Donde mueren las palabras
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Hoy debemos elegir. Hacerlo con libertad y responsabilidad es nuestra aspiración y nuestro compromiso ciudadano. A pesar de sus imperfecciones, sigue siendo la democracia el mejor sistema conocido para la adopción de decisiones políticas. Mario Alarcón Muñiz Llegó el momento. Hay que elegir. A 32 años de haber recuperado la democracia (el aniversario se cumplirá el próximo viernes) hoy volvemos a confiarle a la urna esperanzas, reclamos, adhesiones, desencantos. En una caja encerramos la opinión. Allí quedará guardada hasta la noche o la madrugada, cuando el torrente de opiniones diversas se traduzca en resultados. A partir de ese momento alumbrará un nuevo camino: el que trazarán quienes sean designados por el pueblo.La democracia nos garantiza el derecho de elegir, pero simultáneamente nos impone el deber de intervenir formalizando nuestra opinión. Se trata de asuntos que a todos nos atañen. Nadie puede sentirse excluido. En más, en menos, derecho o de costado, es la vida común la que está en juego. Este es el momento de actuar, haciéndolo con plena libertad, en paz, dentro del marco de la ley, definiendo el futuro que cada uno de nosotros piensa y sueña.Bien lo decía Claudio Martínez Paiva en aquel memorable "Testamento gaucho", dirigiéndose al hijo recién inscripto como ciudadano: "Cuando le toque votar tenga presente / que en ese papelito que usted deja / deja lo más sagra'o que tiene un hombre, / porque ái deja usted su honor, su libertad y su conciencia."Y así es. Ni más ni menos. LOS PROCESOS TURBIOS Cabe admitir que la democracia, pese a tratarse del mejor sistema conocido, presenta imperfecciones. También depende de nosotros y principalmente de los protagonistas directos -autoridades, candidatos y dirigentes- la misión de perfeccionar el sistema, a partir de asegurar su transparencia.Primero las triquiñuelas, más tarde y con mayor gravedad el fraude, enturbian los procesos políticos. Algunas experiencias han dañado la credibilidad en el sistema poniéndolo en riesgo, pues la pérdida de confianza deriva en debilidad y de ahí a la caída hay un paso.Corresponde a la dirigencia política argentina admitir que en 32 años de democracia nada ha progresado en este sentido. No se trata de una metáfora. Nada es nada. Peor aún, en cierto sentido hemos retrocedido.Ni siquiera se ha avanzado en lo elemental, que es el cómputo del comicio. A juzgar por el quietismo que presenta este aspecto de nuestro régimen electoral, el asunto no le interesa a nadie. De otra manera no se explica que en más de tres décadas nada se haya adelantado. Y lo que es peor, más de tres décadas en pleno proceso de constante y sorprendente evolución de la tecnología y en particular de la informática.Aquí seguimos anotando los escrutinios con lápiz (de paso, si no convienen, es más fácil borrarlos) y mediante telegramas como en 1870. EL INSTRUMENTO DEL VOTO En consecuencia, aparecen las trampas al alcance de la mano. Tucumán fue una experiencia reciente, no resuelta ni siquiera al amparo de la legislación vigente que dista de ser la mejor. Todo quedó como estaba y a otra cosa. Siga, siga...Preocupa asimismo la persistencia por parte de un amplio sector de la dirigencia política, en adoptar o aceptar antiquísimos métodos electorales que en una democracia moderna pueden inscribirse como un recuerdo de la prehistoria. La compra de votos por dinero, bolsones o gauchadas; la presión o el apriete desembozado y el acarreo de votantes, forman parte de esas distorsiones que tienden mantos de duda sobre los procesos democráticos, retrocediéndonos un siglo, a las épocas del voto cantado.Pese a estas dificultades, los ciudadanos tenemos hoy la oportunidad de manifestar libremente nuestra opinión. Se terminaron los discursos. Es nuestro este lugar donde mueren las palabras.
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