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Conocé "Andinolandia", el museo del juguete de Guillermo Andino

El periodista abre las puertas de su espectacular museo

“Perdoná el desorden", se excusa Guillermo Andino (51) antes de abrir las puertas, cerradas con llave, de su original playroom. Y tiene razón, el cuarto refleja su espíritu lúdico convertido en ese fantástico caos de coleccionista: afiches de películas de los años 60 conviven con Mafaldas, Hijitus y muñecos de Titanes en el Ring. En una mesa, apenas un puñado de sus casi seis mil soldaditos de plomo recrean el desembarco de Normandía y a un costado de la pared, se asoma el primer número de la revista El Gráfico de 1919 (guardado celosamente bajo una vitrina). Y hay más: detrás de un viejo televisor, junto al Scalextric con pista "en ocho", asoma la pelota de del Mundial 78 que alguna vez funcionó como escenografía del viejo Canal 7 (hoy, Televisión Pública).

En esta tarde de chicos -ya que su mujer Carolina Prat (43) y sus hijas mayores, Sofía (18), Victoria (11) no están en la casa-, el periodista y su único hijo varón, el pequeño Ramón "Monchi" (3), se sientan en el piso para jugar una vez más, con Buzz Lightyear (compañero de aventuras de Woody en las cuatro Toy Story) y Larguirucho (íntimo de Anteojito).

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-¿Sos consciente de todas las cosas que tenés y dónde están ubicadas?
-Sí, es parte de las cualidades del gen del coleccionista. [Risas]. Me resulta difícil llamar a esto trabajo porque para mí es un placer, un gusto que me puedo dar de algo chiquito, algo grande, algo relacionado con mi infancia, mis afectos, mi vida. Me gusta hacer el paralelismo como el de un bibliotecario que sabe dónde está cada libro y con el tiempo se ha convertido en un experto de cada una de sus piezas. Uno colecciona en parte porque a veces el objeto que busca está relacionado con un momento de la vida, o es algo que simplemente le gusta. Y eso es muy distinto a la compulsión de tener por tener. Para mí, el coleccionismo de alguna manera me lleva a revivir los momentos más felices de mi infancia.

-¿Cómo empezó todo?
-Sin que me diera cuenta. Probablemente mi gusto por la colección abreva dos fuentes: lo hereditario y el gusto personal. A mi viejo [el periodista Ramón Andino] le encantaban los discos de tango: llegó a tener cientos y muchos firmados por Pugliese, Troilo. Él me hacía escuchar tangos y yo le ponía los Beatles. Y si a ese hobby por atesorar los objetos que me hicieron feliz le sumamos mi gusto por la historia -de hecho, estudié Ciencias Políticas e hice tres años del profesorado de Historia- todo eso termina de componer un determinado tipo de colecciones. Tenía 6 años cuando empecé a guardar en mi repisa los muñecos de Titanes en el Ring que venían en los chocolates Jack. De repente me di cuenta de que tenía a Karadagian al lado del Caballero Rojo, al lado de la Momia, al lado de Pepino. Después sumé los personajes de Hijitus y seguí acomodándolos y eso lo veo hoy con Monchi, que le encantan sus propios muñecos. Ahora le compro los chocolates Jack que vienen con los Simpson y lo veo acomodándolos en la repisa de su cuarto con los personajes de Toy Story.

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-¿En algún momento pensaste en dejar de coleccionar?
-Hace como diez años me dije: "Bueno, yo me retiro con esto". Y fue con el disco de platino que les dieron a los Beatles por haber vendido un millón y medio de copias del álbum Abbey Road. Yo tenía muy buena relación con Alberto Badía, por lo que un día me llamó y me preguntó si me interesaba participar de una subasta organizada por el coleccionista más importante de Latinoamérica. "Yo te voy a ayudar", me dijo. Fuimos a la sucursal de microcentro del Banco Ciudad y nos encontramos con gente que había venido de México, Paraguay, una locura. Ese día se subastaron muchas cosas, hasta que llegó el disco, oferté, contraofertaron y finalmente bajaron el martillo y me lo llevé yo. Con ese disco sentí que ya era mi retiro.

