El desafío actual: pasar de habitante a ciudadano
A medida que los argentinos nos acercamos a una nueva elección, un clima de sospecha y descreimiento comienza a teñir las acciones y promesas que se difunden.Por Carlos Walter IhloOpiniónEste clima, tan viejo como el mundo mismo, no debería enojar a sus protagonistas, sino ser asumido -aun a regañadientes -como parte de la vida misma. Después de todo, si los hombres fueren unos santos y la sinceridad su bandera, no existirían normas que -aunque eternamente burladas-, prohíban la realización de actos inmediatamente previos a una contienda electoral, por presumirse que solo persiguen captar voluntades.Hoy es frecuente advertir cómo ante la mínima crítica muchos funcionarios -sin distinción de signo político- responden airadamente a sus eventuales contradictores. Posiblemente la causa de su enojo radique en asumir como privadas y personales, críticas que apuntan a su accionar funcional y público. Lo cierto es que en ocasiones la falta de renovación política colabora para que algunos asuman que por haber manejado durante tantos años los recursos públicos, éstos se han emparentado bastante con su esfera privada de decisión, máxime cuando débiles vientos de falta de control les permiten caminar tranquilos por la delicada cornisa de la legalidad.Sin embargo, un saludable baño de realidad, apto para despertarlos de sus fantasías, podrían encontrarlos recordando que tras la expresión mandatario, se encierra el fundamento de su designación: ser quien por decisión del pueblo soberano, sólo puede hacer lo que éste manda, debiendo rendirle cuentas, y respondiendo por sus consecuencias, aún luego de culminar sus mandatos, aspecto que muchos suelen olvidar. RazonarPero para evaluar, el ser humano necesita razonar. Y para razonar hay que necesariamente tener tranquilidad. Lo contrario es mero impulso bajo el estímulo de la emoción o la bronca. Así los argentinos llegamos usualmente a las etapas preelectorales escuchando, en lugar de propuestas, imputaciones y descalificaciones recíprocas entre los contendientes, que sólo pretenden destruir a su rival, demostrando la incapacidad de construir en base a consensos. Turbados por el espectáculo degradante que ofrecen y paladean sus protagonistas -porque justo es decirlo, parece encantarles-, podemos caer en la tentación de renunciar a pensar antes de emitir nuestro voto. De creernos ciudadanos cuando en realidad actuamos como simples habitantes de un territorio determinado.Analizar cuál ha sido el comportamiento de quien se postula es una obligación cívica irrenunciable; apreciar si ha respetado la dignidad de sus pares y administrados; cuánto ha hecho por velar por la paz social; si rindió cuentas de lo actuado, si respetó las instituciones vigentes o por el contrario hizo cuanto pudo por erosionarlas, etc.Votar en base a las sonrisas oportunistas, las prebendas y los regalos de última hora, derrite lo más sagrado del ser humano: su dignidad, valor imprescindible en un padre para decirles a sus hijos que el pan sobre la mesa lo ganó trabajando, no durmiendo en su casa. Pretender que la gente asuma que la palabra igualdad se relaciona con obtener los mismos beneficios trabajando que no haciéndolo, es una tarea imposible que solo anima a la rebelión. Construyendo el futuroEn este contexto, posiblemente uno de los mayores desafíos en la construcción de nuestro futuro -se tenga la ideología política que fuere- sea que cada habitante de este país luche por convertirse en ciudadano con mayúsculas. La política del "no te metas", del "yo no fui", tuvo connotaciones trágicas en nuestro pasado reciente, y una manera de mantener vigente la memoria es respetar las palabras que usamos: hablar de miedo, coraje, presiones, crisis, etc., siempre debe ser medido en su justo contexto y época. En las buenas todos son valientes.Remezones de aquella indiferencia por el otro pueden advertirse hoy en la falta de participación del vecino que ante un problema que lo afecta opta por el rezongo en voz baja eludiendo la búsqueda de la solución frente a