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El crimen de Arrúa dejó al descubierto una vez más el mundo del consumo problemático de drogas

Vecinos temen que la violencia esté en aumento en el barrio, no sólo producto del nivel descontrolado de adicción sino también a una supuesta disputa territorial tras el desarme del bunker frente al Club Tigre. Las soluciones que ofrecen instituciones como el Hogar de Cristo y el pedido de una solución integral. Los niños, los principales blancos para sumergir en el mundo del narcotráfico.

Por Amílcar Nani

Esta semana comenzó con la triste noticia de una nueva muerte violenta en nuestra ciudad: el lunes, tras una serie de hechos que hoy en día se encuentran bajo la luz de las investigaciones, Fabricio Arrúa, de 26 años, murió producto de tres disparos. El principal sospechoso, Ronaldo Torres, de 21 años, fue detenido poco después y quedó a disposición de la Justicia, que le dictó 65 días de prisión preventiva.

Esta muerte violenta dejó, una vez más, al descubierto una problemática que no es nueva: el consumo problemático de drogas, la realidad de exclusión que viven los vecinos en los asentamientos y un temor en los barrios que deja una sensación de desprotección entre los que ven este flagelo crecer día a día.

“Ya no sabemos qué hacer, y pareciera como que todo es inevitable”, relató una vecina del barrio La Cuchilla a ElDía durante una recorrida que este medio hizo para saber si el violento hecho entre Torres y Arrúa fue un hecho aislado o parte de una escalada que podría prometer más muertes en caso de que no se haga algo urgente.

Varios vecinos se reunieron en una vivienda ubicada en los alrededores de la Comisaría Tercera, en San José y el boulevard Montana. Todos están preocupados por lo mismo: las drogas, la violencia y la sensación eterna de inseguridad.

Ningún vecino tiene por qué vivir con un bunker en su cuadra

“Ningún vecino tiene por qué vivir con un bunker en su cuadra, donde vea que a todo horario está llegando gente para comprar droga, con todo lo que eso implica”, menciona una mujer cuyo hijo mayor está preso por robo y otro está perdido en sus adicciones.

“Creemos que la muerte de Arrúa es resultado de una especie de disputa territorial. Y más específicamente desde que se desarmó el bunker de drogas del Tigre. Desde que están todos presos ahora todos quieren hacer su negocio, y mientras tanto se pelean entre todos para que el que quede último se quede con todo”, menciona otro vecino de La Cuchilla.

¿Pero qué podría tener que ver el desarme del bunker del Tigre con la muerte de Fabricio Arrúa? En junio del año pasado se realizó uno de los operativos por narcomenudeo más resonantes de la ciudad. Lo cierto es que luego de 15 años de venta ininterrumpida de drogas, fue arrestado Gustavo “Chino” Torres tras ser acusado de múltiples delitos, especialmente el narcotráfico.

Y ahora, el apellido Torres vuelve a aparecer en la palestra: Ronaldo Torres, el acusado del crimen de Arrúa, es sobrino del Chino, y son varios los vecinos que sospechan que el ahora arrestado en la Jefatura Departamental quería heredar el negocio de su familia.

“Es lo lógico: se crió toda su vida con su tío. Hacía lo que él hacía, aprendió todo el negocio. Por eso creía que podía ser el próximo jefe de la banda. Por eso tenemos miedo que esta escalada de violencia ahora vaya en aumento, ya que sin Ronaldo ahora cualquier va a querer entrar a vender en la zona norte y esto se puede transformar en una balacera”, mencionan en la reunión a la que fue invitado ElDía.

"Creemos que la muerte de Arrúa es resultado de una especie de disputa territorial. Y más específicamente desde que se desarmó el bunker de drogas del Tigre. Desde que están todos presos ahora todos quieren hacer su negocio, y mientras tanto se pelean entre todos para que el que quede último se quede con todo”

Si esta fuera la realidad, no sería diferente a la que pueda suceder en el Conurbano bonaerense, en Rosario o en Medellín, Colombia. En todos lados funciona de la misma manera: la infame lucha contra las drogas que se instauró como doctrina hace casi 60 años a nivel mundial siempre peleó más contra los adictos y los pequeños vendedores que contra el germen del narcotráfico y los jerarcas del negocio ilegal.

