“Cuénteme Don Manuel, refresque la memoria”
Mañana lunes 26 de julio se cumple el 6to aniversario del fallecimiento de Don Manuel Almeida. El Centro de Estudios Arqueológicos que lleva su nombre y custodia el fruto de su incansable labor de más de cuarenta años, quiere homenajearlo refrescando la memoria, que es la mejor manera de no morir..."Por qué escribimos", expresó Paulina Lemes. "Hablar de don Manuel le queda grande a cualquiera, y uno va tropezando con las palabras como un niño que ensaya caminar por primera vez. Y ustedes se preguntarán ¿qué hace una maestra de música frente a tamaña tarea?"."Creo que me asiste más el amor que el derecho académico. Quise entregarles estas palabras así como las escuché yo: al rescoldo del fueguito de un campamento que es como mejor se comprende todo esto", señaló.Recordó que "tenía esa rara característica de contar su enorme bagaje científico en palabras muy sencillas. A esa sencillez le agregaba pasión, enorme y urgente pasión, y uno quedaba atrapado inevitablemente y prometiendo por lo bajo jamás abandonar su titánica tarea. Su voz resonaba sobre un runrún de voces de abuelos indios que muchas veces imaginé sentándose de a poco en la ronda del fogón y asintiendo sus palabras con semblante resignado".Paulina elaboró el presente informe con la colaboración de Sabina Melchiori y Juan Carlos Rodríguez. Senderismo...Nos metemos en el senderito mínimo del monte en Ñandubaysal y aparecerán "Canelones" majestuosos y enredaderas floridas. Todo parecerá igual de verde en unos instantes y nos envolverá un remolino de mariposas blancas que no se posan en las flores porque nadie podría soportar tanta belleza.Ellas se alimentan del barro bajo la sombra eterna de los "Coronillos" y emergen de allí más inmaculadas todavía.Además están ellos.Los abuelos observan.Puedo sentirlos... ¿y vos?Da vértigo su presencia.Parece que uno debiera pedir permiso.Adelante va don Manuel.Ellos ya lo conocen.No hay nada que temer. Guerra psicológica...La siesta era un momento especial en los campamentos de verano. Puro sopor y moscas. No había espacio donde estar a gusto. (Era la cuota de sacrificio)Otro momento terrible era la tardecita... Allí se desplegaba una horda de mosquitos que nunca más he visto en mi vida. Hervían los bañados pariendo y pariendo sin cesar esas bestias... Y el sonido... tan tremendo... era peor que la incisión. Era una guerra más psicológica que "epidérmica".Entre esa nube andaba don Manuel, impertérrito, como si nada pasara.Como si el torno de ese zumbido de mil demonios no lo afectara en lo más mínimo...Había un momento en que la cosa pasaba a mayores... entonces él sacaba su arma mortal: una "manaza" de treinta centímetros de largo que tanto sabía hurgar en interminables archivos, como en la arcilla más obstinada. Manos que sabían esperar que la confianza de los pájaros comiera de ellas, tanto como rasgarse con las "Uñas de gato" buscando el tizón que durara encendido toda la noche.Manos, como digo, enormes, con algunos pelos en las falanges, un tanto de tierra "arqueológica" en las irregulares uñas y chicotazos ensangrentados en el dorso- trofeos que se cobra el monte-.Daban miedo y ternura a la vez...Desplegaba sólo una... -¿para qué más?- y desataba ese látigo despiadado que rompía el aire y se descargaba en su infaltable camisa de grafa.El ruido era seco, implacable...Silencio después...Luto en el "mosquiterío"... -¡de un solo golpe los había muerto a todos!