Chicos con agenda de grandes
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A jornadas escolares con carga horaria equivalente a la laboral de un adulto, los chicos suman actividades teóricamente recreativas; entre la exigencia de los padres y los beneficios de la socialización. Las leyes que regulan el trabajo infantil son muy estrictas... ¿y las que protegen a los chicos del exceso de actividades extraescolares? ¡No existen!Cada vez es más habitual ver niños con agendas cuya carga horaria supera a la de un adulto. Chicos que van a colegios de doble jornada y que después de esas 8 horas corren para llegar a fútbol, natación, arte, danza, rugby, básquet, equitación, folclore, canto y pintura entre tantísimas opciones, además de "citas obligadas" que en muchos casos ni siquiera eligen (como el psicólogo).¿Cuál es la medida justa para que lo que originalmente se plantea como un momento de relax, goce y juego no termine siendo una carga más?"No hay recetas únicas", advierte María Tresca, licenciada en psicopedagogía, autora del libro "Enseñar a estudiar a niños y adolescentes"."Lo fundamental es ser flexible. Cada chico es diferente y muchas veces se impone la practicidad/necesidad de los padres. La matriz para definir las actividades extraescolares debería ser el disfrute", comenta.Tresca señala una realidad cada vez más habitual: "Además del colegio, hoy los chicos tienen compromisos fijos que también demandan tiempo y energía, como ir a la fonoaudióloga, al psicólogo, al ortodoncista".La psicopedagoga subraya que "es muy importante mirar al hijo que se tiene delante: anotar en fútbol a un chiquito que tiene dificultades para coordinar los movimientos no es lo más indicado. Si el niño no quiere ir a la actividad o si cuando vamos a verlo está mirando al cielo, desconectado del grupo, está claro que la elección no fue la correcta. La idea es evitar experiencias frustrantes, pero como es difícil que un niño sepa qué es lo que quiere o le gusta -hasta para un adulto es complicado- se trata de un ejercicio de ensayo-error", agrega.Verónica Domínguez, coach ontológico, maestra de primaria y profesora en un secundario de Capital Federal, cuenta que es sencillo distinguir a los chicos "sobreexigidos" de los que a pesar de ir a una escuela de doble turno, con alta exigencia académica (como es el sitio en el que enseña), hacen actividades extraprogramáticas que resultan positivas."A los sobreexigidos se los ve cansados, angustiados, y encima raramente pueden verbalizarlo. Están tristes, como ausentes en el aula", comenta. No es raro que sufran cefaleas reiteradas o "dolores de panza".Para Domínguez, "la dosis" de actividades extra debería definirse teniendo en cuenta varios factores, pero el principal es el tipo de escuela que frecuenta el chico. "El grado de exigencia del lugar, la cantidad de horas que pasan ahí, la orientación del establecimiento (no es lo mismo ir a una escuela con orientación deportiva o artística que a una donde el foco se pone casi únicamente en lo académico), son cuestiones a mirar".Mercedes Mastropierro, actriz y profesora de teatro desde hace 15 años, da clases en colegios privados de la Capital y también organiza talleres particulares."Doy Teatro en una escuela privada con una carga horaria alta. Se trata de una materia optativa y es muy bueno que sea así porque es una disciplina en la que se ponen muchas emociones en puerta, por eso mismo es un gran espacio para hacer catarsis, para drenar", dice sonriente.Aunque se trate de una actividad optativa, la sombra de los padres se cuela aquí también."Hay padres que tienen hijos tímidos y los empujan a hacer este tipo de actividad para revertir eso, el problema es que no siempre tienen la paciencia que deberían. En esta época zapping en la que vivimos, estamos tan acostumbrados a que todo sea rápido, que si no hay cambios en el corto plazo, creen que no pasará nada. Los procesos creativos son lentos y hay casos en los que la ansiedad de los padres es el principal problema para los chicos que tienen que hacer todo y hacerlo bien. Siempre le digo a mis alumnos que se van a tener que equivocar mucho porque recuerdo lo que un viejo profe me dijo una vez: Si no te amigás con la