secretario del Ministro del Interior de la Nación de ese momento y este llamó al Jefe de la Policía de Entre Ríos y le informó que lo que estaba sucediendo en Gualeguaychú, que lo ocurrido no era como se decía y le sugirió que hiciera una investigación para que se determine cuál fue la causa de la muerte de Juan Domingo Lizasuain”.
Siguiendo con el relato que brindó el hijo de la víctima, a la ciudad llegó un Comisario Inspector de Gualeguay a fin de investigar lo ocurrido. Se hizo pasar como familiar y nunca se presentó como funcionario. Empezó a ahondar, iba a todos los lugares donde frecuentaba Juan Domingo. Incluso fue a hablar con las mujeres en el barrio Munilla. Buscaba en el entorno todo lo que podía rescatar. Se disfrazó de vendedor de leña, de cartonero; y un día se hizo llevar por los dos policías al lugar del hecho y uno de ellos se quebró. En el juicio, que se desarrolló entre septiembre y octubre de 1980, fueron tres los acusados. Además de Tubías y Sánchez, la fiscal de Concepción del Uruguay, Solange Mettler, acusó al oficial Alejandro Antonio Mario Horacio Gómez, de 27 años, de ser el instigador del hecho.
En la etapa de instrucción, Tubías y Sánchez habían declarado que tras el incidente que habían tenido con Lizasuain, donde los había amenazado, Gómez dio luz verde y le dijo a Tubías: “Liquídenlo, porque tengo familia, quiero a mi mujer y a mi hijo y no me gustaría que un degenerado como este le vaya a hacer algo”.
Luego, en el debate, señalaron que Gómez nada tenía que ver, que lo habían involucrado falsamente a fin de embarrar la investigación al complicar en el caso a un superior. Gómez fue absuelto de su participación como instigador de homicidio simple, pero Tubías y Sánchez recibieron la pena máxima de aquellos años: prisión perpetua.
Se trataba de una condena que llegaba hasta los 25 años y, a pesar de ser un número polémico en la actualidad para una pena máxima, solamente permanecieron encerrados la mitad de esos años. Fueron alojados en la Unidad Penal N° 2 de Gualeguaychú y durante su estadía en la cárcel fueron beneficiados con una conmutación de pena y la libertad condicional. Sánchez dejó la prisión en enero de 1991 y Tubías salió en febrero del año siguiente.

