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Corazón de motor (dedicado a Coco Auto)

Quizás cuando estuviste de este lado, el desamparo se te hizo insoportable. Los callos del alma te dolían más que los de tus pies caminando en la intemperie. Tu fragilidad no pudo resistir nuestras humanas miserabilidades.

Por Cecilia Rébora (Psicóloga)

Un día, no sé en qué momento de la historia de tu vida, tomaste la decisión de salirte del surco…

Juntaste las piedritas que guardaste en el bolsillo de tu infancia, los ladrillos de adobe de la casa de algún abuelo, las ramas de los árboles que te sirvieron de abrigo, los adoquines de las calles que te vieron jugar y fuiste poco a poco construyendo un mundo, “tu mundo” para habitar.

Decidiste darte un lugar en otro lugar, depositar tu soledad en un baúl, llenar de combustible tus vacíos, alumbrarte los miedos con faros de fantasía, encenderte un corazón de motor recubierto de poderes para enfrentar los avatares de esta vida.

Y así pudiste transitarla…las calles de esta ciudad fueron testigos de tus secretos.

Me contaron que te encontrabas en la parada de taxis de la vieja terminal esperando al próximo pasajero. Ese que traía una valija grande e invisible que cargaste en el portaequipaje de tu espalda y que te pidió que lo llevaras hasta el río donde pescaba mojarritas en su infancia.

Arrancaste el motor, pusiste primera y marchaste por la calle Bolívar hacia la costanera, por aquellos tiempos “la Bolívar” iba para allá…

De las vidrieras de los hoteles cercanos a la terminal te saludaban los viajantes y los conserjes. Tus amigos en ese mundo sobre llantas de alpargata.

Una niña de ojos grandes, con un pulóver tejido por su abuela de retacitos de lana multicolor, mientras dibujaba rayuelas en la vereda, te vio pasar.

Por ese instante sólo el cordón de esa vereda te separaba de ella. Al bajarlo y pisar la calle terminaba su libertad para jugar y justo ahí comenzaba la vía donde rodabas tus sueños…

Pasaste tan cerca con esa valija invisible cargada de fascinación que no pudo resistirse y te siguió corriendo a la par, de este otro lado, el de la vereda.

Pero al llegar a la costanera ella se quedó en la calesita… y desde arriba del caballito se despidió de vos cuando bajabas al río llevando a tu pasajero a pescar mojarritas.

Mucho tiempo después, una mujer, aquella niña de la calle Bolívar, en el silencio de una ciudad encerrada en cuarentena creyó escuchar el ruido de un viejo motor…

Corrió a la ventana y por esa calle prohibida y desolada, nuevamente te vio pasar.

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