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Del otro lado de la pared: "No me sueltes la mano, no me dejes, no me abandones"

El 18 de julio de 1994, un terrible atentado golpeó por segunda vez a nuestro país. A dos años de la explosión en la Embajada de Israel, un nuevo dolor surgía desde los escombros de la AMIA. Fernando Souto y César Gómez, contaron a ElDía cómo fue trabajar en el rescate de las víctimas. El terror, la injusticia, y las secuelas emocionales que no se borran nunca.

Por Mónica Farabello

Fueron 85 las víctimas fatales y más de 300 los heridos en un atentado terrorista que dejó a todo el país en vilo. Argentina apenas se recuperaba del terrible golpe que había significado la voladura de la Embajada de Israel, cuando un nuevo dolor impactaba en la comunidad judía y en todo el pueblo argentino.

La mañana del 18 de julio de 1994, la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) sufrió un atroz atentado terrorista. Su edificio ubicado en la calle Pasteur 633, en el barrio de Once de la Ciudad de Buenos Aires, fue literalmente destruido tras la explosión de una bomba. El atentado ocurrió a las 9.53 horas. A 27 años, los familiares de las víctimas y todo el pueblo argentino, siguen reclamando justicia.

Este feroz ataque, dejó infinidad de heridas e historias que merecen ser contadas una y otra vez, para que la Memoria se selle como un acto colectivo.

Fernando Souto tiene 50 años y es actualmente Comandante General y Jefe de las Estaciones y destacamentos del cuerpo de Bomberos de la Ciudad de Buenos Aires. En 1994 tenía apenas 23 años y su jerarquía era la primera de oficial. Era muy joven pero con una fuerte instrucción en rescates; tal es así que instruía a otros bomberos que recién iniciaban su camino.

“Yo había hecho la especialidad en rescate, que es una especialidad específica para espacios reducidos o estructuras colapsadas; también me había especializado en rescate en altura y buceo”, contó Souto a ElDía.

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https://youtu.be/IRF478yG9bo

Por tener esa especialidad participaba siempre de los rescates con el Grupo de Saavedra y Caballito que son los dos de la Ciudad de Buenos Aires.

Ese 18 de julio de 1994, Souto estaba dándole instrucción a los Bomberitos recién recibidos. “Yo también era muy joven pero ya tenía un poco más de experiencia… cuando se sintió la explosión, no sabía qué era. Rápidamente empezamos a escuchar por la radio de Bomberos el alerta y estábamos atentos a lo que comunicaran los primeros que llegaran. Lamentablemente, ya sabíamos qué hacer porque teníamos como experiencia el atentado a la Embajada de Israel, dos años antes”, relató el experimentado rescatista.

Recordó que las primeras comunicaciones ya notaron que era un atentado terrorista. Pidieron todo tipo de refuerzos y todos los cuarteles comenzaron a avisarle a todo su personal para que se vayan haciendo presentes en las dependencias; o para que estén disponibles y ubicables en el caso de necesitar refuerzos.

Poner el cuerpo, de verdad

“Yo no estaba en una dependencia, sino en el Instituto de formación, por lo que, estábamos atentos, pero no nos llamaron en primera instancia para salir de emergencia. Casi al medio día recibimos una comunicación consultándonos cuánto personal teníamos y con cuántos podíamos conformar una dotación o una cantidad de personas para posibles relevos. Media hora después, me desplacé con mi Jefe que era el Principal Guernica y seis bomberos más”, contó Fernando Souto a ElDía.

Fueron a la sede de la AMIA al mediodía a trabajar con los Bomberos que estaban ahí. Al llegar, cerca de las 13 horas, observaron un panorama dantezco. “Era como ver a Beirut bombardeada: todo lleno de escombros que salían de las líneas y llegaban hasta la calle y hasta otras edificaciones. Era una montaña de escombros y detrás, un edificio derruido: en la vereda de enfrenta, también, todos los edificios con los frentes destruidos”.

