El crimen del sereno: un asado que terminó en muerte y un condenado que se excedió
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Dionel Benítez apareció muerto a golpes en la entrada del complejo que cuidaba. Había compartido un asado y cervezas con Rubén Da Silva, de 28 años. Meses después, el Tribunal entendió que Da Silva había sido atacado con un cuchillo y al responder se excedió hasta matarlo.
Hay noches que parecen destinadas a terminar como comenzaron: con un buen momento entre amigos, una comida compartida, algunas cervezas, conversaciones que se estiran más de la cuenta y la promesa de volver a encontrarse otro día. Sin embargo, la madrugada del 3 de abril de 2019 no terminó así.
Con la salida del sol, justo en la entrada del complejo Campos del Río, sobre la Calle 2, a pocos metros del Camino de la Costa y del río Gualeguaychú, fue hallado tendido el cuerpo de Dionel Benítez, un misionero de 51 años que desde hacía varios años trabajaba como sereno del lugar.
La víctima tenía el rostro desfigurado, múltiples traumatismos, fracturas y piezas dentarias perdidas. Lo que unas horas antes había sido una reunión entre conocidos se había transformado en una pelea brutal y, finalmente, en una muerte.
Durante las primeras horas, la escena parecía contar una historia mucho más sencilla y mucho más oscura: un hombre había sido atacado hasta matarlo. Pero la investigación descubriría que detrás de aquella imagen había otra historia. Una historia de insultos, amenazas, un cuchillo, forcejeos, miedo, golpes y una defensa que, para la Justicia, existió realmente, aunque terminó sobrepasando los límites permitidos.
Y esa diferencia, pequeña en las palabras, pero enorme en sus consecuencias, sería la que separaría una posible condena a 12 años de cárcel de una sentencia de cuatro años de prisión.
Un brindis pasado de copas
La noche del martes 2 de abril había comenzado sin ningún indicio de tragedia. Dionel Benítez recibió en el complejo a Rubén Da Silva, otro misionero de 28 años que se había radicado en la zona. También estaba Marcelo Daniel Morel, un vecino que compartía cierta confianza con ambos.
Los tres comieron un asado y tomaron cerveza. La reunión se extendió durante varias horas, en una escena que, vista después, adquirió la apariencia inquietante de una última fotografía: tres hombres compartiendo una mesa, sin saber que antes de que terminara la noche uno de ellos estaría muerto.
Morel se retiró durante los primeros minutos del 3 de abril. Había quedado atrás la comida y la conversación, y en el complejo solamente permanecieron Benítez y Da Silva. Y ese fue el punto ciego de la historia.
No hubo testigos directos de lo que ocurrió después. No existió una persona que pudiera reconstruir, minuto a minuto, qué pasó entre ambos. Lo que quedó fue una escena, un cadáver, rastros materiales y, tiempo después, dos versiones enfrentadas sobre el mismo episodio.
La primera versión surgió de la investigación policial. La segunda, mucho más tarde, de boca del propio acusado.
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El cuerpo en la tranquera
A la mañana siguiente, un vecino que había estado con Benítez durante la noche volvió a pasar por las inmediaciones del complejo. Llevaba a su hija en moto hacia la casa de su expareja cuando vio algo extraño en la entrada. Había un cuerpo tirado.
Al principio no sabía que era Benítez. Se acercó, comprendió la gravedad de la situación y dio aviso a la Policía. A partir de ese momento, el lugar comenzó a llenarse de investigadores, uniformados y peritos. Trabajaron efectivos de la División Criminalística, Homicidios, la Comisaría Quinta y el Comando Radioeléctrico.
La tranquera del complejo se convirtió entonces en una escena del crimen. Benítez estaba muerto y su rostro mostraba una violencia que inicialmente llevó a los investigadores a pensar que habían utilizado algún elemento externo para golpearlo. Por el estado del cadáver se llegó a sospechar que el agresor podía haber empleado un palo, una madera o incluso un fierro. Todo parecía indicar que había sido víctima de una paliza deliberada y sólo faltaba establecer el motivo, el móvil.
Aunque estaba claro que no se trataba de un robo. En la cabaña no había signos de violencia ni faltantes que permitieran sostener que alguien había ingresado para llevarse objetos de valor. La investigación se concentró entonces en la reunión de la noche anterior y, especialmente, en la persona que había permanecido con Benítez después de que el tercer integrante del encuentro se retirara.
