De Sócrates a Maquiavelo
Por María Elena C. Unamunzaga
Colaboración
En la antigua Grecia, en Atenas, madre de la democracia, Sócrates dialoga con Critón, su discípulo, que intenta salvarlo porque ha sido condenado a muerte por las Leyes de la ciudad, siendo inocente. Sus amigos han preparado la huída del maestro para librarlo de una muerte injusta. Sócrates se niega y dice: ...“en ninguna ocasión el obrar injustamente, el devolver injusticia por injusticia y el defenderse del daño que uno recibe, motivando a su vez un perjuicio, son modos rectos de obrar”. Por tanto “si nosotros escapamos de aquí sin haber convencido previamente a la ciudad, las leyes dirían: ¿verdad que con lo que te propones llevar a cabo intentas destruirnos a nosotras, las leyes y a la ciudad entera o tal vez te parece que no se venga abajo aquella ciudad en la cual no tienen fuerza alguna las sentencias pronunciadas, sino que pierden su autoridad y son aniquiladas por obra de los particulares?”.
Sócrates acata la sentencia y muere. En él las leyes representan al Estado, en quién se preanuncia su rol al servicio del bien común.
Veinte siglos después, en Florencia, en pleno Renacimiento, Maquiavelo -considerado el creador de la ciencia política- en su obra “El príncipe” (1513), hace recomendaciones a los gobernantes. Retomo sólo algunas:
En el capítulo XV dice: “Pero (el príncipe) no teme incurrir en la infamia aneja a ciertos vicios, si no le es dable sin ellos conservar su Estado, ya que, si pesa bien todo, hay cosas que parecen virtudes, como la benignidad y la clemencia y, si las observa, crearán su ruina, mientras que otras que parecen vicios, si las practica, acrecerán su seguridad y su bienestar”.
En el capítulo VII: “Vale más ser temido que amado porque el afecto no se retiene por el mero vínculo de la gratitud, pero el miedo al castigo no abandona nunca a los hombres...Vale más ser temido que amado”.
Capítulo VIII: “Cuando un príncipe advierte que su fidelidad a las promesas redunda en su perjuicio, no debe guardarla. Pero ha de ser hábil en disimular y en fingir… Debe cuidar mucho de ser circunspecto y estar dispuesto a tomar el giro que los vientos y las variedades de la fortuna exijan de él. Que le crean enteramente lleno de buena fe, entrega, humanidad, caridad y religión”.
Capítulo XXII: “Debe alejarse de los aduladores pero debe oír sus opiniones, deliberar después por sí mismo y obrar, por último, como lo tenga por conveniente”.
Quizás Maquiavelo sólo quiso volcar la rica experiencia adquirida después de desempeñar durante 14 años la Secretaría de la República de Florencia. Recordemos que la península itálica estaba entonces ocupada por distintos principados y ducados en permanente conflicto. Quizás el patriotismo lo llevó a escribir esas recomendaciones para evitar “males mayores”.
No es el caso de Sócrates, que defendió el orden institucional hasta el sacrificio de su propia vida. La democracia ateniense no sólo irradió el esplendor de su cultura por toda la Hélade sino que fue uno de los pilares de nuestra civilización occidental.
Por su parte “El Príncipe” ha sido el libro de cabecera de cuanto gobernante ha habido. Pero subyace, en el fondo, el problema crucial: ¿puede la política divorciarse de la ética? ¿Puede el gobernante fundarse en la conveniencia para mantenerse en el poder?.
En las ideas de Maquiavelo está presente la concepción utilitarista, semilla de todos los despotismos que asolaron a Occidente desde entonces.
Sin duda, Maquiavelo está más cerca de nosotros que del pensamiento socrático. Tan cerca, que responde al “todo vale” de nuestra posmodernidad. Pero, ¿a dónde conduce este “hacé la tuya”? ¿Hacia dónde avanza nuestra civilización?
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