quien considera la razón de su desdicha. Ello en nada se condice con su rol de ciudadano. Quien solo acopia bronca por la situación de su comunidad, sin advertir que ella es el resultado de las acciones y omisiones de todos, no sólo pierde tiempo y envenena su espíritu, sino que además navega hacia un puerto utópico de felicidad inalcanzable. Eso sí, confía en que al barco lo comanden otros, nunca él, olvidando que capitanes irracionales para tomar el timón nunca faltan, y de allí, los resultados.La historia revela que no existen los países predestinados, ni los gobiernos eternos. Ningún partido político reúne más votos que el total de un padrón electoral. Por eso, cuando los ciudadanos se concentran detrás de un ideal común respecto de lo que quieren ser y de cómo quieren vivir, las estructuras partidarias tambalean.Véanse sino los giros ideológicos que suceden hoy en el mundo donde partidos políticos dominantes por décadas han pasado a mirar el encuentro desde la tribuna de la oposición. El desafío de transformarse de habitantes en ciudadanos es tan importante que no puede perder energía luchando contra molinos de viento. Combatir contra la obsecuencia genuflexa resulta un esfuerzo estéril pues ella forma parte de la condición humana. Quien jamás se preparó para procurarse el sustento por sí mismo obviamente se siente mas cómodo colgado del ropaje del Papá Noel gobernante -siempre presto a inventarle funciones y cargos-, que enfrentando su incapacidad de supervivir. Será porque la frazada del poder abriga mejor y esconde mas prebendas que la fina sábana del sacrificio personal.Se atribuye a Julio César haber expresado: "... hay hombres que me adoran no por ser superior a ellos sino porque está en su naturaleza el gusto por ser dominados, subordinados, no por lo que soy, sino por lo que ellos creen que soy...". Desde entonces los siglos han pasado pero la expresión "pan y circo" sigue vigente.Quienes acepten el desafío de transformarse en ciudadanos deberán descubrir cuándo un problema ordinario se les presenta disfrazado de extraordinario o cómo se inventa un show mediático para impedirle pensar. Deberá saber rebelarse ante "crisis" inventadas para imponerle mayores contribuciones que sólo esconden imprevisiones presupuestarias. Deberá finalmente, comparar cómo progresan las comunidades que eligieron el camino del consenso y el respeto por las normas, frente a las que insisten en transitar las pasarelas del patoterismo, las actitudes revisteriles, el amor por los chismes y el culto a la propia imagen para que nada cambie.Las herramientas están a su disposición. Todo habitante entrerriano que pretenda ser ciudadano cuenta con una Constitución provincial ejemplar, que ampara derechos y garantías impensadas en países desarrollados, apta para reclamar atención y/o recurrir a la Justicia. Pero cuidado: todo ello será letra muerta si dejamos oxidar tales herramientas. Si el privado de agua potable no reclama, el empleado no ejerce sus derechos, el vecino consiente el atropello del mandamás de turno, el enfermo no reclama por la atención pública, oportuna y gratuita, y los contribuyentes no vigilan quien administra sus recursos, mal pueden luego considerarse víctimas. Los tribunales se hallan repletos de causas de gente que reclama, pero ninguna de quien rezonga escondido en un placard.Ingenuo será pensar que esta transformación resulte pacífica y simple. Pero es impostergable y debe iniciarse en cada hogar, enseñando día a día, los padres a sus hijos, que no todo es lo mismo y que su futuro tiene mucho que ver con lo que luche por construirlo. Enseñarle que pasar de habitante a CIUDADANO implica asumir esfuerzos y recibir presiones de los sectores de poder que pretenderán conservarlo dócil a sus órdenes. Son los mismos sectores que, curiosamente, insisten en enojarse olvidándose que, como reza la infaltable sabiduría popular, "por más que se sacuda el perro sólo se quitará la tierra, nunca las pulgas que lo mantendrán despierto". * Abogado - Villa Paranacito
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