-... La terrible siesta entrerriana...Como digo, había que pasar la siesta. Era cuestión de soportarla... toda sombra era poca... En el monte, y al reparo de las tormentas, los árboles contienen el viento y solo circula una brisita de poca monta que no alcanza para nada.Las sobremesas eran largas. Era preferible charlar y "matar el tiempo". De dormir ¡ni soñar! No resultaba agradable combinar calor y moscas. Así que nos quedábamos en la mesa, tras limpiar los restos de la soberana sandía del postre.Manuel revolvía en su "cajón de comestibles", que en más de una ocasión tenía alimentos en dudoso estado, y sacaba un granulado color fucsia que desplegaba en un platito. El veneno atraía a los insectos que se aglutinaban en un montoncito cada vez más poblado. Literalmente, como moscas. Entonces, para contrarrestar la visión, colocaba en otro plato los restos de vino tinto de su jarra enlosada y allí agregaba azúcar.Las mariposas blancas del monte tienen especial apego a ese cóctel y se acercan deseosas de beberlo.Luego de un rato salían completamente ebrias y volando en zigzag emborrachando el aire. Risas y más risas... ¿y del calor? ¿y de las moscas?... ya nadie se acordaba. "Chaná, mi pariente"...Cuando a don Manuel se le pasó la vorágine inicial y el enamoramiento con el "monumento" nació la curiosidad por el hombre.¿Qué había sido de aquellos olvidados abuelos?¿Cuál había sido su suerte?Así comenzó a indagar en los Archivos de Indias buscando la aguja en el pajar que respondiera a sus preguntas. ¡Y la encontró! (titánica tarea). Halló una misión jesuítica en la zona de Puerto Landa que, dividida en dos, dio lugar a la antiquísima y oriental Soriano y a nuestra querida Gualeguaychú.Así resulta que nuestro origen como ciudad tiene mucho que ver con nuestros "indios".¡Qué bueno! Comienzo a mirar al costado y veo pechos lampiños, cabellos que no encanecen, tonos de piel...-"Somos todos europeos"- ¡Qué va! La sombra de nuestros olvidados abuelos no se ha ido. Seremos más nosotros mismos si nos animamos a reconocerlo y a enorgullecernos de ello.Mientras pienso estas cosas el abuelo indio que cuida de mi familia sale de su escondite entre los muebles y ríe fuertemente mostrando su dentadura completa y blanca.Yo apenas sonrío. Mis muelas están cada vez más grises producto de los estragos del azúcar. Él se carcajea con ganas porque sabe que lo he descubierto en mi sangre y ya no importa nada. Nos reímos los dos.¡Estoy armando el rompecabezas de mi historia! Y mientras el eco de nuestras risas retumba en la cocina, a mí me crecen en los pies raíces aún más profundas... Un rey en el monte...Don Manuel tenía una terrible dicotomía entre su mente y su cuerpo. Mientras la primera se agigantaba, la "carcaza" de su alma inquieta y terriblemente terca se obstinaba en no envejecer. La terrible injusticia de la vida... a más experiencia, menos medios... Parecía un super-hombre pero era sólo lo segundo, y lo sabía con exactitud.De todos modos nos hizo parir su vejez a todos los que lo queríamos, como para hacer su cruz más liviana, supongo...Se perdía sigilosamente en el monte, solo, con sus zapatos de siete leguas especialmente hechos a medida, y sus bastones que reemplazaban, a gatas, a sus dos interminables piernas.Sostenía su humanidad imponente en esas dos columnas de tala... Ya se iba volviendo árbol, monte, flores silvestres... La tierra lo llamaba y él desoía caminando orgulloso como un rey antiguo.Tardaba horas en regresar de esas caminatas.Nunca sabíamos si habían sido tales, ya que sus piernas flaqueaban y a veces pasaba eternidades tratando de incorporar su descomunal presencia desde el piso, adonde la falta de circulación lo había hecho caer.¡Cómo nos alegrábamos cuando volvía! (ya que era un insulto a su grandeza ofrecerse de gentil paje siquiera).De a poco nos acostumbramos a esas "escapadas"...Un día supe que ya nada lo podía tocar, ni la muerte...Vi salir entre el senderito de hojas y silencios a dos abuelos indios, tan destartalados y viejitos como don Manuel. Tomaron los brazos de su defensor como comadres en desgracia y apoyaron sus cabezas doloridas en aquellos hombros de algarrobo noble. Mientras, los gurises, disfrazados de tacuaritas, les cantaban rondas...Se llevaron a don Manuel y a sus dolores allá donde están enterradas las llagas de la América libre...Tanto olvido compartido, tanta desilusión, tanto apretar los dientes...Y allá se fueron despacito, custodiando al paladín de esa justicia que nunca llega, la de los pobres...Don Manuel se estaba despidiendo.En