“Llegar nos costó muchísimo. Hasta ese momento no había una correcta sectorización. Estaban todas las calles cortadas y mucha gente circulando en las calles. Todos seguíamos al Principal Guernica, pero en un momento nos separamos. A los bomberos que todavía no tenían formación, los dejé en la puerta y les pedí que me esperen ahí hasta organizarnos”. Estos son los primeros recuerdos que vienen a la mente de Souto, hoy con 50 años de edad y 32 de servicio.

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Ya en el lugar, el rescatista comenzó a subir la montaña de escombros buscando a su jefe y cuando regresa, cuesta abajo, se encuentra con la sala de cine y teatro de la AMIA. Todas las butacas estaban aplastadas contra el escenario formando un hongo.

Esa imagen denotaba cómo había actuado la onda expansiva de la explosión. Al fondo, pudo divisar a un compañero suyo que estaba trabajando solo y necesitaba ayuda.

“Él estaba tirando mangueras con mucha premura y fui a ponerme a sus órdenes. Le pregunté qué necesita y ni bien me ve, me dice: ‘Gallego, vení, ayúdame. Necesitamos sacar agua del sótano’. La idea era colocar unas electrobombas para sacar agua del sótano lo más rápido posible. Bajamos por la escalera y en el sótano vemos que había agua hasta un metro y medio de altura. Ahí me dice mi compañero: ‘Ahí hay gente que se está ahogando’”.

En medio de la desesperación de las víctimas, Souto y los demás rescatistas llegaron hasta una pared rota. Del otro lado, todo estaba lleno de escombros.

Todo lo que se había caído del edificio estaba del otro lado de esa pared. “Trepé por esos agujeros y ví que del otro lado, había muchos bomberos de la Unidad de Rescate que le estaban hablando a una pared y detrás, había varias víctimas que se estaban ahogando porque había caído el tanque cisterna del sótano”, recordó.

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“Una horas después, empezamos a escuchar que la gente nos hablaba con el agua en la boca; no se podían mover y el agua los estaba tapando. Seguíamos trabajando para hacer el desagote y en ese momento me entero que al compañero que estaba en esa tarea había recibido una descarga eléctrica muy, muy fuerte y que lo habían sacado muy mal… Nosotros seguimos trabajando y en un momento veo a mi jefe que me llama; voy para ahí, bajo unas escaleras y encuentro que puedo acceder al lugar donde estaban las víctimas del subsuelo. Pude ingresar, y ahí se produjo un relevo de personal. Ya era de tarde”.

Las voces detrás de la pares

Detrás de esa pared había tres víctimas: una que hablaba muy claro y que se notaba que estaba muy cerca de los rescatistas. Se oía como una persona joven… y lo era: Se trataba de Martín Cano, un hombre de apenas 24 años que estaba a punto de convertirse en papá.

También estaba Jacobo Chemanuel (Cacho, como lo apodaron los Bomberos) que estaba abajo y detrás de la cisterna, en un sitio realmente complejo para trabajar.

Afortunadamente no se ahogaron porque se pudo cortar el suministro de agua y por las bombas eléctricas que pusieron a tiempo para bajar el nivel.

“Era un espacio muy reducido donde había caído todos los escombros de la AMIA. La tercera víctima era un muchacho que prácticamente no hablaba, sólo gemía de dolor y se le veía parte de la espalda y la nuca”, relató Fernando Souto.

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“Mi jefe que era uno de los más antiguos de los grupos de rescate; se puso a trabajar con otro grupo para rescatar a Martín y yo estaba en otro equipo bajo las órdenes del subinspector Horacio Paas y Carlos Salinas. Comenzamos a ver cómo podíamos hacer para rescatar a Martín o a Jacobo, sin saber si el lugar era seguro para nosotros. Hicimos un apuntalamiento precario para empezar y teníamos que decidir si rompíamos esa pared y todo se nos venía encima, o si hacíamos un agujero y tratábamos de llegar por abajo”.

