Cien años de una sinfonía impactante
Esbozada en 1907 y orquestada al año siguiente, la "Sinfonía de los mil" se estrenó en Munich dirigida por el propio compositor. Juan José SelvaEspecial para El Día
Gustav Mahler es único. Su música es tan poderosa que provoca controversias, discusiones, nunca indiferencia. Se la ama o se la detesta. Como los dramas musicales de Wagner, las sinfonías de Ives o los ballets de Stravinsky, las sinfonías de Mahler han impactado de tal modo que generaron y generan todavía detractores y admiradores.Todas estas obras se crearon en un lapso relativamente breve, entre los años 1865 y 1915. Este período fue de transición; en efecto, las leyes de la música, muchas de las cuales se habían establecido desde el 1600, se estaban cuestionando severamente. El lenguaje de Bach, Mozart y Beethoven, ciertamente bello, respondía a otra época.El mundo estaba cambiando rápidamente y se necesitaban nuevas formas de expresión. La tonalidad ya no abrigaba a los nuevos compositores que buscaban afanosamente un nuevo paradigma musical. Se forzaban los límites de la música tonal y la disonancia no era infrecuente.En la última parte del siglo XIX coexistió el otoñal romanticismo con un nuevo y excitante lenguaje que estaba naciendo en un ambiente fértil. La tensión entre una sensibilidad propia del siglo que se iba y las nuevas ideas del que llegaba, están presentes en todas las sinfonías de Gustav Mahler. El romanticismo tardío alimentó su genio singular y con un ímpetu asombroso brindó a la humanidad nueve sinfonías extraordinarias.Nacido en 1860 en Kaliste, un pequeño pueblo de Bohemia (hoy República Checa), Mahler experimentó una perturbadora niñez. Su padre, un hombre cruel, maltrataba a la familia, en especial a su madre. Gustav creció en un ambiente de violencia y también de muerte. Varios de sus once hermanos murieron por diversas enfermedades siendo niños. Estas experiencias infantiles determinaron una visión pesimista de la vida.Se convirtió en un ser humano atormentado y emocionalmente frágil, que vivía obsesionado con la idea de la muerte. A estos problemas psicológicos se le añadían las situaciones de segregación social de las que era víctima: "Estoy tres veces desamparado; como bohemio en Austria, como austríaco en Alemania y como judío en el mundo entero" aseguraba el genial compositor.Recién en sus últimos años de vida, cuando se convirtió al catolicismo, encontró en la Resurrección (nombre que lleva, además, su Sinfonía n° 2) una visión más esperanzada. La idea cristiana de una vida plena después de la muerte, logró consolarlo.Estas experiencias vitales que le confirieron una particular visión del mundo, son fundamentales para entender la obra del compositor bohemio. Las sinfonías de Mahler son sobre la vida, la muerte y la redención. "Una sinfonía debe contener al mundo" señaló. Pero ¿cuál era el mundo que supuestamente las sinfonías de Mahler debían reflejar? Los mundos político y cultural de Occidente se hacían pedazos. La estructura social europea pronto iba a ser demolida por una guerra mundial. Mahler vivió al final de una época y su música llegó al final de una larga y noble tradición. Por eso, no es incongruente que haya marchas fúnebres en su primera, segunda y quinta sinfonías, que su sexta sea la "Trágica", que la resignación tiña la novena y la "Canción de la tierra".Muchas veces pasa de un pesimismo intenso a un luminoso optimismo generado por la idea de la resurrección.Gran parte de la música de Mahler tiene muchos contrastes: rápida alteración de sonidos fuertes y débiles, altos y bajos, estridencias en algunos instrumentos en el extremo de la tesitura y frases apenas audibles. Momentos de belleza etérea (como el adagietto de la 5ª. Sinfonía) y de desolación, de frenesí y de tormento.Por otro lado, renovó totalmente el concepto de sinfonía. Agregó movimientos a los cuatro habituales y en muchos casos hay coros y voces solistas de gran aliento. La octava es la primera sinfonía enteramente coral. A diferencia de la Segunda y la Tercera que comienzan con movimientos instrumentales en gran escala, las voces impregnan la Octava desde el comienzo hasta el final. Este enfoque novedoso condujo a Mahler a un lenguaje musical especial.Cuando el compositor partió rumbo a su casa de campo en el verano de 1906, por primera vez no sabía qué iba a componer. "En el umbral de mi viejo taller el 'Spiritus Creator' se apoderó de mí, me sacudió y me impulsó durante las ocho semanas siguientes, hasta que mi mayor obra estuvo concluida", confesaba. Después de tres maravillosas sinfonías totalmente instrumentales, decidió componer una obra sinfónica en la que se combinaran instrumentos y voces, como había hecho en la Segunda, Tercera y Cuarta sinfonía. Contempló la posibilidad de estructurarla en los cuatro movimientos convencionales, pero finalmente la concibió en dos partes, de extensiones sin precedentes. La primera se basa en un himno de la fe cristiana que refiere a la fiesta de Pentecostés y la segunda en el secular final del Fausto de Goethe. Dentro de su particular cosmovisión, Mahler encontró en ambos textos, uno sagrado y otro profano, la idea compartida de la redención por el poder del amor.Para llevar adelante esta octava sinfonía, Malher rompió varias reglas. Pero la más sorprendente fue que diseñó un orgánico de ocho solistas -tres sopranos, dos contraltos, tenor, barítono y bajo-, dos coros mixtos enormes, un coro de niños y una gran orquesta que incluye mandolinas, celesta, piano, órgano, y un refuerzo de cuatro trompetas y tres trombones.Esta obra gigantesca recibió el nombre de "Sinfonía de los mil". Su estreno en Munich el 12 de septiembre de 1910, congregó a 1030 ejecutantes (sí, ¡un mil treinta!): una orquesta de 171 músicos, un coro de Viena de 250 integrantes, otro de Leipzig con la misma cantidad, 380 niños de un coro de Munich, ocho cantantes solistas y el director, que fue el propio Mahler.El final, después de los ochenta minutos que dura la octava, es uno de los más apabullantes de toda la historia de la música. Por un largo rato, quien ha escuchado esta sinfonía desmesurada queda electrizado, perturbado, agitado. El genio impar de Gustav Mahler lo ha llevado a un viaje alucinante del que no es sencillo reponerse rápidamente.Durante décadas, las sinfonías de Mahler se interpretaron y se grabaron en forma esporádica y fragmentada. Recién en los años 60, el director orquestal neoyorkino Leonard Berstein, con admirable tenacidad, realizó para el sello discográfico Columbia, la grabación de todo el ciclo sinfónico mahleriano con la Filarmónica de New York. Y algunos años más tarde lo volvió a concretar con la Filarmónica de Viena y estupendos solistas. También está disponible esta versión en video. Vale la pena, sin duda.En el estreno de la Octava, Mahler fue ovacionado treinta minutos. Si sólo hubiera compuesto esta "Sinfonía de los Mil", tendría un lugar destacado en la historia de la música. Y nosotros le agradeceríamos eternamente semejante regalo.ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
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