El problema no es solamente Kirchner
El problema no es solamente Kirchner. Este sujeto no es ni más ni menos que el emergente de un problema que tiene su inicio 80 años atrás. Por poner el golpe de José Félix Uriburu como mojón en lo que significa el desprecio por la irrestricta vigencia de los valores institucionales.
Por Raúl Lissarrague
OpiniónBasta para comprobarlo situar delante de nuestros ojos una radiografía seriada de lo que Argentina fue, de lo que la Argentina pudo haber sido, y lo que la Argentina es.La contundencia de analizar datos objetivos nos permitirá comprobar que, desde hace 80 años, venimos experimentado una lamentable y vergonzosa decadencia. Los datos estadísticos en una mano y las noticias de la actualidad en la otra, configuran una balanza que, de modo implacable, nos demuestra que no "tenemos" un problema, sino que "somos" el problema mismo. A nosotros nos pasa "nosotros".Si aceptamos esta verdad a cal y canto, por cruda que sea, estaremos en condiciones de empuñar el picaporte hacia la esperanza. La esperanza hacia un verdadero destino de grandeza. De grandeza real, consistente, sólida. Y no aquella que se asomó con paso firme hace 100 años, para diluirse poco tiempo después.Recuerdo que a mis 10 años de edad solía recorrer un mapamundi compadeciéndome de los chicos que habitaban países pobres. Hasta las naciones europeas caían bajo mi conmiseración.Así era el resabio onírico que tuvimos de aquella luminosa alborada de grandeza, que tan pronto se opacó bajo densos nubarrones, sin que nos diésemos cuenta.Por señalar un solo dato analicemos la potencialidad territorial argentina, que es desplazada del 8° lugar del planeta únicamente si se considera a Europa con un solo país. Sumemos a este privilegio nuestro aislamiento insular sureño, cuyas desventajas son compensadas por la inexistencia de grandes conflictos en las vecindades de la región.¿Qué hemos hecho?, me pregunto. ¿Cómo pudimos, varias generaciones, aceptar una pendiente tan pronunciada y perniciosa?Digámoslo sin ambages. Al recorrer nuestra historia desde1930 hasta el presente, casi todo es deterioro: Nuestra endeblez económica estructural, la desactualización de la infraestructura necesaria y el desmantelamiento de la existente en transporte, caminos, generación y distribución energética, y tantas más. ¿Qué hemos hecho?, repito.De 1880 a 1910, pasamos de la nada al esplendor. En los últimos 80 años, ningún país retrocedió tanto como nosotros.Curiosamente, cuando cumplíamos nuestros 100 años nacía Finlandia. País que se encuentra entre los primeros del mundo. Sin corrupción, ni analfabetos, ni desnutridos y con educación obligatoria hasta los 16 años. Evidentemente; algo nos pasa.¿Qué nos pasa? Tengo fundadas sospechas acerca de este interrogante. En 1868 Sarmiento, con el brazo firme de Avellaneda como Ministro, puso en marcha una epopeya educacional sin precedentes. La población estudiantil creció a más del triple durante su gestión, se crearon -además- el Colegio Militar y la Escuela Naval, el Observatorio Astronómico, la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas. El avance llegó hasta la creación de una Escuela de Sordomudos.Con esa llave maestra, la de la educación, la Argentina pudo mostrarse erguida ante el mundo cuando se celebró nuestro centenario.Lo que sigue lo conocemos. Durante los últimos 80 años fuimos relegando a la educación hasta transformarla en un furgón de cola que, por tal ubicación, empujó al tren argentino hacia todo tipo de desvíos.Uno de los más graves; la progresiva desaprensión por los valores morales e institucionales.Es que el desprecio por lo institucional es hijo de la ignorancia, y padre de casi todos los males que padecemos.El hombre de la calle no alcanza a advertir hasta qué punto, la degradación institucional lo agrede desde la mañana a la noche. No nota que la anomia imperante lo desprotege desde que pone un pie en la calle para ir a trabajar.El acatamiento