Cuando la aplazada es la educación
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Altos índices de deserción, divorcio entre los contenidos escolares y la demanda del sector productivo, estructuras y metodologías obsoletas, son sólo parte de un diagnóstico incompleto que obliga a replantear un sistema que en algún momento fue modelo para el mundo. Florencia Carbone No alcanzó los objetivos propuestos o, sin tanta sutileza: Nos vemos en marzo.Esta vez el aplazo es para el sistema educativo argentino. Más allá de que el resultado que obtienen nuestros alumnos en las pruebas internacionales ubica al país entre los últimos de la fila, puertas adentro el déficit del sector se vuelve más notorio cada día."Es un gran desafío porque tenemos escuelas del siglo XIX con docentes del siglo XX y alumnos del siglo XXI", grafica Oscar Ghillione, director ejecutivo de Enseñá por Argentina (www.ensenaporargentina.org).¿Significa eso que estamos frente a un modelo educativo obsoleto? "El modelo actual se parece más un museo que a un laboratorio de innovación de Google, que es a lo que deberíamos apuntar. Los cinco trabajos más demandados hoy no existían hace cinco años", apunta Ghillione.En efecto, la realidad muestra que en la enorme mayoría de los casos, las aulas están preparadas para que un maestro se pare frente a la clase e imparta el conocimiento mientras los alumnos escuchan, sentados en sus sillas.Los nuevos modelos pedagógicos -probados en países desarrollados y en algunos en vías de desarrollo-, tienen en común la adaptación constante de los programas según las necesidades de la sociedad y apuntan a la construcción del conocimiento, la interacción de los alumnos sin diferenciarlos por edades, la creación de espacios dedicados a materias específicas, el fortalecimiento de la interacción de los estudiantes y la inclusión de la comunidad como parte vital en el proceso de enseñanza."El problema de la educación es universal. Podemos construir nuevas escuelas, darle una computadora a cada chico, pintar el lugar en el que están, todo eso está bueno, pero no es lo que cambia la trayectoria de un alumno. No tengo la bola de cristal pero queda claro que hay que cambiar el paradigma, desarrollarlos en habilidades y competencias, no transformarlos en grandes memorizadores", añadeGhillione.¿Y qué pasa con los docentes? "Es muy difícil tener un diagnóstico de calidad respecto de los "formadores": hay más de 1000 institutos de formación docente en el país (muchos más que en Brasil) y es muy complicado poder certificar la calidad de cada uno", responde. Números y estadísticasSegún los datos de Enseñá por Argentina, en el país hay hoy alrededor de 800.000 docentes. "La clave está en generar un programa de formación superador, pero para eso es fundamental tener mejor información para hacer un buen diagnóstico y tomar las mejores decisiones", explica. Allí es donde hace su aporte la ONG, que tiene un programa por el cual profesionales de Enseñá por Argentina se convierten en educadores en escuelas que se encuentran en contextos de vulnerabilidad.El diagnóstico que hace Alieto Guadagni, miembro de la Academia Nacional de Educación y director del Centro de Estudios de la Educación Argentina de la Universidad de Belgrano es preocupante."De los cuatro niveles educativos que hay en la Argentina, sólo el Inicial tuvo un desarrollo positivo. En primario, secundario y universitario tenemos problemas gravísimos. Pero es lógico, no se puede tener el calendario escolar más corto del mundo y pretender no tener problemas", dice.Guadagni ofrece un ejemplo concreto: "Cuando un niño chileno termina la escuela primaria, después de 6 años, le sacó tres años de ventaja a uno argentino porque mientras ellos tienen 1.100 horas de clase por año, los nuestros teóricamente tendrían 720 horas, que muchas veces ni siquiera se cumplen".Luego, destaca "un fenómeno notable" que está ocurriendo en la educación primaria del país: "Las escuelas públicas se están vaciando. En 2003 tenían 3.700.000 niños; en 2012, 3.400.000 alumnos. En el mismo período, las privadas aumentaron su matrícula 22%. ¿Nadie se pregunta por qué la gente renuncia a la educación gratuita?".María Cortelezzi, directora del área de Evaluación y Desarrollo de Cimientos (http://cimientos.org) admite que se trata de "una problemática compleja en todos los niveles", pero destaca que respecto de la cantidad chicos que cursan, los niveles de asistencia y abandono, la escuela primaria está mejor posicionada que la secundaria."La escuela primaria fue concebida como un ámbito para brindar homogeneidad en el conocimiento para todos. En cambio el secundario fue pensado para la elite, para educar a aquellos que serían gobernantes. Lo que ocurrió con el paso del tiempo es que la escuela se abrió y se volvió