De Gualeguaychú a París: la falta de oportunidades pone a los jóvenes en las calles
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De las marchas en nuestra ciudad contra el desfinanciamiento de las universidades públicas a las manifestaciones en París que terminaron con represión y saqueos a grandes marcas. Similitudes y diferencias entre dos realidades que empujan a los jóvenes a reclamar por un futuro que sienten que les están arrebatando.
Hay algo que une las calles de Gualeguaychú con las de París, aunque las separen miles de kilómetros y dos realidades económicas muy distintas: la preocupación por el futuro. En nuestra ciudad, docentes, estudiantes, no docentes y graduados marcharon para defender la universidad pública frente al ajuste. En la capital francesa, miles de jóvenes salen a protestar por los recortes presupuestarios, el deterioro de las condiciones educativas y un costo de vida que no deja de presionar sobre los ingresos.
Las escenas son diferentes. También lo son las condiciones de vida, los salarios y las protecciones laborales de uno y otro país. Pero detrás de los carteles, las columnas de manifestantes y los reclamos aparece una inquietud compartida: ¿qué posibilidades tiene hoy una persona joven de estudiar, conseguir un trabajo digno y construir un proyecto de vida?
En Francia, las movilizaciones comenzaron con reclamos vinculados a la educación, la falta de docentes, las aulas superpobladas y el deterioro de la infraestructura escolar. Con el correr de las semanas, el malestar se amplió y sumó a sindicatos y otros sectores sociales, con cuestionamientos al rumbo económico, los salarios y el costo de vida. La jornada de este sábado volvió a reunir manifestantes en distintas ciudades, en un contexto de tensión y enfrentamientos con las fuerzas de seguridad.
En Gualeguaychú, la última Marcha Federal Universitaria fue parte de una movilización nacional que reclamó al Gobierno y a la Justicia la aplicación inmediata de la Ley de Financiamiento Universitario, ratificada en cinco oportunidades por el Congreso.
La protesta local fue convocada por la Asociación Gremial de Docentes Universitarios (AGDU), con participación de docentes, no docentes, estudiantes y graduados de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER) y de la Universidad Autónoma de Entre Ríos (UADER). También acompañaron Agmer, el Centro de Estudiantes de Bromatología, ATE, la CTA, la Asamblea de Adultos Mayores, la Asamblea de Salud Mental y la Asociación Civil TGD Padres TEA, entre otras organizaciones.
La diversidad de sectores que se sumaron dejó una señal: la discusión sobre el financiamiento universitario excede a quienes transitan las aulas. Involucra a las familias, a quienes necesitan formarse para conseguir empleo y a una sociedad que encuentra en la educación pública una de las principales herramientas para ampliar sus oportunidades.
El documento leído durante la movilización resumió esa mirada: “Las universidades públicas y sus comunidades, junto con el sistema público de investigación, desarrollo e innovación, somos el fruto de una larga lucha en nuestro país por contar con un sistema estatal de educación y de producción de conocimientos que garantiza educación superior de calidad para todos y todas”.
En Francia, el reclamo por la educación también funciona como puerta de entrada a una discusión más amplia. Las protestas reflejan el temor a que las políticas de ajuste terminen deteriorando servicios públicos y limitando las oportunidades de las nuevas generaciones. En ambos países, los jóvenes se encuentran frente a una paradoja: se les pide prepararse, capacitarse y esforzarse para construir un futuro, mientras las condiciones materiales para hacerlo se vuelven más difíciles.
De Gualeguaychú a París: una vida construida entre trabajos
La comparación adquiere otra dimensión a través de la historia de una joven de Gualeguaychú que vive y trabaja en París.
Layla se fue de la ciudad en 2014 para estudiar Artes Plásticas en La Plata. Recuerda aquella etapa como un tiempo en el que existían ayudas económicas que le permitían sostenerse, al menos en parte, mientras cursaba.
“En ese momento había mucha ayuda económica a los estudiantes. Uno de los tantos lugares donde viví fue en una pensión para mujeres que pagaba muy poquito, casi gratis. También había un acuerdo de la universidad con el comedor, que no sé si sigue existiendo, que comíamos por cinco pesos por día”, recordó.
Sin embargo, las ayudas no alcanzaron para resolver todos los obstáculos. La carrera era costosa y tuvo que salir a trabajar para mantenerse. Se formó como bartender, hizo asesorías y terminó abriendo dos restaurantes junto a su pareja. Su último trabajo antes de dejar el país fue la elaboración de viandas, un emprendimiento que le funcionó bien.
Después llegaron tres años en México, donde continuó trabajando en gastronomía y pasó también por una marca de ropa, a cargo de la logística. La pandemia interrumpió esa etapa y la llevó de regreso a la Argentina, esta vez sola.
En Buenos Aires volvió a la gastronomía, trabajó en restaurantes y adquirió experiencia en el servicio de sala y la alta cocina. También fue encargada de un local. Hasta que en 2023 apareció una oportunidad inesperada: una persona de Francia se comunicó con ella para pedirle referencias laborales.
“Le pregunté si le podía mandar mi currículum. A los tres días me llamó el chef argentino al que le había enviado mi CV, y me dijo que tenía un restaurante de carnes en París, que me hacían los papeles para que pudiera trabajar y me pagaban el pasaje. Así que me fui para allá sin ahorros, sin nada”, relató Layla.
