Democracia y economía son dos caras de la misma moneda
Ha habido signos de mejora. Este 2.010 que despedimos hace pocas horas con bombos y platillos dejó, como todos los años, una mezcla de sabores. De los dulces y los agrios, o de los que simplemente no saben a nada. Pero nos reafirmó que seguimos vivos y llenos de expectativas. El 2.010 llegó con malos presagios. La crisis internacional había tocado de refilón a la Argentina pero el gobierno nacional tenía el desafío de superar la derrota electoral del 2.009. Encima debía enfrentar un Parlamento en el que la mayoría se había convertido en una utopía y motivado también por el desembarco de unos cuantos opositores de peso. Pero el kirchnerismo, ese que supo crear Néstor Kirchner a igualdad y semejanza, nunca se da por vencido. Fiel a su estilo, y hasta sus últimos días, el sureño se encargó de redoblar la apuesta y huir hacia adelante. Forjado políticamente en la fría Patagonia, y acostumbrado a construir poder desde la adversidad, le imprimió a sus años en el poder un sello característico. Podrá gustar o no su estilo confrontativo, o su manera casi insolente de manejar la chequera para disciplinar a los díscolos y ganar voluntades, pero lo hacía con eficiencia particular y paciencia de orfebre.El principal escollo, el Parlamento, terminó siendo un nido de cacatúas que sólo se dedicaron a hacer ruido. La incapacidad manifiesta de los principales dirigentes opositores de hacer valer las nuevas mayorías, dejó al descubierto la falta de proyectos serios en muchos de ellos y las deudas pendientes que aún tienen con la alternancia. El 28 de junio de 2.009 la sociedad votó con sabiduría. No le dio todo el poder a ninguno sino que lo distribuyó en dosis homeopáticas. Lamentablemente, pocos estuvieron a la altura de las circunstancias. Es cierto también que el legislativo tiene sus tiempos, muchas veces alejados de las urgencias de la calle, pero tampoco es para tanto. Ninguno de los proyectos pesados que se esperaban fueran tratados pudo lograr el consenso suficiente, sin contar con la Espada de Damocles del veto que pesaba sobre la cabeza de cualquier iniciativa.Kirchner, casi sin ir al Parlamento, manejó a control remoto desde Olivos la agenda e impuso su criterio cuando quiso. El Congreso fue, entonces, en este 2010, la expresión más acabada de la nada. Y lo peor es que no pudo cumplir con el cometido que la sociedad le había encargado: ponerle límites al poder kirchnerista.Si algo ha tenido el peronismo en sus más variadas expresiones (y mire que las ha habido a lo largo de la historia) es que tiene ese timming especial para percibir cuándo el poder amaga con escurrírsele entre las manos. Tiene un olfato particular para detectar hasta dónde puede tirar la cuerda sin que esta se corte. Y el último año ha sido un ejercicio acabado de ello. Haciendo equilibrio y con el hecho impensado de la muerte de su principal líder y creador, el kirchnerismo superó en el 2010 todos los obstáculos que se le pusieron enfrente. Y el destino quiso que, la muerte de su conductor, dejara a la Presidenta en inmejorables condiciones para ir por su reelección.Es cierto que la desgracia suele provocar un efecto placebo y que, muchos de los problemas y las demandas que se multiplicaron durante el 2.010, no fueron atendidas. La inseguridad y la inflación son dos cuestiones pendientes que la administración nacional arrastra como un karma y no se atreve a enfrentar. Los modos de ejercer el poder se han mantenido inalterables, aunque la Presidenta se encargó de enviar algunas señales en las últimas semanas. Las estrellas de Julio De Vido y Aníbal Fernández ya no brillan como otrora y Nilda Garré hace y deshace a gusto y placer en lo más alto del poder. Entre los gobernadores hay un estado deliberativo. Cristina no es Néstor y aunque esto se trate de una obviedad, todavía muchos lucen desorientados a la hora de encarar las demandas políticas y económicas.Si la intención de la Presidenta es recostarse en el poder de los gobernadores, no sería raro que alguno de ellos la acompañe en la fórmula en octubre, como una forma de garantizar la unidad del peronismo y alejarlo de cualquier turbulencia. Moyano ya sabe en carne propia lo que significa la ausencia de Néstor Kirchner. Deberá reacomodarse a la nueva situación y pegarse codo a codo con los mandatarios provinciales, que siempre lo han mirado de reojo. Pero esta ensalada, a la que todavía le faltan ingredientes, debería estar lista para mediados de este año. Si Cristina logra encolumnar a toda la tropa detrás suyo, deberá después enfrentar a los candidatos opositores que se le planten. Es cierto que hoy lleva todas las de ganar pero los procesos políticos en la Argentina suelen ser tan cortos como desgastantes. La historia además le juega en contra: nunca durante un proceso democrático, un gobierno que perdió la elección de mitad de mandato pudo ganar la siguiente. Claro, pocos hubieran apostado a que el kirchnerismo se recuperaría políticamente después de la derrota del 2009. Sin embargo hoy, está vivito y coleando.La agenda de demandas luce impertérrita para todos los que aspiren a llegar a la Casa Rosada o los que quieran permanecer en ella. Esta Argentina no es la del 2001, ni siquiera la del 2003 pero está lejos aún de alcanzar un desarrollo sostenido que distribuya la riqueza de manera más equitativa y equilibrada. La Argentina ha crecido pero aún no se ha desarrollado. Las formas también hacen a los contenidos y nuestra calidad de democracia, en muchos aspectos, ha retrocedido. Y las dos cosas van de la mano. No es posible resignar ninguna de las dos porque se complementan, no se superponen. Ahí está el desafío. Jorge Barroetaveña ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
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