El Carnaval y la gente
En la presente nota se analiza la evolución de nuestro carnaval en los últimos treinta años; los pro y los contra de su profesionalización.o
Por Gustavo Rivas
Cuando en 1979 por primera vez se puso en práctica la nueva forma organizativa de nuestro carnaval – propuesta por Ike Daroca- los clubes pasaron a ser sus organizadores por concesión municipal. Tenían la obligación de presentar espectáculos propios, con una tolerancia inicial de dos años para que tuvieran el tiempo y los recursos necesarios. Eran dieciséis instituciones que asumieron el desafío de lanzarse a realizar sus comparsas u otros espectáculos. Para la titánica tarea, todas convocaban a sus asociados y los encontraban con facilidad. Pero además, dos ventajas adicionales ayudan a entender el crecimiento asombroso de nuestro carnaval, que dos años después protagonizara el gran salto. Una: en su gran mayoría, todos sabían algo de creación artística, por los veinte años anteriores de carrozas estudiantiles. La otra: nadie cobraba, ni siquiera los directores de orquesta.
Es decir que los clubes contaban por un lado, con el recurso de la entrada y por el otro, con una mano de obra muy calificada y además, gratuita. Eso les permitió hacer una base económica para realizar posteriores inversiones que posibilitaron el consecuente salto de calidad.
Casi no venían turistas a Gualeguaychú: recién se inauguraba el complejo Zárate Brazo Largo (1977) y todavía no nos habían descubierto. Pero el “boca a boca” de lo atractivo del espectáculo, suplió la carencia de recursos para una difusión masiva y el turismo comenzó tímidamente a insinuarse.
Los voluntarios siguieron trabajando con el aliciente espiritual que les daba el crecimiento de la fiesta. Y los visitantes, atraídos por los comentarios, empezaron a ser cada vez más.
Entonces empezó a percibirse una consecuencia natural, que obedece a una de las leyes básicas de la economía, como el juego de oferta y demanda en la determinación del precio: a mayor público (demanda) e igual número de espectáculos, (oferta) mayor valor de la entrada (precio).
Y como el creciente ingreso a su vez, posibilitaba más reinversión y consecuente ascenso en la calidad del espectáculo, generaba una asistencia adicional al año siguiente y así se fue dando un círculo ascendente entre calidad, concurrencia y precio, que también produjo sus efectos. Por una parte, el precio de la entrada se fue espiralizando hacia arriba, hasta que llegó a decuplicar el monto de origen. Por la otra, al ver el flujo dinerario que ingresaba por la fiesta y atento al cambio que las nuevas épocas imponían, como la profesionalización en los deportes etc, los voluntarios dejaban de serlo y empezaron a pedir su parte en el reparto. Este fenómeno económico produjo además otro doble efecto. La fiesta que antes era de todos, pasó a ser sólo de los que podían pagar la entrada. Es más: muchos de aquellos pioneros voluntarios, un día se quedaron detrás del alambrado, porque no pudieron pagar la entrada. De algún modo, una de las comparsas de 2009 formula ese razonable planteo.
Pero como contracara de ese efecto negativo, hay que poner en el otro platillo de la balanza, la circunstancia de que ahora, con el carnaval caro y profesionalizado, muchos hogares gualeguaychuenses han encontrado en esta fiesta su fuente de trabajo, temporaria o permanente.
Por otra parte, es sabido que de la masa dineraria que ingresa a Gualeguaychú cada verano, el carnaval percibe sólo una parte y la porción mayor oxigena al resto de la comunidad.
Durante un largo tiempo, la falta de visión de algunos dirigentes, les hizo creer que el mérito era exclusivamente de ellos y nada le debían al resto de la comunidad. Craso error que felizmente pertenece al pasado. Los dirigentes actuales trabajan por la mayor inserción del carnaval dentro de la comunidad, como en 2008, en que hicieron un carnaval de invierno a exclusivo beneficio del Desfile de Carrozas Estudiantiles, fiesta a la que se le debe mucho, como descubridora de vocaciones e inagotable proveedora de artistas. La entrada popular de la primera noche, más la participación que se otorga a las entidades de bien publico en su venta, se orientan en ese mismo sentido.
Y si examinamos el destino de los fondos -que en gran parte va a fines educativos- veremos otra cara del carnaval profesionalizado: Gualeguaychú es la primera ciudad de la Provincia y el país, en cuanto a la cantidad de establecimientos educativos sostenidos por Clubes, en relación a su número de habitantes. Clubes que en su mayor parte integran la organización del carnaval.
Los turistas de hoy rinden tributo a la calidad indiscutida de un carnaval prestigioso en el mundo.
Los Gualeguaychuenses también, pero sin olvidarnos de aquella heroica generación que puso las bases para que esto fuera posible.
El personaje y un premio tardío:
¡FALTAN PALMAS, AMIGOS TURISTAS!…
Si tuviéramos que ejemplificar en una persona, aquellos cientos de voluntarios que hace treinta años pusieron el hombro para fundar “el Carnaval del País”, sin duda, la figura emblemática de aquella época es la de Luis Alberto “Sopera” Bentancourt. Todavía no había llegado el turismo masivo a Gualeguaychú; sólo unos pocos. Pero él, quijotesco soñador del gran carnaval que llegaría ó después, en cada espectador veía un turista y lo invitaba a participar: “¡Faltan palmas, amigos turistas!..” así contagiaba entusiasmo a grandes y chicos. Muchos jóvenes de hoy lo ven pasar todos los días con su equipo rodante, sin saber de quién se trata. Pero todos repiten aquel estribillo pegadizo, símbolo del nuevo carnaval que nacía (ahora adaptado a “batan palmas”). Como todos, lo hacía voluntariamente; como muchos, un día no pudo pagar su entrada.
Y agregaba a su chascarrillo: “¿la platita donde está?” porque nunca aparecía para él, un premio al animador. Pero un día la justicia llegó: cuando el autor de esta nota presentó el libro “Calidades Dormidas”, se homenajeó a muchos pioneros de nuestro carnaval. Y esa noche de 1997, la ovación más grande se la llevó “Sopera”, cuando recibió de manos del Intendente – Daniel Irigoyen- y del Presidente de la Comisión del Carnaval – Carlos Bourlot- una lujosa plaqueta que junto a su nombre expresaba: “Premio al mejor animador del carnaval de todos los tiempos”.
La sala entera estalló y hasta hubo algunas lágrimas de emoción, pero faltaba el broche final: cuando se corrió el telón del Instituto Magnasco, apareció la batucada de O’ Bahía bajo la dirección de Ojito Jiménez (otro de los homenajeados). A pedido del público y superada la emoción, Sopera subió al escenario y al son de la batucada, como lo hacía veinte años atrás, entonó nuevamente su clásico estribillo carnavalero. Inolvidable.
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