De cuando una sátira se termina convirtiendo en realidad
Por Jorge Barroetaveña
Especial para El Día
La influencia de Gran Cuñado es una consecuencia directa del descreimiento de la política y de la lejanía que el grueso de la sociedad experimenta para con ella. A lo largo de la historia argentina, todos los presidentes y líderes políticos fueron parodiados. Las revistas Caras y Caretas y Humor o los programas de Tato Bores hicieron historia en el humor político del país, aunque a nadie se le ocurrió calificarlas de golpistas o desestabilizadoras. Más cerca en el tiempo, en la década del ’80, Mario Sapag hacía delirar a los argentinos, con picos de 60 puntos de rating, con sus imitaciones de Menem o Alfonsín. Después aparecieron las sátiras de Guinzburg o de Nito Artaza en teatro, hasta que, a fines de los ’90 apareció la imitación de Fernando De la Rúa. Freddy Villarreal, el cómico que la encarnó, hizo una parodia tan perfecta que, en un momento, no se sabía bien cuál era el personaje de ficción y cuál el real. El colmo fue la presencia del propio De la Rúa en el piso de Videomatch, con una confusión histórica que dejó muy mal parado al ex presidente. ¿Porqué aquella imitación afectó tanto la imagen de De la Rúa? Porque estaba debilitado y el proceso que lo había llevado hasta la Casa Rosada había empezado a hacer agua por todos lados. Ni Alfonsín, ni Menem, ni el mismo Kirchner, se vieron afectados por las imitaciones, ni la parodia perjudicó su principio de autoridad. De hecho, durante todo el gobierno K, la imitación de Néstor fue un denominador común, igual que con Menem y Alfonsín.
Quizás allí radique la diferencia entre unos y otros y el temor oficial que la Cristina de Gran Cuñado, acabe por afectar la imagen presidencial. De hecho, la Cristina del show televisivo no hace demasiado hincapié en los aspectos negativos del personaje, al menos lo que se ha visto hasta ahora. Algo similar ocurre con Néstor, y lo contrario con Guillermo Moreno o Luis D’Elía.
El que hizo la posta fue Aníbal Fernández. Tímido, pidió por Radio Mitre, que ‘corrieran’ a un lado a la Presidenta, después de pedir alguna ‘regulación’ para la parodia. El Ministro en realidad, no hizo más que reconocer, el momento de debilidad por el que atraviesa la figura presidencial, afectada severamente por el ‘doble comando’. Aquel ánimo destituyente que, según el gobierno arrancó en el 2.007, se ha visto ratificado por la actitud de Néstor Kirchner. Con su alto perfil, el ex presidente, no ha hecho más que echar sombras sobre la real autoridad de su esposa, instalando en la sociedad la peligrosa sensación de quién es verdaderamente el que ejerce el poder. El jueves en el Teatro Argentino de La Plata, Kirchner llegó al paroxismo de la duda cuando dijo: “la gente nos votó hasta el 2.011 y vamos a seguir hasta esa fecha”. El detalle, pequeño pero fatal, es que el 45% de los argentinos la votó a Cristina Fernández para que fuera presidenta, no a él, salvo que la Presidencia sea desde ahora un bien ganancial.
El Néstor Kirchner del Teatro Argentino en La Plata parecía otra persona. Con una voz apenas audible, desgranó los logros de su propio gobierno y el de su esposa, aunque volvió a advertir que, si pierden la mayoría parlamentaria, el país experimentará un retroceso profundo a los oscuros días del 2.001. Cambió el tono y la forma, pero el fondo fue el mismo. Kirchner sabe que apuesta a todo o nada, aunque se cuidará bien, desde aquí hasta el 28 de junio, de seguir insinuando que podrían abandonar el poder. A duras penas pudo contener la fuga de los caciques del Conurbano, aunque no pudo asegurarse la presencia de los gobernadores en La Plata. El único que asistió fue Sergio Urribarri, que también lucha a brazo partido con un Busti que viaja desde hace rato por los límites del kirchnerismo.
El gobierno apuesta todo al segundo y tercer cordón del Gran Buenos Aires. Si allí no sacan una diferencia sustancial, será difícil remontar las pérdidas nacionales y vestir de triunfo una derrota y una pérdida de bancas en el Congreso de la Nación. Ese escenario, impensable el año pasado, es el más probable. El kirchnerismo será primera minoría y deberá sentarse a negociar con el resto de las bancadas para aprobar las leyes. Una gimnasia que el oficialismo nunca practicó desde que llegó al poder pero que las circunstancias se la podrían terminar imponiendo.
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Enredados en la agenda que Néstor Kirchner les va marcando, los dirigentes opositores han seguido su ritmo, aunque con estrategias diferentes. De Narváez, Macri y compañía buscan soplarle votos peronistas desencantados al oficialismo y los radicales tratan de presentarse como la única fuerza verdaderamente opositora. Antecedentes para marcarlo, en rigor, no les faltan. El peronismo ha dado acabadas muestras de su esencia camaleónica, buscando al electorado como último recursos para salvar sus diferencias. El colmo fue el 2.003 cuando Menem, Kirchner y Rodríguez Saá le tiraron por la cabeza a los votantes sus diferencias insalvables y dirimieron en una general quién sería presidente.
Lo cierto es que el poskirchnerismo ya alumbró e irá creciendo a la luz de los resultados del 28 de junio. Los tiempos y los contenidos, los pondrá la magnitud del resultado: una victoria estirará la agonía y una derrota la acelerará. ¿Hasta dónde? Hoy no se sabe, como no se sabe cómo será la reacción sureña de gobernar ante la adversidad, algo que no han experimentado nunca en su carrera política, ni Néstor ni Cristina.
Al cabo, los que dicen que el país del 29 de junio será diferente, terminarán teniendo razón. Los problemas seguirán siendo los mismos, en más o en menos. Lo que será distinto es la distribución del poder omnímodo del que han gozado los Kirchner en estos años. Por imperio de las circunstancias lo tendrán que compartir. ¿Estarán dispuestos
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