El lugar más propicio para ser feliz
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Cómo es Ginebra, la ciudad que Jorge Luis Borges definió como su otro amor, y a la que eligió para morir; tras las huellas del genial escritor. Florencia Carbone A principios de 1900, un adolescente argentino viajó a Ginebra, Suiza, acompañando a su padre que iba en busca de un tratamiento para curarse de una ceguera hereditaria hacia la que el chico -sin saberlo- también se encaminaba.En el verano de 1914, el joven Jorge Luis Borges y su familia quedaron "atrapados" en la ciudad suiza por el estallido de la Primera Guerra Mundial. Hasta junio de 1918, vivieron en la que hoy es llamada "capital de la paz": sede europea de las Naciones Unidas y de más de 250 organismos internacionales y organizaciones no gubernamentales, como la Cruz Roja Internacional, las organizaciones mundiales del Trabajo, el Comercio, la Salud, de la Propiedad Intelectual, de la Meteorología, de las Telecomunicaciones, el Consejo Mundial de Iglesias, el Movimiento Scout, y la Asociación Mundial de Cardiología, entre tantas otras.Caminar por las ordenadas pero laberínticas callecitas ginebrinas despierta sentimientos encontrados: a pesar de ser la segunda ciudad más poblada de Suiza, hay tanto silencio que es posible escuchar el ruido de los propios pasos.Ginebra está acostumbrada a "hacer podio": en los rankings internacionales suele aparecer en los primeros lugares tanto cuando se evalúa calidad de vida como cuando lo que se mide es el costo de la vida.Borges, que hizo parte del secundario en el Instituto Calvino (en honor a Juan Calvino, teólogo que nació en Ginebra, en 1509, y es considerado como uno de los padres de la Reforma Protestante), y eligió esta ciudad para pasar sus últimos años, decía de Ginebra: "De todas las ciudades del mundo, de todas las patrias íntimas a las que un hombre aspira hacerse acreedor en el transcurso de sus viajes, es Ginebra la que me parece la más propicia a la felicidad. A ella le debo el haber descubierto, desde 1914, el francés, el latín, el alemán, el expresionismo, Schopenhauer, la doctrina de Buda, el Taoísmo, Conrad, Lafcadio Hearn y la nostalgia de Buenos Aires".Visitar esta ciudad despierta una idea muy poco original, pero emocionante: ir tras las huellas del gran escritor argentino, ese que fue tan genio como polémico, el mismo al que, dicen, el Nobel de Literatura le fue esquivo a raíz de sus ideas políticas. Un gran amorEs que Ginebra es "el otro amor de Borges", a tal punto, que eligió este sitio para pasar sus últimos meses y aquí están sepultados sus restos. Cuando supo que estaba enfermo, a principios de 1986 (le diagnosticaron cáncer), decidió mudarse a Suiza.Rodeada por los picos de los Alpes, Ginebra se desparrama, elegante y ordenada, a orillas del Lago Lemán, el más grande de Europa. Se calcula que el 40% de la población es extranjera (un factor clave para definirla como la ciudad más internacional de Suiza).Más allá de ser un reconocido centro de congresos, ferias y exposiciones -como la del Salón del Automóvil, que en sus 100 años de vida fue testigo de lanzamientos famosos como el Fiat 600, el Jaguar E-Type y el Porsche 928-, es un símbolo de renombre mundial de la industria de la relojería. Además del famoso Museo Internacional de la Relojería, en las calles principales se encuentran locales de firmas como Rolex, Patek Philippe y Vacheron, entre tantos otros.Los servicios tienen un fuerte peso en la economía de Ginebra. La ciudad tiene un antiguo sector financiero y es sede de grandes empresas globales. Combina de modo armonioso una arquitectura histórica, muy bien conservada, con la modernidad de algunas construcciones; el silencioso y ecológico tranvía -con el que se recorre buena parte de la ciudad-, con bicicletas y un modernísimo parque automotor.Si se mira la cultura, los índices vuelven a colocarla al tope de la lista: es la ciudad europea que dedica mayor parte de su presupuesto (20%) al sector. Agradecidos los numerosos museos, bibliotecas y teatros de la ciudad, sus habitantes y los visitantes, claro.Uno de los símbolos de Ginebra es el "Jet d'eau", un gran chorro de agua de unos 140 metros de