El nombre apareció rápidamente: Rubén Da Silva. Vivía en la zona y la Policía pudo localizarlo y detenerlo rápidamente. Este misionero fue trasladado a la Jefatura Departamental y ya en las primeras horas de la investigación quedó imputado por el homicidio. Cuando fue convocado a declarar ante la fiscal Martina Cedrés, por recomendación del defensor público Martín Clapier, decidió guardar silencio. Mientras tanto, la autopsia comenzaba a cambiar la primera lectura de la escena.
No había palo, había puños
El médico forense Marcelo Benetti examinó el cuerpo y descartó una de las primeras hipótesis. No había un palo ni un fierro que explicara las lesiones. Benítez presentaba una profunda desfiguración del rostro, hematomas, múltiples heridas, fracturas y pérdida de piezas dentarias. El análisis forense determinó que las lesiones podían haber sido provocadas por un elemento contundente y romo, como por ejemplo el puño. La conclusión agregó otro elemento que adquiriría importancia: Da Silva presentaba hinchazón y lesiones en su mano derecha.
La causa de muerte también tenía una particularidad. El informe estableció una asfixia traumática. No se trataba de que Benítez hubiera sido estrangulado. Las lesiones producidas por los golpes habían provocado la pérdida de reflejos, un estado de coma y un edema que terminó generando la obstrucción de la vía aérea.
La cuestión que quedaba por resolver era otra: ¿cómo había comenzado esa pelea? Durante meses, la respuesta quedó encerrada entre la escena del crimen y el silencio de Da Silva. Pero eso terminó en el juicio, cuando el imputado contó su verdad, lo cual había preferido callar durante la etapa investigativa.
Fue recién en el debate oral, cuando ya se encontraba frente a los jueces y el proceso había llegado a su instancia decisiva, cuando decidió ejercer su derecho de defensa y relató lo que, según él, había sucedido aquella madrugada. Sus palabras modificaron el eje de la historia y el transcurso del juicio.
“Eran las 00.30, casi la 1 de la madrugada, cuando me pregunta: ‘¿Cuánto salió la comida así te doy mi parte?’. ‘No dejá, vos ya pagaste como tres veces, hoy pago yo, quedate tranquilo’, le contesté y me respondió: ‘Tenés plata y te hacés el agrandado, negro de mierda’. Lo miré y me reí pensando que me estaba cargando, pero me dice: ‘De qué te reís, encima te reís, te burlás. Te cago a trompadas y no te cobro nada’”, relató Da Silva sobre el inicio del conflicto que culminó con Benítez muerto.
“Me insulta y en eso agarra el cuchillo que estaba en la mesa y me empieza a amenazar: ‘Movete que te degollo acá mismo, te mato ya mismo’. Yo le digo que se tranquilice. Lo miro y me entró mucho miedo. Le digo: ‘Sabes qué, yo me voy y otro día hablamos’, pero cuando me levanto de la silla y salgo, él me ataca con el cuchillo”. Luego de eso fueron empujándose hasta la tranquera del frente del complejo y se tranzan en una lucha que termina con la muerte del hombre de 51 años a golpes de puño.
La oscuridad de la noche
En su declaración ante el Tribunal, Da Silva reconstruyó aquella madrugada como una sucesión de retrocesos y forcejeos. Contó que logró sacarse de encima a Benítez después de que este intentara derribarlo. Dijo que hubo empujones y golpes menores y que, en determinado momento, recibió un golpe en el pecho, e incluso fue sujetado por el sereno.
Después vino otro forcejeo y finalmente llegaron hasta la tranquera. Era una zona oscura del predio y allí volvieron a enfrentarse. Da Silva reconoció que golpeó a Benítez, pero la diferencia entre su versión y la acusación fiscal estaba en el significado de esos golpes.
Para la Fiscalía, el resultado final demostraba un homicidio y no había elementos suficientes para acreditar que hubiera existido un ataque previo de la magnitud que el acusado relataba. Durante los alegatos, la fiscal Martina Cedrés sostuvo esa hipótesis y pidió una pena de 12 años de prisión.
En cambio, para la defensa, los golpes habían sido la respuesta a una agresión ilegítima y para los jueces, había suficientes elementos para considerar que esa agresión había existido, pero no para justificar todo lo que ocurrió después. Porque tras golpear a Benítez, Da Silva se retiró, fue hasta su casa, tomó una cerveza, escuchó música y se acostó a dormir. Mientras tanto, Benítez agonizaba en la puerta del complejo de cabañas.
La investigación estableció que las lesiones se habían producido entre aproximadamente las 0.30 y las 7.55 del 3 de abril, y que la muerte se produjo posteriormente, como consecuencia de la gravedad de las heridas. Entre ellas se encontraba una fractura expuesta del tabique nasal.
