Cuando el poder tiene nombre propio: Cristina Kirchner
La contundencia de los números es tan elocuente que obtura los análisis. Es que la victoria del kirchnerismo no tiene antecedentes desde el retorno de la democracia. Ni Menem ni Alfonsín, en la cúspide de sus carreras tuvieron tanto poder. Lo que viene, pero antes, las claves de lo que pasó y porqué pasó.Por Jorge Barroetaveña La ola de votos que catapultó a Cristina Kirchner a su segundo mandato tiene razones concretas. Méritos propios y deméritos ajenos pero sobre todo, la aceptación de una sociedad golpeada que quedó marcada a fuego después de la última experiencia crítica del 2.001. Justo cuando nos asomamos a cumplir la primera década de aquella nefasta experiencia, el mandato social surge claro y nítido: no queremos volver a esos días y Cristina es la única que ofrece garantías. Claro que el kirchnerismo, y Néstor Kirchner en particular, trabajó duro para poner a su gobierno en ese sitial. Pasó varias tempestades pero la más fuerte fue la del 2008. Y algo distinguió a Kirchner de los anteriores: se pudo reponer de una derrota legislativa sin perder nunca la iniciativa.Si algo ha caracterizado al kirchnerismo es que nunca le marcaron la agenda, aún desde la derrota. Cuando en el 2009 muchos pensaron que el fin de los días de Cristina y Néstor en el poder era cuestión de tiempo, cometieron un grave error. Se embelesaron tratando de ver quién se quedaba con el mandado, sin darse cuenta que los reflejos del ex presidente estaban intactos. La muerte lo sorprendió hace un año pero la maquinaria estaba otra vez aceitada y en marcha. Es probable que la historia diga que la desaparición física de Kirchner marcó un antes y un después en la vida política de la Argentina pero no es menos cierto que el aparato estaba otra vez en marcha y el final del domingo era el más probable.Ante los vaivenes ajenos, el proyecto de poder que construyó el matrimonio presidencial es lo más parecido a un proyecto de país en las últimas décadas. Guste o no, supieron aprovechar el viento de cola internacional y se limitaron a no entorpecer el desperezamiento de la economía local, en el fondo del mar después de la debacle del 2.000. Los métodos de ejercer el poder kirchnerista distan de ser los mejores. Son duros y no admiten disidencias. Condenan al destierro a los réprobos y no soportan las críticas. Pero esas variables, y siempre lo supieron bien, no son las que maneja la sociedad, o al menos buena parte de ella. La bonanza económica de consumo y producción que vive la Argentina es el pilar sobre el que se ha cimentado su éxito. Al principio el peronismo no pintó como herramienta válida. A Kirchner lo obsesionaba el control de las calles y eso se lo dieron los sindicalistas y en especial Hugo Moyano. Después, ante la adversidad electoral, no dudó en avanzar sobre el PJ, a sabiendas del poderío de su aparato y su historia. Fue pragmático hasta en eso.Cristina, con sus matices, siguió la misma línea. En los últimos meses bajó el tono confrontativo al que Néstor era tan afecto y con eso empezó a ganarse los sectores de clase media que la habían castigado en el 2.009. El domingo el triunfo oficial fue uniforme: ganaron en los grandes centros urbanos, en los pueblos del interior y en los lugares más pobres del país arrasaron. En el Congreso volverán a tener mayoría y con eso, la llave para poder acceder a una eventual reforma constitucional. Aunque eso sería adelantarse en el tiempo. Y eso es lo que ahora le sobra a la Presidenta.La oposición nunca la tuvo clara. Pensó que sí pero se equivocó feo. En el 2009 creyó que la historia estaba finiquitada y sólo era cuestión de dirimir los liderazgos y quién se quedaría con el premio mayor de la presidencia. Actuaron con mezquindad y falta de grandeza. Con poco tacto. Fueron un elefante en un bazar, justo lo mismo que se le enrostraba al oficialismo después del conflicto con el campo en el 2.008. El radicalismo todavía no ha digerido, ni la sociedad se lo ha perdonado, la catástrofe social del 2.001. Y en estos años lo que hicieron tampoco alcanzó para superarlo. Los peronistas disidentes hicieron un papelón peleándose por no se sabe qué, despilfarrando la posibilidad que se les habría con un Macri victorioso en Capital Federal. Y Macri justamente también actuó con mezquindad pensando en su propio capital político antes que en darle al electorado una alternativa de oposición cierta. Hermes Binner es el que quedó mejor parado o el único casi. Ya demostró que puede gobernar una provincia y su discurso coincide con los tiempos que corren: confronta pero no agrede, marca pero no hiere. En ese mar de contradicciones: se podía esperar otra cosa?La Presidenta Cristina Fernández de Kirchner tiene el poder más grande que una sociedad le haya conferido a un mandatario. Ni Menem ni Alfonsín tuvieron tanto. Aumenta pues su responsabilidad para evitar excesos y desvíos. La Presidenta deberá en este segundo período consolidar lo que logró en el primero, mejorar lo que falta y corregir los errores. El kirchnerismo es pragmático en economía y no hará locuras, como no las hizo en estos años. Deberá entonces dotar de mejor calidad institucional a la Argentina. Ambas cosas son compatibles y con el inmenso poder que la sociedad le ha dado, puede hacerlo. Ahí estará su grandeza. ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
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