El primer empleo no resultó. Trabajó apenas tres días y tuvo que buscar otra alternativa. Finalmente consiguió otro puesto, donde continúa trabajando.
Su historia está lejos de ser la de alguien que llegó a Europa y encontró una vida sin dificultades. De hecho, se ocupa de aclarar que no gana una fortuna ni consigue ahorrar grandes sumas. La diferencia que más valora está en otro lugar: el tiempo que le queda después de trabajar y las reglas que ordenan su relación laboral.
“Acá no se gana increíble, no es que podés ahorrar un montón, no es la realidad. Vivís el día a día, pero sí tenés mucho más tiempo”, resumió la gualeguaychuense.
En Francia, la jornada laboral legal de referencia es de 35 horas semanales. Las horas adicionales tienen reglas específicas y pueden dar lugar a pagos extra o compensaciones, según el régimen aplicable. Para esta joven, esa diferencia se traduce en algo tan concreto como disponer de tiempo para hacer un curso, practicar deporte o simplemente descansar.
“Yo trabajando 35 horas por semana dispongo de tiempo libre. Son horarios que te permiten hacer un curso, hacer deporte, lo que yo llamo calidad de vida, que en Argentina no lo pude tener”, comparó, y recordó que “trabajando como encargada en un local de Palermo terminaba agotada, eran muchas horas y con ese sueldo no me podía pagar ni el gimnasio. En ese sentido hay demasiada diferencia”.
No se trata de afirmar que Francia esté libre de precariedad, de bajos ingresos o de trabajadores que apenas llegan a fin de mes. La propia entrevistada señaló que allí también hay personas viviendo en la calle y que sostenerse económicamente puede resultar difícil. La diferencia, en su caso, está en la existencia de reglas laborales que le permiten organizar su vida con un margen mayor.
También destacó el régimen de vacaciones: “Por cada mes trabajado sumás dos días y medio de vacaciones, me parece magnífico”. Ese sistema equivale, en términos generales, a cinco semanas de vacaciones anuales para quienes trabajan durante un año completo bajo el régimen correspondiente.
El descanso, entonces, deja de ser un privilegio ocasional para convertirse en parte de la organización del trabajo.
La joven también señaló otra diferencia: la protección ante un despido. En Francia, el contrato por tiempo indeterminado, conocido como CDI, establece un marco formal para la relación laboral. La desvinculación debe ajustarse a determinadas causas y procedimientos, y puede dar derecho a una indemnización y a prestaciones por desempleo si se cumplen los requisitos.
“No existe estar en blanco o en negro, es con CDI, es un contrato por tiempo indeterminado que no te pueden echar porque sí como en Argentina. En el caso que te echen tenés derecho a una indemnización legal por despido y a prestaciones por desempleo, que te permiten buscar otro trabajo de forma más tranquila”, relató Layla, y concluyó: “Me parece una buena manera de cuidar el empleo”.
Las protestas, el ajuste y la bronca en las calles
El relato de Layla, si bien no deja de ser una experiencia personal, pone de manifiesto que las condiciones económicas de Francia son más amenas que las de Argentina. Sin embargo, las protestas son mucho más intensas que en nuestro país.
El reclamo por la educación se mezcló con el rechazo a las propuestas de ajuste presupuestario, el deterioro del poder adquisitivo y las dificultades para afrontar gastos básicos.
Las imágenes que circularon en los últimos días mostraron marchas multitudinarias, despliegues policiales, gases lacrimógenos y episodios de violencia. También hubo saqueos y daños a comercios, especialmente a grandes marcas. Son escenas que no representan necesariamente a todos los manifestantes, pero que revelan hasta qué punto una protesta puede desbordar su reclamo original cuando se cruza con un malestar social más profundo.
La joven de Gualeguaychú que vive en París observó ese contraste de cerca. Según contó, las manifestaciones están vinculadas con los recortes y las condiciones de las universidades. Sobre los saqueos, marcó que vio imágenes que circularon en redes sociales de personas que se llevaban alimentos y luego los entregaban a quienes viven en la calle.
Lo que más le impacta es la distancia entre quienes tienen mucho dinero y quienes apenas logran sostenerse. “Llama la atención el choque económico, porque ves gente que gana millones, que compra carteras que valen dos meses de mi salario”, ejemplificó.
La imagen resume una contradicción que atraviesa a distintas sociedades: mientras una parte de la población puede consumir bienes de lujo cuyo precio equivale a meses de trabajo de otra persona, hay quienes no tienen garantizado el acceso a una vivienda (ni siquiera a un alquiler) o a una alimentación adecuada.
En Francia, donde las condiciones laborales y la red de protección social ofrecen herramientas que en Argentina resultan más limitadas, miles de personas también salen a la calle para defender lo que consideran derechos básicos. La protesta no implica que sus problemas sean idénticos a los argentinos, sino que incluso en sociedades con mayores niveles de protección existen límites que la población no está dispuesta a aceptar.
No es necesario equiparar ambas escenas para reconocer que comparten una misma preocupación: la defensa de las condiciones que permiten estudiar, trabajar y vivir con dignidad.