obligatoria, con lo que llegó una población diferente de aquella para la que inicialmente había sido pensada. Hoy el núcleo duro de la secundaria en cuanto al formato escolar, la infraestructura física -la disposición de los bancos por ejemplo-, es parte de los formatos que no se modificaron. Los alumnos tienen que seguir una trayectoria específica, la edad es la que determina en qué grado deben estar. Es lógico que en ese contexto haya una brecha entre lo que la escuela da y las necesidades que se demandan".Cortelezzi cita como ejemplo el informe del BID titulado "Desconectados" (www.iadb.org/es/temas/educacion/desconectados-descargas,6114.html) en el que se señala con claridad que si bien en el aprendizaje de los alumnos -especialmente las habilidades y competencias que puedan usar en su vida productiva- debería ser la preocupación central de las reformas educativas en América latina y el Caribe, muchas de las intervenciones, políticas y programas hechos en la región no se han enfocado en ello. Sin dejar lo tradicionalEl trabajo señala que se continúan midiendo de manera tradicional las habilidades académicas de los chicos dejando de lado otros desempeños que adquieren cada vez mayor importancia en el ámbito laboral, como los relacionados con el comportamiento. "Las habilidades cuentan -tanto las del conocimiento como las socioemocionales- y son fundamentales para el desarrollo continuo de niños y jóvenes en el sistema educativo y posteriormente en el mercado laboral."Cortelezzi destaca como positivos la apertura actual de la escuela y la instrumentación de programas que favorecen la permanencia de los chicos (como la Asignación Universal por hijo, que se recibe siempre y cuando se cumpla con la escolaridad de los menores), pero señala un punto débil: "Si bien ingresan muchos, no todos logran seguir. Se calcula que en la Argentina 1 de cada 2 alumnos que empieza el secundario no lo termina y en eso juegan muchos factores, como el contexto social en el que viven (es algo que se da especialmente en la población más vulnerable), la falta de interés con el lugar que tienen en las escuelas, el contenido y la relación con los docentes, y la falta de clases por diferentes motivos (paros y ausencia de los docentes)".A eso apunta uno de los programas de Cimientos, "Futuros egresados", en el que se da una beca mensual y tutoría para acompañar a estudiantes secundarios.Para Gustavo Iaies, director del Centro de Estudios en Políticas Públicas (www.fundacioncepp.org.ar), lo primero es definir qué queremos. "Nos estamos yendo a la B según lo que querramos. Si la escuela debe ser contenedora, no lo está siendo: entre 400.000 y 500.000 chicos por año la abandonan. Están quienes dicen que debe enseñar y que cuanto más aprendan los chicos, mejor. Las evaluaciones indican que las cosas no están saliendo bien ahí tampoco. También hay quienes piensan que la escuela está para incluir, pero si se observan los datos, la capacidad de retención no es de las mejores", enumera.Iaies destaca que en ninguna de esas dimensiones se contempla "la calidad", saber si los chicos leen, comprenden y pueden adquirir otro tipo de habilidades.Cuenta como anécdota que en 2004, en Gran Bretaña, hubo un reality en el que se reproducían las condiciones de una escuela inglesa de los años '30. El desafío era ver cuánto aguantaban los jóvenes de hoy en esas condiciones. Y la sorpresa fue que ese no era el problema, "lo que se planteó es que necesitan padres que los ordenen o profesores que los ordenen. Los chicos quieren cosas bastantes obvias. Para ellos un buen profesor es quien sabe, enseña y exige. Pero la verdad es que como no sabemos qué queremos, es difícil decir si estamos mejor o peor".Iaies enfatiza que "el desafío es tener a los chicos aprendiendo. Hay que fijar metas para cada escuela con el fin de acrecentar la responsabilidad de cada uno. Hacen falta escuelas más activas y eso implica repartir derechos y obligaciones, pero en la última ley de educación la palabra "derecho" aparece 55 veces, mientras que "obligación", sólo ocho".Según el especialista, a diferencia de lo que ocurre en la Argentina donde "el sistema está descompuesto y quedó en manos del Estado y los sindicatos, en Brasil, Chile, México y Colombia hay una activa participación e involucramiento del sector privado, organizaciones comprometidas con la educación".El debate está abierto. Los tiempos corren y la brecha entre la oferta educativa y las necesidades reales parece ahondarse. Ojalá la educación argentina -otrora ejemplo en el mundo- logre superar con éxito los recuperatorios y llegar fortalecida al examen final. El desarrollo del país depende fundamentalmente de eso. *Publicada en Revista Convivimos, de Tarjeta Naranja
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