En otras palabras, no es algo exclusivo de Gualeguaychú que se coopte la voluntad de chicos menores a los que usan para vender drogas y cualquier otro tipo de actividad ilegal y que los que manejan el negocio pasen cada tres o cuatro horas, levantan la recaudación y luego dejen de nuevo a un menor a cargo de la venta de drogas. Esta situación, lamentablemente, se repite en infinidades de barrios en Gualeguaychú. Y también en toda la provincia. Y también en casi todo el país y muchísimos lugares del mundo.

Sin embargo, tanto desde fuentes policiales como de instituciones que trabajan con esta problemática, no pueden asegurar que haya una disputa territorial narco en esa parte de la ciudad. Más bien, muchos hablan de una desintegración de los lazos sociales, algo que se maximiza por la naturalización de los consumos problemáticos.

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“Muchos se preguntan si no serán los pibes más jóvenes del barrio la nueva generación de vendedores y distribuidores. Sabemos que Ronaldo es el sobrino del Chino Torres, pero el resto de la familia tampoco es modelo. Nunca tuvo un ejemplo a seguir o, mejor dicho, siguió los malos ejemplos”, argumentan.

Es que la lucha contra el narcotráfico a nivel local muchas veces se hace muy cuesta arriba. A modo de ejemplo: no hay cámaras de seguridad en el ingreso a los barrios o los asentamientos, y no puede ser que en un trayecto de 10 o 20 cuadras a la redonda no se pueda ver quién entró, quien salió y si tenía un cuchillo, un arma o una bazuca. Además, hay cámaras de seguridad en Gualeguaychú que ni siquiera funcionan. Está buenísimo que la Costanera esté vigilada, pero la Costanera no es el lugar más picante de la ciudad.

¿Puede alguien pensar en los niños?

Sobre calle 1 de Mayo, un grupo de tres chicos, de entre cuatro y nueve años juegan en la calle. Uno tiene una bicicleta y da vueltas por la cuadra, esquivando los autos que van y vienen.

“Queremos una ciudad donde nuestros hijos puedan pedalear con seguridad por las calles y no estar pensando que si viene uno a comprar 10 gramos de merca haya un riesgo de que se comiencen a tirotear y alguien termine con un disparo en el pecho”, menciona con bronca una mujer que es abuela de uno de los tres niños que juegan en la calle.

Afirma que la solución es contener a los más chiquitos, asegurarse que estén escolarizados, que practiquen un deporte, que vean que no todo está perdido. “Viven en la calle, y la escuela es la calle. Y el Estado, muchas veces, miran para otro lado”, reclama.

Una de las entidades que más ayuda contra la problemática de las drogas, no sólo en La Cuchilla sino también en varios barrios más, como el 338 y el Munilla, es el “Hogar de Cristo”, una institución que brinda contención a los adictos y excluidos y que lucha por su reinserción social.

“Nosotros nos abocamos en tratar de acompañar a todo aquel que lo necesite, por eso nos provoca mucho dolor lo que sucedió esta semana. Generamos un vínculo con todos los chicos que vienen al Hogar de Cristo”, explica a ElDía Francisco Sobral, incansable trabajador y referente de la institución.

“La de Arrúa no fue una muerte más y nos toca bien de cerca. Conocemos su realidad, el dolor de la familia, no sólo por la muerte sino por todo lo que venían padeciendo por culpa de sus adicciones. Por eso creemos fundamental el rol del acompañamiento. Y en ese acompañar vamos tratando de buscarle la vuelta a una inserción social. Trabajar los valores humanos, la educación y fundamentalmente los vínculos, porque los chicos tienen muy dañado los vínculos sociales, no sólo los familiares”, afirma Sobral.

