Desventuras de la lógica consumista
"En economía se puede hacer cualquier cosa, menos evitar las consecuencias", dijo sabiamente del célebre economista John Maynard Keynes.Y el axioma se aplica a aquellos que, queriendo consumir por encima de sus posibilidades, se endeudaron más de la cuenta, y ahora no pueden hacer frente a sus compromisos.También le cabe a aquellos comerciantes que, cebados por la venta fácil y rápida, accedieron a otorgar crédito a consumidores insolventes o que no podían responder patrimonialmente por él."La quiebra del consumidor". Así llama el contador Luis Alberto Dalcol, en un interesante artículo aparecido el domingo pasado en este diario, a la comparencia ante los tribunales locales de los insolventes.Apurados por los acreedores, la estrategia de los deudores, que son en su mayoría asalariados y jubilados, consiste en declarar su propia quiebra, como hace cualquier empresa en situaciones de crisis.Como es lógico de suponer, tratándose de personas que dependen de un ingreso fijo, y no ejercen ninguna actividad económica autónoma, en la mayoría de los casos a los deudores no se les detecta la existencia de un patrimonio, con el cual eventualmente pudieran responder por su deuda."Los jueces -al final del proceso- se sienten impotentes e incómodos al no poder ni siquiera remunerar las actuaciones profesionales", refiere Dalcol.Aquel comerciante que otorgó crédito contra sólo el recibo de haberes, y que ya no podrá cobrarse, deberá aceptar las consecuencias de una operación que él mismo avaló.Más allá del debate jurídico, conviene apuntar el hecho de que la "quiebra del consumidor" sería el resultado más reciente de una estrategia económica nacional que, inflación mediante, viene bombeando el consumo.Se está hablando de créditos financieros y comerciales a los consumidores, que posiblemente nunca sean pagados. El aumento de la tasa de consumo de la población, va parejo con un fuerte endeudamiento de los consumidores.Por lo visto, esta realidad viene cargada de enorme fantasía. Pero, como dice Keynes, en economía se puede todo, menos evitar las consecuencias. Cuando la democracia no se sustenta en la éticaEn las recientes elecciones primarias que con orgullo y buen ánimo lanzaron los sectores del Peronismo Federal, hubo algunas denuncias en Entre Ríos sobre formas y metodologías de conseguir el voto de los electores que distan mucho de las enunciados y principios que le dieron valor y credibilidad a esta forma de participación popular, que ya en el siglo XVIII los franceses pusieron en práctica, no sin tener un enorme costo de vidas humanas.Pero los hechos recientes, bien merecen una mención y un intento de análisis.Las elecciones se decidieron en un marco de "diferencias" para establecer las candidaturas, aunque luego terminaron convenciendo a los líderes que se trataba de un intento poco sustentable en términos económicos y también políticos.Pero cuando lanzaron la idea y comenzaron a dirimir en los territorios, al menos en nuestra provincia y, sobre todo en Gualeguaychú, se habrían utilizado formas de inducir al voto de los electores que marcarían un quiebre histórico y darían por tierra con los paradigmas: el voto empieza a tener valor y pareciera que en la escena de la democracia esto se perfila como una práctica "natural".Alentar la presencia de votantes mediante algún incentivo ¿son las nuevas prácticas democráticas en este siglo XXI? ¿Estamos asistiendo a una mera práctica del consumismo al que estamos sometidos?¿Cómo sería un escenario futuro como el que nos están proponiendo quienes pueden llegar a gobernar los destinos de este país? ¿Qué clase de compromiso podemos pedir si nos sometemos a este tipo de aceptación de prácticas fuera de lo común?En la ética kantiana se definió muy bien esta cuestión. En la Fundamentación de la metafísica de las costumbres habló de la dignidad y el precio:"...En el reino de los fines todo tiene un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por lo tanto, no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad.Lo que se refiere a las inclinaciones y necesidades del hombre tiene un precio comercial; lo que, sin suponer una necesidad, se conforma a cierto gusto, es decir, a una satisfacción producida por el simple juego, sin fin alguno de nuestras facultades, tiene un precio de afecto; pero aquello que constituye la condición para que algo sea fin en sí mismo, eso no tiene meramente valor relativo o precio, sino un valor interno, esto es, dignidad".Significa que en una Ética como la de Kant debiera permitirnos responder preguntas como "¿está bien lo que hago"? o "¿qué debo hacer"?, preguntas que deben ser respondidas en cada caso por cada uno de nosotros...o por los otros, que no dejarán de juzgarnos.Esta idea de justicia (obrar por deber) valdrá tanto para la acción de cada uno como para la acción del Estado. Sociedad justa será entonces la que tenga un Estado justo, y Estado justo será el que en un marco jurídico (la Constitución, por ejemplo) imponga a los ciudadanos obrar por deber.
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