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Comerciantes y changarines, golpeados por el encierro

La determinación de las autoridades gubernamentales de volver a la fase 1 del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) en Gualeguaychú paralizó a los comerciantes y changarines que hacen malabares para sortear la crisis, que ya venció a tantos otros.

Por Fabián Miró y Rodrigo Peruzzo

"En marzo, luego de cinco años de trabajo, perdí mi agencia de turismo, vendí mi auto y puse una tienda de ropa que ahora tuve que cerrar, quedándome sin trabajo y sin auto", relató desesperada a ElDía una comerciante presente en la marcha del último viernes.

Joaquín, integrante de una familia que hace años se dedica a la venta de calzados con varios locales en la ciudad, lamentó que “este es el peor año de todos los que llevamos en el comercio. Así no se puede seguir, estamos muy preocupados, afligidos y vivimos en un marco de tristeza”.

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Ellos son dos ejemplos que todavía dan pelea, pero unos tantos otros tuvieron que cerrar. Según una estimación del Centro de Defensa Comercial e Industrial, ya son más de 500 los locales que bajaron sus persianas. Pero no solo la economía formal está en jaque, sino aquellos que se la rebuscan día a día en la calle, y que por el ASPO se ven imposibilitados de salir.

A continuación, dos relatos de la crisis.

Tras más de 15 años, Fabio deberá cerrar su local de fotografía

El fotógrafo Fabio Pérez lamentó que la actividad en los meses de pandemia está siendo muy escasa, a tal punto que el mes que viene cerrara el local que alquiló durante 15 años. Su historia, el reflejo de una crisis que golpea fuerte.

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Sólo unos pocos bautismos y alguna que otra foto no le alcanzan para mantenerse. Señaló que tiene un capital (en máquinas de foto, videos y una isla de edición) totalmente parado y sin expectativas de mejora.

Lo que empezó como un hobby, terminó siendo el modo de ganarse la vida para Fabio. En sus inicios trabajó en una empresa que se dedicaba a curar postes; paralelamente, en sus tiempos libres daba sus primeros pasos en el mundo de la fotografía con una vieja máquina. Pero cerró la empresa, se quedó sin ingresos fijos y apostó todas las fichas a su verdadera pasión.

Como la mayoría de los fotógrafos, comenzó en los tiempos en que trabajaba con rollos. Sacaba 10 o 12 fotos de un rollo de 36, concurría al laboratorio donde trabajaban Raúl Pereyra y Ariel Fusch, donde cortaban el rollo hasta donde había sacado y luego se volvía a cargar la máquina”. Tiempos en los que se revelaban hasta dos mil y tres mil rollos por mes en un solo laboratorio.

Con el correr del tiempo ingresó en la era digital, adquirió cámaras fotográficas nuevas y dos de video. “Hubo fines de semana en lo que hacía entre viernes, sábado y domingo, cinco o más eventos- cumples de quince, reuniones familiares, casamientos- requiriendo que un camarógrafo y otro fotógrafo me dieran una mano”, recordó Fabio.

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Fotografía de un Book de cumpleaños de 15, tomada por Fabio antes de la pandemia
Fotografía de un Book de cumpleaños de 15, tomada por Fabio antes de la pandemia

Destacó que en esos tiempos “podíamos cambiar una cámara y mejorar el servicio, algo que en los últimos tiempos se tornó imposible. Todo el equipamiento está a valor dólar, cuestan 900, 1500, 2000 dólares, y con el salto de la moneda americana es imposible afrontar la adquisición de nuevos equipos”. Una de las cámaras que compró le salió 13.000 pesos, y hoy el costo es de $150.000”.

Volviendo a su historia, relató que la demanda de trabajo generó que alquilara un local para atender a la gente, pasar presupuestos y demás, “negocio que seguramente en los próximos días cerraré, porque los números no dan como para abonar mensualmente un alquiler”, lamentó.

Antes de la pandemia la merma en los trabajos ya se hizo sentir. “Quedaron colaciones de grado y alguna que otra fiesta, cuando la gente anda mal restringe los gastos”, consideró Fabio, que contó que ”en una fiesta, normalmente, al último que se le paga es al fotógrafo y al que hace las filmaciones, el último orejón del tarro”.