de las normas, el respeto por las instituciones, parecen estar situadas en las alturas abstractas de lo filosófico político. Pero no, afectan al ciudadano en las más elementales cuestiones de su vida cotidiana. Lo que ocurre es que, por lo general, no se dan cuenta.Ortega y Gasset decía: "No se dan cuenta de lo que les pasa, y como no se dan cuenta de lo que les pasa, les pasa lo que les pasa".Cuando el ciudadano comprenda cabalmente que el imperio de la mentira, la vocación por eludir las normas, la inclinación hacia la condescendiente y maliciosa demagogia, pega en la línea de flotación de sus derechos y garantías. Cuando comencemos a darnos cuenta de lo que nos pasa. Lograremos comprobar que los slogans, prebendas y facilismos nos transforman en una presa inerme ante el atropello y la injusticia.Lo grave es que el argentino está tan acostumbrado al incumplimiento sistémico de la ley, que no advierte lo terminal que significa su ausencia.No solamente los dirigentes son reacios a cumplir la ley. Los argentinos, en general, lo son. Un académico hace aerobismo por el césped de Palermo, sin respetar los carteles que lo prohíben, sin el menor sentimiento de culpa. Eso sólo, lo demuestra todo.Producimos alimentos para 300 millones de personas, mientras el Dr. Abel Albino - Presidente de Fundación Conin (Cooperadora para la nutrición infantil), lucha denodadamente contra esta vergüenza, advirtiéndonos que estamos creando una generación de inválidos intelectuales, pues los niños que no reciben la alimentación adecuada en su primer año de vida, no despliegan de cableado neuronal, y ya nunca lo podrán lograr. Son millones en la argentina que no van a contar con las más elementales herramientas para su vida. Repito ¿Qué nos pasa?Pasa que nos falta educación. Por eso somos cortoplacistas, por eso no tenemos Políticas de Estado como si las tienen Brasil, Uruguay o Chile.Cuando nos sacrifiquemos, sabiendo que no veremos el resultado de nuestro trabajo, sino que lo podrán valorar y disfrutar nuestros bisnietos, habremos retomado el paso hacia la creación de un país serio, confiable, digno.
Por Raúl Lissarrague
OpiniónBasta para comprobarlo situar delante de nuestros ojos una radiografía seriada de lo que Argentina fue, de lo que la Argentina pudo haber sido, y lo que la Argentina es.La contundencia de analizar datos objetivos nos permitirá comprobar que, desde hace 80 años, venimos experimentado una lamentable y vergonzosa decadencia. Los datos estadísticos en una mano y las noticias de la actualidad en la otra, configuran una balanza que, de modo implacable, nos demuestra que no "tenemos" un problema, sino que "somos" el problema mismo. A nosotros nos pasa "nosotros".Si aceptamos esta verdad a cal y canto, por cruda que sea, estaremos en condiciones de empuñar el picaporte hacia la esperanza. La esperanza hacia un verdadero destino de grandeza. De grandeza real, consistente, sólida. Y no aquella que se asomó con paso firme hace 100 años, para diluirse poco tiempo después.Recuerdo que a mis 10 años de edad solía recorrer un mapamundi compadeciéndome de los chicos que habitaban países pobres. Hasta las naciones europeas caían bajo mi conmiseración.Así era el resabio onírico que tuvimos de aquella luminosa alborada de grandeza, que tan pronto se opacó bajo densos nubarrones, sin que nos diésemos cuenta.Por señalar un solo dato analicemos la potencialidad territorial argentina, que es desplazada del 8° lugar del planeta únicamente si se considera a Europa con un solo país. Sumemos a este privilegio nuestro aislamiento insular sureño, cuyas desventajas son compensadas por la inexistencia de grandes conflictos en las vecindades de la región.