El juicio no tenía una cámara que mostrara la pelea. Tampoco había un testigo que pudiera decir quién comenzó el enfrentamiento. La Fiscalía debía demostrar la culpabilidad de Da Silva. Él, en cambio, no tenía la obligación de demostrar su inocencia. Y ese principio ocupó un lugar central en el razonamiento del Tribunal.
En el adelanto de veredicto, los jueces Arturo Dumón, Mauricio Derudi y Alicia Vivian señalaron que la hipótesis acusatoria no lograba explicar adecuadamente los elementos objetivos incorporados al debate. Para ellos, la Fiscalía había mantenido su posición acusatoria sin valorar de manera suficiente distintos indicios, documentos, elementos gráficos y testimonios que, según entendieron, daban sustento a buena parte de la versión de Da Silva.
La escena del crimen volvió a adquirir entonces una importancia decisiva. El cuerpo de Benítez no era solamente la evidencia de una muerte. También era parte de la reconstrucción de lo que había ocurrido. Para el Tribunal, el escenario primario contenía información que permitía vincular determinados elementos materiales con la versión entregada por el acusado. Y allí comenzó a tomar forma la tercera posibilidad que definiría el juicio: no una absolución, pero tampoco el homicidio simple tal como lo había planteado la acusación.
Los jueces consideraron acreditado que Da Silva había sido agredido de manera ilegítima. Según el veredicto, Benítez lo había atacado verbal y físicamente, y había utilizado un cuchillo. También consideraron que Da Silva había logrado desarmarlo durante su retirada y que, después de eso, Benítez continuó con las agresiones físicas.
La Justicia encontró en la prueba elementos suficientes para otorgar a ese relato un grado de “verosimilitud” que permitía reconstruir el episodio de esa manera. Para ellos, Da Silva había actuado en su defensa. ¿Pero hasta dónde puede ser legítima?
La gravedad de las lesiones sufridas por Benítez demostraba que la respuesta había ido demasiado lejos. La cantidad y la intensidad de los golpes habían producido una golpiza de tal grado que superaba los límites de la defensa legítima. Según la propia reconstrucción de Da Silva, en determinado momento Benítez ya había caído al suelo luego del forcejeo y su capacidad ofensiva se había reducido. Y aun así los golpes continuaron.
Ese fue el límite que el Tribunal consideró sobrepasado. La Justicia no desconoció el miedo, la perturbación y la situación de violencia en la que se encontraba Da Silva. Tampoco desconoció que había existido una agresión previa. Pero se entendió que una respuesta defensiva puede perder su carácter justificante cuando deja de guardar relación con la amenaza que pretende repeler. Y la muerte de Benítez era la evidencia más concreta de ese exceso.
La condena a prisión efectiva
El jueves 5 de septiembre de 2019, cinco meses después de aquella madrugada, en los Tribunales de Gualeguaychú se puso punto final al juicio. Fue Arturo Dumón quien leyó el adelanto del veredicto: Rubén Da Silva fue condenado a cuatro años de prisión efectiva.
No por el homicidio simple que había sostenido la Fiscalía, con un pedido de 12 años, sino por homicidio simple cometido en exceso de legítima defensa. La diferencia no era una cuestión meramente técnica: Benítez había agredido, Da Silva se había defendido, pero esa defensa había continuado más allá de lo necesario.
El Tribunal también recurrió al principio jurídico de in dubio pro reo: ante la duda, la solución debía favorecer al acusado. Los magistrados entendieron que, aun cuando no pudiera alcanzarse certeza absoluta sobre cada uno de los elementos de la reconstrucción, la prueba disponible impedía sostener la hipótesis acusatoria con el grado de certeza necesario para una condena por homicidio simple sin esa atenuación.
Así terminó aquel juicio. Con una condena de cuatro años y una figura que, por sí sola, parecía resumir la contradicción de toda la causa: defenderse no había sido el delito; el delito había estado en no detenerse a tiempo.
Un tiempo después, en 2021, en plena pandemia, el caso fue llevado a la Cámara de Casación Penal en Concordia y los magistrados que intervinieron ante el planteo hecho por la Fiscalía, dispusieron rechazar el recurso y confirmar el fallo de primera instancia.
De esta forma, Da Silva comenzó a cumplir la sentencia en la Unidad Penal 9, pero tras el tiempo que permaneció bajo prisión preventiva, que se contabiliza dentro de la pena, salió en libertad condicional el 22 de abril de 2022.

