“El engaño más cruel de la historia”
Por medio de este texto intento transmitir a los lectores mis ideas y pensamientos acerca de una de las fechas patrias que mas conmemoro de nuestro calendario.Nazareno ZivelonghiOpiniónPasaron ya treinta años desde aquel frío y tormentoso 2 de abril de 1982, cuando un grupo de soldados argentinos desembarcaron en Puerto Argentino, plantando la celeste y blanca en una neblina que reducía la visibilidad a unos pocos metros.Días atrás, la mayoría de nuestro país apoyó reunido en la histórica Plaza de Mayo -convencidos en su ignorancia con un hábil y mentiroso discurso- la propuesta del Leopoldo Galtieri de ocupar militarmente el territorio de las Islas Malvinas.Fue así entonces el comienzo, del engaño más cruel de la historia argentina: un gobierno de facto que tambaleaba, desesperado por recuperar la credibilidad de su pueblo, pensó que tirando algunos tiros los ingleses iban a volverse a su país cediéndonos un terreno que se creía, no les interesaba. Grave error.La acción comenzó con la convocatoria; publicidades en televisión, radios y medios gráficos, mas una serie de cartas redactada con tal énfasis en el patriotismo, en nuestra misión como ciudadanos, en lo importante que eran las Islas para la nación, que enviadas a adolescentes ávidos de aventuras, tuvieron un éxito que significó el arribo a la provincia de Tierra del Fuego de miles de jóvenes en su mayoría de entre 17 y 22 de todo el país.Allí las principales autoridades del Ejército Argentino (respondiendo como hoy en dia a los pedidos políticos del gobierno de turno sin opción al reproche), terminaban de meter en esas inocentes cabecitas la idea de que habían tomado la mejor decisión de sus vidas: ya eran oficialmente SOLDADOS. Posteriormente los subían a los buques, que partían rumbo a las Islas en medio de olas que golpeaban con fuerza el metal helado de sus proas.Después de varias horas de viaje, atracaban en Puerto Argentino. Una vez que ponían un pié en ese lugar, comenzaba el desengaño para todos los recién llegados. Los cientos de heridos, los uniformes incompletos, las viejas armas que no funcionaban, los vehículos rotos, la falta de comida, hacían que las húmedas trincheras rodeadas de nieve torturaran los cuerpos de aquellos soldaditos que empezaban a darse cuenta que no era todo color de rosa como les habían hecho creer.Mientras tanto, en el continente, el gobierno manipulaba totalmente los medios de comunicación dando la información que le convenía: que Argentina estaba ganando la guerra, por lo que para el país era casi un hecho la recuperación de las Malvinas.El pueblo, en un incondicional apoyo a la causa, donó lo que no tenía para abastecer a los soldados. Las familias más adineradas vaciaban sus cuentas bancarias y hacían lingotes sus pertenencias de oro cediéndoselas al gobierno, pero tanta ilusión no llegó a destino.Fueron destratados por sus superiores, quienes daban órdenes a panza llena detrás de los escritorios de oficinas calefaccionadas, mientras el campo de batalla era un infierno helado atravesado por una lluvia de proyectiles ingleses, que gracias a su tecnología superior, eran lanzados desde una distancia fuera del alcance de la artillería argentina.En medio de todo el caos, los ingleses empeoraron la situación con una jugada sucia: el hundimiento del Crucero General Belgrano, que fuera del área de combate, el buque hospital se llevó consigo varias vidas al fondo del océano.Aún así, la sangre de San Martín se hacía ver en los cuerpos extenuados -resultado de muchas horas sin dormir-, que trataban de hacer mella en las líneas inglesas. Pero el enemigo avanzaba por aire y tierra recuperando el terreno arrebatado por los argentinos, hasta que el 14 de junio Puerto Argentino volvió a llamarse Stanley. La guerra había terminado. En medio de una mañana gris, la bandera celeste y blanca fue reemplazada por la roja, blanca y azul.Al regreso, el pueblo los ignoró, ya las noticias no hablaban del tema. Tuve la suerte de conocer dos de los 10.000 protagonistas que sobrevivieron a ésta historia y escuchar el testimonio de uno de ellos, el cual me impactó con el cierre de su relato: "El peor momento de la guerra fue ver bajar la bandera argentina y subir la inglesa, porque fue en ese momento donde sentí que perdí mi libertad".Soy un tipo duro que con 22 años no recuerda la última vez que lloró, pero aún así, termino este texto con un nudo en la garganta y ojos a punto de lagrimear, de la impotencia que me genera éste episodio de la historia de mi amada tierra.DNI:34.350.588ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
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