¿Qué hemos hecho?, me pregunto. ¿Cómo pudimos, varias generaciones, aceptar una pendiente tan pronunciada y perniciosa?Digámoslo sin ambages. Al recorrer nuestra historia desde1930 hasta el presente, casi todo es deterioro: Nuestra endeblez económica estructural, la desactualización de la infraestructura necesaria y el desmantelamiento de la existente en transporte, caminos, generación y distribución energética, y tantas más. ¿Qué hemos hecho?, repito.De 1880 a 1910, pasamos de la nada al esplendor. En los últimos 80 años, ningún país retrocedió tanto como nosotros.Curiosamente, cuando cumplíamos nuestros 100 años nacía Finlandia. País que se encuentra entre los primeros del mundo. Sin corrupción, ni analfabetos, ni desnutridos y con educación obligatoria hasta los 16 años. Evidentemente; algo nos pasa.¿Qué nos pasa? Tengo fundadas sospechas acerca de este interrogante. En 1868 Sarmiento, con el brazo firme de Avellaneda como Ministro, puso en marcha una epopeya educacional sin precedentes. La población estudiantil creció a más del triple durante su gestión, se crearon -además- el Colegio Militar y la Escuela Naval, el Observatorio Astronómico, la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas. El avance llegó hasta la creación de una Escuela de Sordomudos.Con esa llave maestra, la de la educación, la Argentina pudo mostrarse erguida ante el mundo cuando se celebró nuestro centenario.Lo que sigue lo conocemos. Durante los últimos 80 años fuimos relegando a la educación hasta transformarla en un furgón de cola que, por tal ubicación, empujó al tren argentino hacia todo tipo de desvíos.Uno de los más graves; la progresiva desaprensión por los valores morales e institucionales.Es que el desprecio por lo institucional es hijo de la ignorancia, y padre de casi todos los males que padecemos.El hombre de la calle no alcanza a advertir hasta qué punto, la degradación institucional lo agrede desde la mañana a la noche. No nota que la anomia imperante lo desprotege desde que pone un pie en la calle para ir a trabajar.El acatamiento de las normas, el respeto por las instituciones, parecen estar situadas en las alturas abstractas de lo filosófico político. Pero no, afectan al ciudadano en las más elementales cuestiones de su vida cotidiana. Lo que ocurre es que, por lo general, no se dan cuenta.Ortega y Gasset decía: "No se dan cuenta de lo que les pasa, y como no se dan cuenta de lo que les pasa, les pasa lo que les pasa".Cuando el ciudadano comprenda cabalmente que el imperio de la mentira, la vocación por eludir las normas, la inclinación hacia la condescendiente y maliciosa demagogia, pega en la línea de flotación de sus derechos y garantías. Cuando comencemos a darnos cuenta de lo que nos pasa. Lograremos comprobar que los slogans, prebendas y facilismos nos transforman en una presa inerme ante el atropello y la injusticia.Lo grave es que el argentino está tan acostumbrado al incumplimiento sistémico de la ley, que no advierte lo terminal que significa su ausencia.No solamente los dirigentes son reacios a cumplir la ley. Los argentinos, en general, lo son. Un académico hace aerobismo por el césped de Palermo, sin respetar los carteles que lo prohíben, sin el menor sentimiento de culpa. Eso sólo, lo demuestra todo.Producimos alimentos para 300 millones de personas, mientras el Dr. Abel Albino - Presidente de Fundación Conin (Cooperadora para la nutrición infantil), lucha denodadamente contra esta vergüenza, advirtiéndonos que estamos creando una generación de inválidos intelectuales, pues los niños que no reciben la alimentación adecuada en su primer año de vida, no despliegan de cableado neuronal, y ya nunca lo podrán lograr. Son millones en la argentina que no van a contar con las más elementales herramientas para su vida. Repito ¿Qué nos pasa?Pasa que nos falta educación. Por eso somos cortoplacistas, por eso no tenemos Políticas de Estado como si las tienen Brasil, Uruguay o Chile.Cuando nos sacrifiquemos, sabiendo que no veremos el resultado de nuestro trabajo, sino que lo podrán valorar y disfrutar nuestros bisnietos, habremos retomado el paso hacia la creación de un país serio, confiable, digno.
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