La pandemia, el golpe letal

Los más de cinco meses que llevamos de pandemia “han sido extremadamente duros para todos los que estamos en este oficio”, indicó el fotógrafo, que relató que “tuvimos un pequeño respiro con la apertura de bautismo con todos los protocolos, pero se volvieron a cortar y nos quedamos nuevamente sin qué hacer, con todo el equipamiento guardado en casa”.

El momento más difícil es cuando llega la noche y apoyas la cabeza en la almohada

“El momento más difícil es cuando llega la noche y apoyas la cabeza en la almohada. Hay momentos en que no podes conciliar el sueño por una situación que no tiene visos de solución en lo inmediato. Es difícil encontrarle explicación a este momento que vive el mundo. A contar con elementos para poder trabajar, y a la vez saber y entender que no podes hacerlo”, reflexinó.

El último de los afiladores

Miguel González recorre las calles con el inconfundible ruido de su flauta, afilando cuchillos y demás elementos con una piedra y un pulidor montado en su bicicleta. Lleva 44 años en un oficio artesanal, e intenta sortear las limitaciones de la pandemia. Su historia.

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Con 62 años a cuestas, Miguel sigue pedaleando las calles de la ciudad. Entrevistado por El Día, comentó que la mejor parte del año para trabajar es en el verano. “Los días son más largos y me permite extender la jornada laboral; mientras que en invierno arranco después de las nueve de la mañana, y a la tarde termino a las 17.30 con suerte”.

Miguel nació en Mendoza -aun conserva un poco de la tonada que caracteriza a los cuyanos- vivió en Buenos Aires, y se radicó en Gualeguaychú hace 36 años. Comenzó a trabajar a los 18 años en Buenos Aires, junto a un amigo que le enseñó a afilar, y 44 años después sigue siendo su forma de ganarse la vida. “Hoy mi hijo Emiliano y buena parte de mi familia que viven en Buenos Aires, Rosario y Mendoza, y todos son afiladores”, contó.

LA FLAUTA: El instrumento emite el sonido que identifica históricamente al afilador. Contó que se “trata de una flauta chica que me acompaña hace 20 años”.

El mendocino viaja una vez al año a su ciudad natal, y tanto a la ida como a la vuelta va realizando trabajos por los distintos pueblos que pasa. “Cargo la bicicleta en mi camionetita y parto. Lo mismo hago en todos los pueblos y ciudades de Entre Ríos, toda la costa del Uruguay hasta Chajarí, el centro, la costa del Paraná y el sur. En Diamante y Victoria con mi pibe hemos llegado a quedarnos una semana, debido a que no queda gente que haga el laburo que nosotros hacemos, en tanto que en las localidades con menos habitantes, trabajamos un día y nos vamos”, relató.

Sortear la pandemia

El principal obstáculo para Miguel y tantos otros oficios es cuándo las limitaciones de circulación le impiden realizar su actividad. Tanto a fines de marzo (principio de la pandemia en argentina) como esta última semana no pudo generar ingresos.

Sin embargo, Miguel aseguró que cuando ha podido trabajar en estos tiempos de pandemia la demanda “se ha mantenido”, y que incluso ha recibido algunos llamados de gente para trabajos a domicilio.

Detalló que el “laburo es totalmente artesanal, en un principio se hacía con una rueda, para luego cambiar a la bicicleta con la cual llego a hacer 200 cuadras en un día, algo que con la rueda resulta imposible”.

SUS HERRAMIENTAS: En la parte delantera de la bicicleta tiene una piedra y un pulidor que hace funcionar con una correa y la fuerza de sus piernas. Se trata de “darle pedal” y afilar todo lo que se puede, cuchillos de todo tipo, tijeras, también las cuchillas de la máquina de cortar pasto, la procesadora, la de picar carne, cuchillitos dentados, alicates, etc

Por último, contó que “los precios varían acorde al trabajo, de $150 para arriba”, y explicó que “el tiempo que lleva afilar oscila entre 5 y 10 minutos, aunque con una tijera puedo llegar a demorar un poco más”, aclaró.

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