El ostracismo del General San Martín
Sin lugar a dudas, el exilio de una persona es un hecho que deja profundas e imborrables huellas. El desarraigo de quienes han tenido que alejarse de su Patria, ya sea en forma voluntaria o expulsados por diversos motivos, podrán dar prueba de ello.Por Mario César GiordánEspecial para El DíaLos argentinos recordamos la memoria del Gran Capitán de los Andes, el Libertador de pueblos, el hombre que prefirió alejarse de su tierra a la que tanto había servido, antes de levantar su espada contra los hermanos. Lo recordamos montado en su caballo de guerra, y conocemos solamente los hechos culminantes de su acción pública. Pero si el prócer se ha difundido, el hombre íntimo es ignorado: su vida interior, sus sentimientos y pasiones, sus amarguras y desengaños durante su larga expatriación han quedado casi en la penumbra.La lectura de toda la correspondencia del General en los veintiocho años de su voluntaria proscripción en Europa, nos aproxima a un conocimiento más profundo de su espíritu. La calumnia y la ingratitud con que los pueblos le pagaron por sus trabajos a favor de la libertad y de la independencia, de ningún modo turbaron la paz de su alma.Jamás podremos olvidar aquella célebre frase que, pronunciada en francés a su amada hija, evidenciaba su estado de ánimo: "C`est l`orage qui mène au port"! - ¡Es la tormenta que conduce al puerto! San Martín sentía que la muerte se aproximaba y sería el puerto en que descansaría después de las largas fatigas de la vida.Si bien el General San Martín no se quejaba de la ingratitud, tenía memoria para las justas "recompensas" que los gobiernos de Chile y Perú le habían concedido por sus auxilios a la causa de la independencia de ambos países.Quienes lo visitaron en Francia, poco tiempo antes de muerte, cuentan que lo veían melancólico, y prefería el silencio y el aislamiento, aunque su razón se mantuvo clara hasta el momento final. Félix Frías expresa, casi poéticamente este momento: "Puede decirse que su alma enérgica se ha lanzado de la tierra cuando le faltó cuerpo para habitar". El historiador, que lo visitó en reiteradas oportunidades un mes antes de su partida, observó que su inteligencia no había declinado. "Hablaba con entusiasmo -agrega Frías - y recordaba siempre con gratitud el noble carácter y el apoyo que encontró para su gran campaña de Chile en los habitantes de las provincias de Cuyo, y su memoria conservaba frescos y animados recuerdos de los hombres y los sucesos de su época brillante".La situación del General en Europa durante los primeros tiempos de su ostracismo era muy triste y desoladora. Apenas contaba con veintiún pesos en títulos públicos del Perú y la renta de una propiedad en Buenos Aires. Esos eran los únicos recursos calculados para sostener su existencia, con grandes penurias económicas.En una carta dirigida a su amigo O`Higgins desde Bruselas, en 1827, le expresaba: "En tan triste situación y para sostenerme oscuramente he tenido que vender a vil precio los veintiún mil pesos expuesto no quedándome en el día recurso alguno para subsistir".Si bien esta situación mejoró gracias al aporte de su amigo Aguado, lo que más afligía al General eran las calumnias originadas en ciertos periódicos porteños, la ingratitud de los que creyó amigos, los ataques de los enemigos y la guerra que sordamente le hizo el gobierno para desprestigiarlo y mantenerlo alejado.O`Higgins en una carta le exponía: "Me escribieron de Buenos Aires que por disposición (del gobierno de Rivadavia) se dieron los artículos asquerosos que aparecieron contra nuestra honradez y reputación en los periódicos de Buenos Aires".Cada noticia que le llegaba le producía un disgusto profundo que enternecía su alma.Como respuesta, el Libertador le decía: "Se me hizo una guerra poco noble en los papeles públicos de su devoción (se refiere al gobierno); por otra parte los de la oposición, hombres a quienes en general no conocía ni aún de vista hacían circular la absurda idea de que mi regreso no tendría otro objeto que el derribar la Administración de Buenos Aires...". " Cada vez que pienso que al volver a Buenos Aires puedo ser envuelto en una guerra civil a pesar de los propósitos firmes de no tomar la menor parte en sus disensiones, mis bilis se exaltan y me pongo de un humor insoportable".En su largo destierro voluntario, San Martín ensalzó los méritos de sus compañeros de armas, pero sin dudas a quien más recordó fue a O´Higgins, refiriéndose a las proezas de su camarada a quien admiraba, y no cesaba de reconocer cuánto le debía la libertad de América a este patriota chileno. La noticia de su muerte lejos de su tierra le produjo una profunda conmoción.Hablar de las amarguras del General San Martín en tierras europeas sería para llenar interminables páginas. Para finalizar, me detengo en un párrafo escrito por Carlos Ibarguren para el diario La Prensa, en el año 1932: "En un desahogo de amarga tristeza, el Gran Capitán de la epopeya Sud Americana, redentor de pueblos y fundador de naciones, no creyó en la justicia histórica, renegó de la gloria como de un espejeo falaz y sólo vio, como el predicador del Eclesiastés, lo vano de la vida, la nada de la muerte y el olvido como término oscuro de las empresas y de los afanes humanos". Documentos consultados:MARIO CÉSAR GRAS: San Martín y Rosas. Una amistad histórica. Bs. As. 1948FÉLIX FRÍAS: Escritos y discursos. Vol. 4 - Bs. As. 1884
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