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El primer genocida con coronavirus y su vínculo con un médico de Gualeguaychú

Luis Muiña, un represor civil condenado por crímenes de lesa humanidad, contrajo coronavirus. En esta nota: La historia de la ocupación del Hospital Posadas por parte de militares y paramilitares, cuando al frente del mismo estaba el médico cirujano de Gualeguaychú Julio César Rodríguez Otero.

La semana pasada trascendió que Muiña, detenido en la Unidad 34 de Campo de Mayo, quien además pertenece al denominado grupo de riesgo debido a que tiene 66 años, tuvo que ser trasladado a un hospital porque debía ser operado de urgencia y en ese lugar se habría contagiado coronavirus.

Luego, el condenado a prisión perpetura por crímenes de lesa humanidad fue trasladado a la unidad penitenciaria que funciona en el Hospital Muñiz, donde llevan a todos los detenidos de prisiones federales con COVID-19 positivo.

Muiña es un criminal emblemático ya que, sin ser militar, formó parte del grupo de represores que transformaron un sector del Hospital Posadas, el más grande de la zona oeste del conurbano bonaerens, en un centro clandestino de detención en donde decenas de trabajadores fueron secuestrados, torturados y desaparecidos.

El represor, que torturaba a sus víctimas aplicándoles la picana eléctrica, quemándoles el cuerpo con cigarrillos y metiendo sus cabezas en agua, y que también las desaparecía, fue condenado en varios juicios, uno de ellos a prisión perpetua.

Su nombre tuvo repercusión en mayo de 2017, cuando la Corte Suprema de Justicia provocó un escándalo al emitir un fallo que beneficiaba a Muiña, quien entonces solo había sido condenado en un juicio a 13 años de prisión. El máximo órgano judicial le permitía quedar en libertad al recortar su pena gracias a una ley conocida como '2x1', que computa doble el tiempo que un detenido pasa en prisión sin condena firme.

El fallo provocó una conmoción social porque el resto de los represores comenzó a pedir también el beneficio del '2x1', pero gracias a las históricas movilizaciones encabezadas por los organismos de derechos humanos el Congreso sesionó de forma urgente para dar marcha atrás con la medida.

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El Posadas

El 28 de marzo de 1976, cuatro días después de que las fuerzas armadas hayan tomado el poder por asalto, con tanques y helicópteros, y comandados por el general de brigada y delegado de la Junta Militar en el Ministerio de Desarrollo Social Reynaldo Benito Bignone –quien ejercería la presidencia los últimos meses de la dictadura, y sobre quien pesan cinco condenas por crímenes de lesa humanidad–, los militares irrumpieron en el Hospital Posadas, en Haedo.

Más de 30 médicos, enfermeras y trabajadores del hospital fueron secuestrados y torturados a pocos metros de allí. La casa del director del nosocomio fue convertida en un centro clandestino de detención: en el Posadas, curaban personas; en “El Chalet” se sucedían las escenas más espantosas de la miseria humana.

Desde ese momento, en el nosocomio operó un grupo de paramilitares, que según decenas de testimonios de trabajadores, “se paseaban con las armas de fuego en la mano por los pasillos del hospital”, del que formó parte Luis Muiña.

El caso Rodríguez Otero

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1970, en el Instituto Magnasco. Rodríguez Otero es el segundo de derecha a izquierda; en una conferencia sobre medicina
1970, en el Instituto Magnasco. Rodríguez Otero es el segundo de derecha a izquierda; en una conferencia sobre medicina

En el procesamiento de Bignone, Muiña y otros represores, el Juez federal Daniel Rafecas resaltó la “paradoja” de la existencia del centro clandestino de detención “El Chalet” en el seno de un hospital. Pero ¿qué era El Chalet? Antes de la irrupción militar, era la casa del director del hospital, donde vivía con su familia.