Y una vez más, vuelve a salir el tema de la preocupación del crecimiento de los chicos en un entorno en el cual tienen todo en contra. “Hay un consumo a muy temprana edad: hay chicos que a los 12 años ya están consumiendo, y se crían en este contexto de consumo generalizado que viene de generación en generación. Viene de sus padres o sus abuelos. Están atravesados por el consumo problemático, no sólo de las drogas, sino también del alcohol. Es una cuestión que ya está medio naturalizada”, reconoce.

Es que antológicamente no deja de ser cierto que el ídolo del barrio es el que tiene el mejor celular, el que al poco tiempo se compra una moto linda o un buen auto, el que se levanta a la mina linda. Y el camino fácil –pero el más riesgoso– a todo eso es la droga y el tráfico y venta. Pero esto siempre pasó: saquemos el narcotráfico del medio y pensemos que en la década del ‘80 era canchero el que fumaba tabaco. Y los chicos de hoy no funcionan con una lógica diferente.

¿Pero cómo logramos que hoy en día las nuevas generaciones no sean tan tentadas por el tabaco? La respuesta es un trabajo a conciencia que se realizó durante décadas para erradicar el pucho del día a día y mostrarlo por lo que es: una maldita cosa apestosa que te va a llevar a la tumba. Y salvando las diferencias, con el consumo problemático de drogas y alcohol se debe realizar un trabajo igual de consciente. No existen las soluciones inmediatas, pero si comenzamos a trabajar en los más chiquitos y en los que están por venir, construir una nueva mentalidad para que en un futuro podamos avanzar sin este flagelo. Pero de nuevo, es importante que todos los aspectos de la sociedad –las instituciones y el Estado en su totalidad– se articulen frente a un mismo objetivo. Siempre, el problema es cuando las adicciones terminan manejando las decisiones de los individuos.

Un hecho doloroso

Según el testimonio de vecinos de la zona, testigos del crimen e inclusive fuentes policiales, Fabricio Arrúa era un chico que robaba, que consumía y que sus padres no lo podían controlar. Esta historia se repite en casi todas las familias que tienen que lidiar con un adicto. Muchos han recurrido a la Policía o la Justicia para que los ayuden o hagan algo.

“No sé qué hacer con mi hijo. Me roba todo, se pone violento”, es una frase por demás escuchadas en estos núcleos familiares. Pero lo cierto es que la solución tampoco es pedir que metan preso al adicto, porque en este caso la solución es ofrecer un garrote más grande, y el destino es la cárcel, que es la peor escuela de la droga que puede haber. Se consume más adentro que afuera.

Las primeras versiones que comenzaron a desprenderse durante la trágica jornada del lunes, muchos decían que la muerte de Arrúa fue producto porque le robó una planta de marihuana a Ronaldo Torres, quien enterado del hecho lo buscó, lo encontró y tras un episodio que está en investigación, uno terminó muerto y el otro preso. Eso sí, que el móvil del crimen sea una planta de marihuana suena como un chiste; en todo caso fue la gota que desbordó un vaso que está siempre a punto de rebalsar.

Pero si acaso alguien piensa que todo está perdido, la respuesta es un contundente “no”. El hecho de que haya personas que siguen preocupadas por solucionar esta problemática y que ponen su granito de arena en la lucha hace que las esperanzas sigan firmes.

“En relación a la recuperación, cuando los chicos concurren al Hogar de Cristo comienzan a recuperar muchas cosas que habían perdido: empiezan a recuperar afectos, trabajos, educación. Una pregunta muy común es ¿cuántos se recuperan? Ahí es donde nosotros posamos la mirada y la importancia del acompañamiento”, explica Sobral, del Hogar de Cristo.

“Lo único que pedimos es que no nos abandonen, que no nos dejen a la deriva con los que venden drogas. Sabemos que si el Estado quiere, puede poner en marcha políticas de Estado para que esto no pase nunca más. Para que ningún Fabricio termine muerto o un Ronaldo preso. Tenemos que pensar la solución a largo plazo, siempre con el foco puesto en los niños”, concluyeron los vecinos que se reunieron a contar esta problemática en una casa del barrio La Cuchilla.

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