equivocación no vas a poder aprender"."Hoy, en la mayoría de las familias trabajan ambos padres entonces es muy común que los chicos hagan otras actividades fuera de la escuela para cubrir huecos en los que en la casa no hay nadie. La verdad es que lo ideal sería que puedan elegir algo que les guste y los ayude a distenderse", agrega.Valeria Kablan es maestra de Lengua y Ciencias Sociales de 6° grado en la Escuela Castelli de Gualeguay, un establecimiento público de media jornada."Algunos van a inglés por la tarde (y en general esa se trata de una elección consensuada entre los padres y los chicos); alguno a tenis y muchos a folclore. En tanto y en cuanto hagan todo porque les gusta y no los cansa, las actividades extraescolares son positivas y mejoran la autoestima de los chicos. El mismo nene que en el grado es uno más, puede ser una figura destacada en folclore. Hay muchos que son tímidos en el ámbito escolar pero muy desenvueltos en algo que les apasiona", explica.Coincide Tresca. "Este tipo de actividades son muy importantes para la socialización y autoestima de los chicos. Por ejemplo, hay algunos que tienen dificultades escolares pero son muy hábiles en otras cosas, como algún deporte. Eso les permite establecer un vínculo social -y enriquecer su círculo- en un ambiente donde son vistos de otra manera".A lo largo de la charla, Valeria Kablan va cambiando sus tres sombreros: hija-madre-maestra. "Cuando era chica me mandaban a danza y a piano. No me gustaba ninguna de las dos cosas pero como buena hija mayor nunca le dije nada a mis padres, así que cuando fui mamá decidí que nunca obligaría a mis hijas a hacer ninguna actividad", comenta.El año pasado, hacia octubre, Valentina (su hija menor, 12 años), sintió los efectos de la acumulación de actividades. "Tuvo una sobrecarga por voluntad propia: iba a inglés, tenis, gimnasia rítmica y teatro. Este año se organizó diferente y redujo su agenda extraescolar".Más allá de la cantidad de actividades, otro aspecto importante es el grado de exigencia con el que se afrontan las mismas. No se trata simplemente de que un nene vaya a fútbol para aprovechar los beneficios de practicar un deporte, incorporar normas, trabajar en equipo, aprender a ganar y a perder: muchos papás ven detrás de su hijo a "un Messi en potencia" y actúan en consecuencia.Verónica Domínguez cuenta que su esposo es traumatólogo de un equipo de fútbol en un club porteño. "Es tremendo ver y escuchar a las madres que llevan a sus chicos a los entrenamientos. Gritan como enajenadas buscando que los chicos sean Messi o logren todo lo que ellos no pudieron. Difícilmente el chico pueda vivir esa experiencia como una actividad lúdica o recreativa. Lo más terrible es el juego perverso que se genera en esas situaciones porque los chicos no quieren defraudar a sus padres así que se esfuerzan al máximo con el agravante de que raramente tienen espacio de diálogo para explicarles que no la pasan nada bien"."Cualquier actividad que se haga exclusivamente por la exigencia de los padres está destinada a fracasar. No hay cuerpo ni cabeza que aguanten eso", asegura Mastropierro.Y respecto de las exigencias -y las autoexigencias- cuenta, por ejemplo, que este año decidió eliminar la muestra de mitad de año que tradicionalmente hacía en la escuela. Por el régimen del establecimiento, buena parte de sus alumnos deben rendir a fin de año un "examen de Estado" ante profesores que vienen de Europa. "Es una exigencia alta y un año complejo. La muestra no es lo más importante, si nos quedamos en el resultado nos perdemos el camino, que es lo más rico, así se los expliqué cuando les dije que esta vez habría sólo una obra y no dos", recuerda. EL MEJOR EN TODOTresco aporta otro dato. "Tener expertise en una disciplina requiere de práctica y esfuerzo y para eso se necesita más entrenamiento. Si un chico empieza a ser bueno en alguna actividad que empezó a hacer por puro disfrute, hay que equilibrar las exigencias", dice en un claro mensaje a los padres. "No deben fijar expectativas altas para todo". Traducido: el hijo perfecto no existe. Si un chico tiene habilidades para algún deporte es bueno acompañarlo e incentivarlo en ese aspecto sin esperar que además sea el abanderado, el mejor compañero... el que se destaca en TODO.En el otro extremo, también están los "comenzadores compulsivos", esos chicos que quieren hacer todo, logran que sus padres los anoten en diferentes actividades, pero después de la segunda clase, se "aburren" y abandonan.