Cristina es igual a Néstor: nunca se equivoca
Hay que equivocarse, pero nunca reconocer un error. Es que el revoleo de terrenos y sitios tomados dejó mal parado al gobierno nacional y fue el disparador para algo impensado: la estrella de Aníbal Fernández empezó a apagarse.Por Jorge BarroetaveñaColumnista Mientras las balas silbaban sobre la cabeza de los 'okupas' del Parque Indoamericano y la Presidenta trataba de disimular su enojo atacando a Mauricio Macri, el piso se movía debajo del Jefe de Gabinete. Es que a esta altura la Jefa de Estado ya había hablado con Nilda Garré y resuelto la creación del Ministerio de Seguridad. "¿Te vas a hacer cargo?", espetó la Presidenta a su Ministra. "¿Tengo las manos libres?". "Hacé lo que te parezca", refrendó la primera mandataria. Fue el certificado de defunción de la estructura que creó y apadrinó Fernández en los últimos años y que se dedicó más al espionaje que a garantizar la seguridad.Garré no esperó dos minutos para diferenciarse del hombre en cuestión. "Hay inseguridad", se sinceró ante el primer micrófono que se le cruzó y advirtió que habría cambios en todas las fuerzas. "Voy a analizar la situación y veré", dijo sin dar indicios de hasta dónde llegaría el cuchillo. En la mira estaba la Policía Federal, que viene en deuda con Cristina desde la muerte de Mariano Ferreyra. Ahora, impresionada por las imágenes de televisión, Cristina resolvió cortar por lo sano y hacer cambios de fondo, sin tocar la política de no represión, de la que ha hecho una bandera desde que empezó su gobierno. Y Garré llegó con ese objetivo: pasar a cuarteles de invierno a la plana mayor de la Federal y correrla del foco del conflicto. Saben que la justicia tiene elementos que incriminarían a policías de la fuerza en el crimen de al menos uno de los tres muertos por los incidentes en el Indoamericano. Lo inexpicable es que, en el caso de la Federal, y después de 8 años de gestión entre Cristina y Néstor, la fuerza no sepa reprimir sin matar.Con esa pregunta inquietante sin respuesta es que Garré se hizo cargo del Ministerio de Defensa. Su preocupación apunta además a los bolsones de corrupción que existen en ella y la capacidad que tienen, como dijo un allegado, 'de tirarte un muerto', algo que ni el Ejército y ni la Gendarmería pueden hacer ya.La espiral de violencia y el repiqueteo de hechos similares obligó al gobierno nacional a cambiar de postura. El mismo que acusó a Macri y a Duhalde de estar detrás de los incidentes, Aníbal Fernández, tuvo que llegar a un acuerdo y consensuar cuánto dinero pondrá la Nación y cuánto la ciudad para hacer viviendas.Pero fueron días de ausencia imperdonable para un gobierno que se jacta de dar respuestas rápidas y para un potencial candidato a presidente que también se jacta de ser ejecutivo.Reducir las tomas a cuestiones ideológicas o conspirativas parece un error. Hay un problema de fondo que es la falta de viviendas. Millones de argentinos viven en condiciones infrahumanas y no poseen casa propia. El hacinamiento y todas las consecuencias sociales que este acarrea forman un cóctel explosivo que estalló en el Parque Indoamericano. Es probable que haya habido punteros políticos actuando (de hecho el líder de ellos se reconoció kirchnerista), con el narcotráfico siempre acechando, pero no es menos cierto que el problema es real y existe. Pero, consentir la toma y después negociar y entregar viviendas hubiera provocado un efecto catarata que, la confusión de los primeros días, no pudo evitar. Las tomas entonces se multiplicaron incomodando no sólo más al propio Macri sino a Daniel Scioli, porque también las hubo en la Provincia de Buenos Aires. De repente, el gobierno se dio cuenta que escupir al cielo no era conveniente y pegó el volantazo. Lo llamaron a Macri, se guardaron en el bolsillo las acusaciones, y llegaron a un acuerdo: por cada peso que invierte la Ciudad, invertirá otro la Nación. Además abortaron la posibilidad de facilitar las tomas: aquellos que ocupen terrenos verán abortada su chance de acceder a una vivienda.Los acontecimientos desnudaron una realidad obvia pero hasta ahora incomprobable: Cristina no es igual a Néstor. Habrán compartido 35 años de pareja y otros tanto de entente política, pero ella no reaccionó igual a él. ¿Alguien supone que Kirchner desplazaría el control de la Federal y las fuerzas de seguridad de las manos de Aníbal Fernández para dárselo a Nilda Garré? Nadie, pero la Presidenta lo hizo de un plumazo. En algo sí no se diferencia del ex presidente: negar los errores hasta abajo del agua. Algo que parece ser una condición imprescindible para ser político en la Argentina. El gobierno nacional se equivocó en el manejo de la crisis, buscó mezquinamente echarle el fardo a Macri y se le convirtió en un boomerang. Mucho peor fue la repercusión en la opinión pública. Viendo las imágenes televisivas, más de uno se retrotrajo a los peores momentos del 2001 cuando el gobierno de De la Rúa se batía en retirada.El temor de la Presidenta quizá sea uno solo: que la tropa se le vaya de las manos, al no estar ya quien la aglutinaba. Kirchner tenía una forma de conducir particular y era quien manejaba los hilos del poder. Hacía y deshacía a gusto y si tenía que meter las manos en el barro lo hacía. La Presidenta debe sentir que no puede hacer el mismo trabajo pero quiere que la tropa se acostumbre a su estilo. Aníbal Fernández fue el primero que lo experimentó en carne propia. Y si no hacen los deberes puede haber más en la fila. ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
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