cada senderito vuelvo a verlo.En cada tacuarita recuerdo que está con ellos... Se busca un museo para un héroe...Don Manuel hurga, no se conforma, duda de lo establecido, confronta, investiga... Tiene una familia con siete hijos que alimentar, una actividad docente enorme y variada y sin embargo bucea, revuelve, se enamora, excava tan hondo como sea posible...Tremendo mérito de Susana... todo el tiempo libre de su marido dedicado a su gran amor: la arqueología, la historia, la raíz, la identidad...Si Susana no hubiera mantenido el barco a flote la enorme investigación no hubiera sido posible. Terribles esperas luego de lluvias torrenciales, sin noticias, sin celulares... ¿Y el marido? ¿Y sus hijos?... en el país de los matreros, peludeando entre el barro, aislados...Campamentos con fecha de comienzo pero no de término.Si habrá rezado Susana con el miedo en la garganta... Miedo al yarará, a la inundación, al desabastecimiento, a las picaduras, miedo al hijo asmático, miedo en esa casa grande...La casa de don Manuel era una de esas casas de puertas abiertas. Se cerraba la cancel- por supuesto, sin llave- pero esa primera puerta de par en par daba sensación de bienvenida.Uno accedía a ese santuario escalando cuatro o cinco escalones de mármol blanco gastados y quebradizos. Pasado la cancel que portaba una telaraña al crochet como cortina, se veía un recibidor formal en donde paradójicamente, no se recibía a nadie. En él se reflejaba una extraña luz rosada que se colaba por los vidrios coloridos de una mampara de hierro. Unos sillones, una pintura del célebre que había decorado el bautisterio de la Catedral, y en ella, una dama mirando aburridísima quien sabe qué horizontes...Ese frío recibidor no tenía nada que ver con la familia Almeida. Uno, habitualmente, iba directo al corazón de la casa: el comedor, sin rodeos ni formalismos, así que la dama al óleo seguía alimentando su abulia eterna.Mientras se avanzaba hacia el comedor, flanqueaban la galería, a la izquierda, decenas de palmeras, culandrillos y todo tipo de plantas de un verde selvático. Una proeza de la naturaleza en macetas de material pintadas de rojo, cuidadas del sol por la paciente dueña de casa y por un toldo rayado de lona de colores indefinibles por el paso del tiempo.A la derecha, la casa chorizo presentaba una ristra de piezas ciegas que en otrora estarían llenas de hijos, y que estaban pobladas de fósiles y hallazgos arqueológicos en un improvisado museo errante, olvidado y huérfano.Ese costado de la galería tapizada de mosaicos calcáreos de intrincados firuletes, estaba empapelado color verde agua. De vez en cuando aparecían en él rombos blancos y adornitos como una negrita de hierro sosteniendo dos mínimos cuencos rojos o la foto de Santa Teresita.Más adelante estaba el baño enorme y blanco y frente a él otro cubículo con vidrios de colores que debió ser una biblioteca ordenada y sobria. Allí, sin embargo, había libros apilados de forma irregular y un mueble lleno de pequeños cajones. Esos cientos de cajoncitos sorpresa guardaban un tesoro. Parcelada caja de Pandora de mil piezas arqueológicas clasificadas detalladamente: tabas de guazunchos, lascas, piedras de boleadora... Era de lo más divertido atinarle al contenido de esos cajones que siempre sobrepasaba la imaginación.Uno giraba hacia el comedor y aparecía él, imponente y utópico. Un enorme mapa de Entre Ríos pinchado con alfileres rojos y azules. En él don Manuel inventariaba los sitios hallados, excavados y aquellos todavía pendientes en la tarea. Ese antecesor del GPS era su proyecto de vida y la razón de sus desvelos. Un recordatorio de lo que aún faltaba hacer para no bajar los brazos jamás... La tarea era inacabable y él tenía solo una vida para realizarla.El sur de ese mapa estaba peinado por su voluntad incorruptible. Esos lunares coloridos representaban más de cuarenta años de dedicación ad honorem.Al entrar al comedor había una mesa grande y más bien cuadrada, un maravilloso reloj de péndulo, una