altura que emerge del Lago Lemán.En la lista de ginebrinos famosos, además de Calvino, figuran, entre otros, Jean-Jacques Rousseau (cuyas ideas fueron unas de las bases para la Revolución francesa) y Enrique Pichon-Riviere (psiquiatra nacionalizado argentino y a quien se considera como uno de los introductores del psicoanálisis en nuestro país); y entre los residentes famosos, citan a Voltaire (escritor, historiador, filósofo y abogado francés) y Alberto Ginastera (compositor argentino).Dicen que Borges amaba la tranquilidad de los lagos suizos y el orden tan característico de esas tierras.Cuando en 1986 decidió volver a vivir a Ginebra con quien sería luego su mujer, María Kodama, se instalaron en la "parte alta" de la ciudad, en el número 28 de la Grand Rue, casi en la intersección con la Rue du Sautier. Allí hay una placa conmemorativa escrita en francés que dice: "En el 28 de la Grand Rue vivió el escritor Jorge Luis Borges, 1899-1986", y a continuación, sus palabras sobre el lugar que eligió para morir: "De todas las ciudades del planeta, de las diversas e íntimas patrias que un hombre va buscando y mereciendo en el decurso de los viajes, Ginebra me parece la más propicia a la felicidad".Borges y Kodama disfrutaban recorriendo la Ciudad vieja, zona de calles angostas, empedradas y empinadas en la que se encontraba su casa. El circuito incluía el Café del Hotel de Ville, la Catedral de Saint Pierre, y la Librería Jullien.Kodama le contó hace tiempo a La Nación el porqué de la atracción de Borges por Ginebra: "Le gustaba el frío y el hecho de que los grandes nombres del pensamiento hubieran pasado por esta ciudad. Admiraba el orden y el respeto. Lo marcó la solidaridad de los ginebrinos con los refugiados de la Gran Guerra".Para ir desde la que fue su casa hasta la última morada del genial escritor argentino hay que bajar varias escalinatas empedradas y recorrer un par de kilómetros pasando frente al Gran Teatro de Ginebra y la Sinagoga. Entonces se llega a Plainpalais, que se parece más a un cuidado parque en medio de la ciudad, rodeado por edificios, que a un cementerio. El cementerio de los reyesAllí, en la tumba 735, en el que también es conocido como el "cementerio de los reyes", está sepultado Borges.El lugar, que ocupa casi tres manzanas en pleno centro ginebrino, está reservado para las personalidades destacadas que pasaron por la ciudad (están los restos, por caso, de Calvino, el psicólogo Jean Piaget y el ex Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Sérgio Vieira de Mello).La lápida de Borges, esculpida por el argentino Eduardo Longato según un diseño hecho por la viuda del escritor, contiene varios elementos que fueron significativos para el autor de El Aleph.En el frente, la lápida contiene su nombre grabado y una frase en inglés antiguo extraída de un poema sajón sobre la Batalla de Maldon, traducida como "Y que no temieran". También hay una cruz celta (era un apasionado por lo vikingo y lo sajón).En el reverso hay grabadas dos frases y un barco vikingo. Una de las frases, escrita en escandinavo antiguo y traducida dice: "Él toma la espada Gram y la coloca entre ellos desenvainada", extraída de un texto islandés de finales del siglo XIII que relata la historia del héroe germánico Sigurd y que Borges menciona en su obra, según la investigación que hizo Martín Hadis, autor del libro "Siete guerreros nortumbrios", quien agrega que el navío vikingo representa el "viaje a la eternidad" y fue tomado de una de las llamadas "piedras ilustradas" de la isla de Gotland, Suecia.La otra frase es la dedicatoria "De Ulrica a Javier Otárola", nombres de los personajes del cuento "Ulrica", de Borges, y que secretamente utilizaban el escritor y Kodama para llamarse entre sí, agrega Hadis.Borges murió el 14 de junio de 1986. Las crónicas recuerdan que entonces, una corona de flores amarillas sin firma, entre las que rodearon su tumba, lo despidió así: "Al más grande forjador de sueños".Esta ciudad dejó huellas en el genial escritor, pero seguramente mucho más potentes fueron las suyas sobre Ginebra. Su cuerpo habrá quedado aquí, pero su obra, por suerte, es universal.
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