¿Cómo deberían manejarse esas situaciones? Tresca propone pautar reglas de antemano. "Definir un número mínimo de asistencia antes de empezar la actividad. Por ejemplo: ok, te anotamos en patín, pero tenés que ir al menos a 8 clases". El ejercicio tiene varios objetivos: que el chico entienda que hay personas y reglas que respetar, que se dé tiempo para conocer algo y definir si realmente no le gusta o resulta más fácil escapar ante la primera dificultad, y que los padres están haciendo un esfuerzo para pagar una actividad extra.¿Es posible definir cuáles son las actividades más indicadas según las edades de los chicos? Tresca da algunas sugerencias:* Hasta 7/8 años es aconsejable que los niños tengan algún tiempo de ocio puro, tiempo libre, sin normas ni reglas externas para que estén con sus juguetes, inventen. Juego libre. "Las normas generan estrés y es positivo que tengan tiempo para estar tranquilos en su casa", dice. También es cierta la "realidad de las pantallas" (televisión, computadoras y juegos electrónicos), asunto que hay que dosificar. Se trata de un mundo altamente atractivo y es muy difícil que un chico pueda regular solo el tiempo de exposición. Es muy importante que un adulto fije días y horarios.Lo ideal es que hagan actividades tipo taller, arte, iniciación deportiva, actividades con más libertad y nula competencia.* A partir de los 6 años los chicos pueden arrancar fútbol siempre y cuando sea con la idea-enfoque de taller. Las nenas a partir de los 8, jockey.*Las actividades como taekwondo, karate y judo son recomendables para todas las edades porque ayudan a controlar el manejo del cuerpo y la autodisciplina.*Todo lo que tenga que ver con la expresión corporal y la música, como teatro, academia musical, baile, canto, suele ser muy enriquecedor. EL CUCO DEL INGLÉSEspecialmente en el interior, donde la mayoría de las escuela son de media jornada, un idioma extranjero (inglés a la cabeza), suele ser una actividad extraescolar casi obligatoria.Estela Fridman, directora del Instituto Oxford de Cultura Inglesa, en Gualeguaychú, hace 20 años que tiene experiencia en eso."La mayoría de los chicos empieza a los 8 años y la decisión es de los papás. Después, cuando son adolescentes y superan la típica etapa en la que no quieren nada, cuando se dan cuenta de la importancia de manejar un idioma, vuelven por iniciativa propia", explica.Los docentes de inglés de los institutos privados enfrentan un doble desafío: además de que los chicos vayan y participen (muchas veces llegan dormidos en el micro que los trae desde la escuela), transmitirles la importancia que tiene el conocimiento de otra lengua."Cuando están fuera de la escuela no tienen una necesidad imperiosa del idioma. La motivación es la segunda actividad del profesor. No hay posibilidades de convencer a un chico a los 10 años de que el inglés le servirá para conseguir un trabajo mejor. De todas formas ahora hay muchas vías que lo hacen más atractivo: desde el uso de Internet y la música hasta la posibilidad de chatear con chicos de su edad en escuelas de Inglaterra", cosa que hacen en el Instituto, por caso."Los chicos de hoy están muy estimulados desde pequeños, tienen ganas de aprender y les gusta, lo necesitan, pero cuando hay un exceso se nota, se duermen, están cansados y faltan mucho cuando en realidad la carga horaria es de apenas 3 horas semanales, o no hacen la tarea", explica Fridman.Como mamá y profesora dice tener en claro que "no hay reglas generales", pero está convencida de que cuando "un chico le encuentra sentido a lo que hace, se engancha"."En este caso se trata de una actividad que requiere de una exigencia intelectual, es como estar en la escuela, hay normas y exigencias, por eso es fundamental que la familia acompañe y ayude, y el chico se enganche", concluye. * Publicada en Revista Convivimos, de Tarjeta Naranja
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