Ese 28 de marzo del ‘76 los militares encontraron al frente de la institución a un gualeguaychuense: el médico cirujano Julio César Rodríguez Otero. Como el resto de los trabajadores del lugar, fue secuestrado ilegalmente y sometido a las más tremendas e inhumanas torturas, que, entre otras secuelas, fueron lo suficientemente dañinas para impedirle ejercer la cirugía por el resto de su vida.

Ese 28 de marzo del ‘76 los militares encontraron al frente de la institución a un gualeguaychuense: el médico cirujano Julio César Rodríguez Otero

“Hermano de dos varones y dos mujeres, había estudiado medicina en Rosario y después se había ido a vivir a Buenos Aires. Donde se casó con una mujer preciosa, Dora Muñoz, que era instrumentadora quirúrgica. Tuvieron tres hijos y vivía toda la familia, como cualquier otra familia, en el chalet del Posadas, donde nosotros íbamos a comer los fines de semana”. Quien recordó esas tardes en Haedo fue María José Rodríguez, sobrina de “Quico”, como lo apodaban al hermano de su papá. En la entrevista a la que accedió hace tres años.

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1935, en el Parque Unzué. En el viejo Monumento a los Antepasados, Julio César Rodríguez Otero (sentado, de rulos a la derecha de la foto), posa junto a su amigo Don Manuel Almeida (en el medio, el más alto) y su hermano Marco Aurelio (a la izquierda, el más chico). Al costado, parada está Laura y Arnalo, los papás de Quico.
1935, en el Parque Unzué. En el viejo Monumento a los Antepasados, Julio César Rodríguez Otero (sentado, de rulos a la derecha de la foto), posa junto a su amigo Don Manuel Almeida (en el medio, el más alto) y su hermano Marco Aurelio (a la izquierda, el más chico). Al costado, parada está Laura y Arnalo, los papás de Quico.

Con 17 años, y después de recibirse en la Enova, dejó Gualeguaychú para estudiar sociología en Buenos Aires. Por lo que, más allá de “lo que la memoria decide no recordar”, tiene muy presente todo el proceso de la toma del Posadas y el secuestro de su tío.

A Rodríguez Otero lo llevaron a la Superintendencia de Seguridad Federal –conocida como Coordinación Federal–, donde “lo hicieron pelota, física y psíquicamente”, pero antes estuvo secuestrado en su propia casa.

“En ese momento yo trabajaba en la Asociación Argentina de Anestesia y, tras el golpe, cuando fui a trabajar me informaron que a mi tío lo habían detenido y me pidieron que renuncie, en ese momento me quedé sin trabajo”, recordó la socióloga.

A Rodríguez Otero lo llevaron a la Superintendencia de Seguridad Federal –conocida como Coordinación Federal–, donde “lo hicieron pelota, física y psíquicamente”, pero antes estuvo secuestrado en su propia casa.

María José recordó uno de los episodios que marcaron ese momento para la familia. “Dorita –su tía– estaba preocupada por la cantidad de libros que el tío tenía. En la biblioteca de Quico había libros míos, porque nos prestábamos bastante material, libros de Marx, Gramsci y otros autores prohibidos por la dictadura. Ella había tapado las cañerías del inodoro por tirar libros, asustada; una noche llegué con Gustavo –su futuro esposo– e inconsciente del peligro al que estábamos expuestos, nos pusimos a destapar los caños desde afuera de la casa, con los militares a unos pocos metros”, recordó.

Ni los vínculos de su tío con el Partido Comunista, ni el fuerte compromiso personal del gualeguaychuense con el barrio Carlos Gardel, que rodea el Posadas, fueron para su sobrina los motivos del ensañamiento militar con el hospital de Haedo. “Creo que los militares apuntaron a la destrucción de un modelo de hospital, de un modelo de salud.

No buscaban a una persona, quisieron destruir una modalidad de ejercicio de la salud y la relación que el hospital tenía con los barrios pobres circundantes”, reflexionó, hace tres años, la sobrina de Rodríguez Otero.

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