vitrina que exhibía la mejor losa de la casa, una escultura hecha por Jorge (el hijo sacerdote) en uno de esos troncos que arrastra el agua hacia la orilla, el televisor, la puerta que daba a la cocina y el rincón donde don Manuel decidió terminar sus días.En ese espacio armó su último campamento, mirando por la ventana la sombrilla rosada del lapacho que techaba el segundo patio de la casa. En ese patio había un galponcito que en vez de conservar herramientas y trastos viejos, atesoraba los restos humanos de sus adorados abuelos indios.Don Manuel se ubicó en el comedor, cerca de la salamandra y allí mismo, sobre un sillón, durmió y vivió lo mejor que la falta de circulación y su terrible carácter acentuado con los años le permitió.Sobre su cabeza había pocas cosas. La más significativa: una foto de Jorge estrechando la mano de un afectuosísimo Juan Pablo II.En la "covacha" de Manuel había troncos, sus libretas en donde anotaba los datos de cada una de las miles y miles de piezas encontradas, herramientas, los lentes, libros, diarios, todo lo necesario...Sobre el apoyabrazos de su sillón hizo y pintó, hasta último momento, bandejas para su frustrado y tan merecido museo.Se ilusionaba pensando en ese espacio donde su incansable labor por fin encontrara asilo. Y mientras él trabajaba sentado en ese sillón -cárcel de ese "trotamundos" o "trotamontes"- con sus ojos marrón-celestes llenos de expectativas, las tripas de los que lo veíamos se retorcían de vergüenza. Me pregunto si fue necesario que Manuel muriera sin que su mayor anhelo fuera cumplido...Usado y olvidado igual que aquellos a los que amó toda su vida...En 1992 creyó que por fin el museo era una realidad. Pero la cachetada de las políticas oscuras hizo que la casa que fuera donada por la Provincia de Entre Ríos exclusivamente para ser hogar de la colección Almeida, se convirtiera en la Casa de la Cultura, actividad que aloja hasta hoy.Idas y venidas... Olvidadas en la casa del marmolero quedaron las buenas intenciones, el honor y la placa que rezaba justamente "Museo Arqueológico".Hoy tenemos un nuevo desafío aquellos que quisimos al abuelo Manuel: de una vez por todas entregar a la comunidad de Gualeguaychú el museo que ella y su olvidado héroe se merecen. Centro, el herederoDesde hace muchísimos años el Centro de Estudios Arqueológicos Manuel Almeida se desvela porque:la colección esté protegida,que la comunidad conozca y valore la Colección Almeida,que la Colección tenga el lugar que se merece para su exposición,que las escuelas tengan una fuente de información sobre nuestros abuelos indios. Las tareas que se han realizado son variadísimas; algunas académicas, otras sencillas y prácticas, pero no por ello menos importantes e imprescindibles:pintar, acondicionar y limpiar los lugares de exposición,organizar recitales de música,promover exposiciones fotográficas y pictóricas,organizar concursos de murales con las escuelaspublicar textos alusivos para la "Semana del indio",facilitar material didáctico para las escuelas,concretar dos proyectos junto al programa Identidad Entrerriana, uno digitalizando la colección y otro, un libro sobre las culturas indígenas del sur entrerriano,reponer luminarias y demás insumos necesarios para la exposición,organizar charlas como aquella con Blas Jaime, "el último chaná",rescatar material arqueológico y paleontológico,realizar charlas con música y material arqueológico en las escuelasEl Centro se mantiene por sus socios que aportan $5 mensuales. Con ello se está concretando por fin el sueño de Don Manuel. Luego de luchar contra la burocracia, el desinterés, las promesas inconclusas... La batalla contra el desánimo ha sido larga y penosa, pero hoy los vientos soplan a favor. Entre todos concretaremos el nido que la colección Almeida se merece. Si desea sumarse a este proyecto comuníquese con los teléfonos 03446 15642392 15572923 15675484. ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
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