-¿Extrañás las ganas de seguir buscando objetos?
-[Piensa unos segundos]. Una vez le preguntaron a Aníbal Troilo si extrañaba su barrio y Pichuco les contestó: "Dicen que me fui del barrio. ¿Cuándo? ¿Pero cuándo? Si siempre estoy llegando". Y yo siento que me pasa lo mismo como coleccionista. Me miento a mí mismo si pienso que no voy a buscar ni una pieza más. Una vez cada quince días, voy a alguna feria y en los contactos tengo a cincuenta coleccionistas que me llaman o los llamo. Y aunque no compre nada, me cuentan: "Mirá lo que acaba de salir". Cada tanto me doy un gustito. Hace unos días fuimos a grabar a San Telmo y terminé comprando un almanaque de 1936, que la verdad es que Dios me lo puso en el camino: es el año que nació mi viejo. Él murió cuando yo tenía 18 y siempre había querido regalarle un almanaque de su año pero nunca lo conseguí. Por eso, cuando vi el almanaque con los dibujos de los cuadros de Molina Campos no dudé en comprarlo. Y ahí me di cuenta de que nació un domingo, como yo.

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-¿Cuál es tu objeto favorito? ¿Qué es lo que guardás bajo siete llaves?
-La colección de los años 70 de los muñequitos de Jack tienen un lugar en mi corazón y por eso están en una vitrina, bajo llave. [Risas]. Hay cosas que necesito cuidarlas bien porque son irrecuperables. Como el petróleo, son no renovables. Yo le gané muchas batallas a mi vieja, que siempre me dijo: "¿Y esto para qué lo querés?". Gracias a mis colecciones el año pasado, durante el Mundial de Fútbol, el secretario de Cultura me pidió si podía prestarles todo lo que tenía sobre mundiales para el Museo de la Casa Rosada. La mayoría de la muestra exhibía todo lo que les dí: álbumes, figuritas, pelotas.

-¿Qué sentiste cuando fuiste a verla?
-Mucho orgullo. Porque pensá que esas figuritas de los álbumes yo las había pegado cuando era chico. Entonces, también tienen ese valor agregado de compartirlo. Mis amigos cuando vienen a casa y quieren pasar por este cuarto, me piden ir "al museo". Es emocionante encontrar en el otro esa expresión que dice "qué bueno lo tenés" y para mí es emocionante también pensar "qué bueno que te lo puedo compartir". Facundo Pastor, colega y primo segundo mío, le puso al cuarto "Andinolandia", porque es como un viaje hacia la nostalgia.

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-¿Tenés un inventario?
-No, lo tengo todo en la cabeza.

-¿Cuántos soldaditos de plomo tenés?
-Dejame pensar. Entre los expuestos y los guardados, tengo unos seis mil incluidos los de la colección de la firma inglesa Timpo y la alemana Elastolin de la década del 60. También tengo algunos que mandé hacer cuando fui a cubrir el Mundial de Francia y estuve viviendo en París como tres meses. Ahí pude traerme algunas piezas.

-¿Y sabés cuántos muñequitos tenés de los chocolates Jack?
-En aquella época Felfort sacaba los catálogos en las tapas de las revistas Anteojito y Billiken. Las colecciones comenzaron en el 67, con animales y personajes de García Ferré hasta los 80. Durante esos trece años, deberían ser unos 460 muñequitos., esto hablado con coleccionistas, por supuesto. Los que completamos la colección entera tenemos lo mismo.

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-¿Cómo es tu relación con Monchi?
-[Sonríe]. Con él me estoy divirtiendo mucho. Monchi es todo. Él me agarró padre a los 47. Vino el varón y pude poner un arco en el jardín. Jugamos a los soldaditos, a Toy Story, mandé hacer con un artista amigo todos los personajes de Hijitus del material epoxi y entonces nos inventamos historias. porque Monchi ve Hijitus. Y va al jardín de infantes y les habla a sus compañeros de Hijitus. Ojo, sabe muy bien quiénes son los Avengers y el Hombre Araña, pero también quién es el Chavo del Ocho. Y cuando quiere jugar me dice: "Papi, ¿hacemos una aventura en el jardín?". Y ahí está el árbol de Neurus. Yo sé que en algún momento va a venir la Play, pero en el mientras tanto, nos divertimos con esto. Pensá que toda mi paternidad hasta la llegada de Ramoncito estuvo rodeado de Barbies y casitas. Y un día vino Brutus. [Ríe]. Yo le sigo hablando de Titanes en el Ring y lo loco es que Monchi me habla de ellos como si lo hubiese vivido. Y vamos un ratito a mi pasado y volvemos un rato a su presente. Pero mi pasado también es como si fuera el suyo. Y eso me emociona mucho.

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