“Finalmente, empezamos a excavar para llegar a Martín por abajo. Comenzamos a romper. Yo era muy flaquito y me pude meter. Con la mano me encuentro con una pierna de Martín; él ya sabía que estábamos ahí. Empezamos a tener conversaciones más amenas. Le preguntamos qué hacía ahí, de dónde era, por la familia. Tenía 24 años igual que yo, y me dijo que iba a ser papá.

Jacobo, desde atrás, le daba mucha fuerza… a todos nos daba una fuerza increíble. Le agarré la mano y no me quería soltar. Estuvimos horas trabajando, piedrita por piedrita”.

Martín era lavacopas de la cafetería y sabía que los Bomberos estaban ahí para sacarlo de los escombros. El salvataje de al lado iba avanzando. El joven que apenas gemía de dolor, ya tenía casi todo el tronco afuera; “no podíamos creer cómo una persona podía estar así, con todos los hierros, pero casi liberado”.

“Con Martín íbamos avanzando: ya le veíamos el tobillo, la pierna y la rodilla. Seguimos trabajando con el martillo neumático y en un momento vemos cómo se llenó todo el ambiente de polvo. Pensé que le habíamos pegado a una piedra con el martillo y por eso era el polvo.

Minutos después, nuestro Jefe gritaba: “Todo el mundo afuera, todo el mundo afuera. Se está por derrumbar”.

“No me abandones”

El segundo derrumbe se dio en pleno rescate y con todas las cámaras de televisión en el lugar. Fue sin dudas uno de los momentos de mayor tensión y angustia.

Souto contó que ese instante fue de pura sorpresa: “Empezamos a evacuar pero sabiendo que dejábamos a las víctimas que estaban escuchando todo esto. Era como volver a repetir todo. Ellos nos veían cómo nos íbamos, menos Jacobo…

Apagamos todos los equipos y les dejamos una linterna. Estaba todo a oscuras y se veía la linterna. Lo escuchaba a Martín que nos gritaba que no nos vayamos, que no lo abandonemos; que hagamos cualquier cosa pero que no lo dejemos ahí.

Fue en ese momento cuando Horacio se saca el reloj y se lo da a Martín. Le dice: “Este es el reloj de mi viejo y lo voy a volver a buscar”.

Cuando salimos y llegamos a la vereda, nos enteramos que se había producido el segundo derrumbe, que lastimó a dos bomberos. No nos querían dejar entrar más, pero algunos volvieron a meterse de nuevo. Horacio Paas convenció a otros jefes para ingresar…a los minutos volvimos”.

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Después de horas y horas de trabajo y entrega, los Bomeros rescatistas lograron sacar a la primera víctima; había que subirla en camilla por los escombros; primero cuesta arriba y luego bajarla.

“Cuando las personas vieron que era una víctima viva, empezaron los aplausos. Entregamos esa persona a los médicos y volvimos a trabajar con Martín. Unas horas más, y pudimos liberarlo; lamentamos que se le quebró una pierna pero pudimos hacer el segundo salvamento de ese día, con una alegría inmensa y mucha satisfacción.

Por último teníamos que hacer el salvataje de Jacobo Chemanuel, que le decíamos “Cacho”, porque su apellido era muy difícil. Empezamos con una charla de amistad… él estaba varios metros hacia atrás, y detrás de la cisterna con muchísimo escombro encima.

Finalmente entramos por la cisterna…ya era de noche. Estuvimos 12 o 14 horas. A las 5 de la mañana nos relevaron y otro grupo continuó con el rescate. Recién pudieron sacarlo al otro día en horas de la mañana, y lamentablemente falleció 30 horas después en el Hospital de Clínicas”, lamentó Souto, que a 27 años de aquella tragedia, aún relata el horror, como si hubiera sido ayer.

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