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El renacer del centro cívico de la Colonia El Potrero

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Docentes de El Potrero

Después de años de olvido y desidia, un grupo de vecinos y la Junta de Gobierno de Costa Uruguay Norte organizaron un festival de jineteadas a beneficio de las escuelas rurales de la zona.

Poner en uno o en algunos nombres el esfuerzo realizado resultaría injusto. Muchas fueron las manos que trabajaron en la reconstrucción de las instalaciones y el mejoramiento del centro cívico El Potrero, punto obligado de encuentro de las familias que colonizaron la zona hace casi setenta años.

Reuniones, bailes y partidos de fútbol se desarrollaban en el lugar. “En aquellos años podíamos armar hasta tres equipos, mientras que hoy no llegamos a los once jugadores”, señaló Edgardo Cedrés, uno de los pocos que sigue viviendo en la colonia, acompañado de Julio Koch.

Tiempo atrás, no hace demasiado, la naturaleza avanzaba sin freno sobre el predio y el salón de usos múltiples, hasta que comenzaron los trabajos para poner nuevamente en funcionamiento un sitio histórico. Desmontar, cortar el pasto, arreglar y pintar los postes de los alambrados para el festival. Todos pusieron manos a la obra. La fecha inicial era el 12 de marzo, pero una lluvia inoportuna obligó a postergar el evento para el domingo 26, fecha en la que las instalaciones fueron colmadas por los amantes de las jineteadas, habitantes de la colonia, por otros tantos que alguna vez lo fueron, y por familias de otras zonas rurales y la ciudad.

Todo lo recaudado fue destinado a obras y mejoras de establecimientos escolares de la zona, que supo tener a 200 familias en la década del 40.

Nazareno Esponda, presidente de la Junta de Gobierno de Costa Uruguay Norte, contó a ElDía que  hace un año y medio vienen “trabajando en la recuperación del lugar” para “dejarlo en condiciones”.

“La jinetada es uno de los pocos eventos, además de algún que otro baile, que podemos realizar en el campo a lo largo del año, recaudando, de esa manera, fondos para las escuelas que siempre necesitan algo”, expresó.

El responsable de la junta y empleado rural entiende que “los que vivimos tierra adentro estamos algo olvidados”, y por eso “surgen estas ideas, para ayudar”.

El festival resultó un éxito. En un principio se aguardaban sesenta montas, pero luego se sumaron algunas cuantas tropillas más y llegaron a las cien.

Éxodo rural

Es una tendencia que se acentúa cada año. Con preocupación, Esponda habló del cada vez más pronunciado éxodo rural. “La juventud se va en búsqueda de mejores horizontes, y en cuanto a los mayores, varios decidieron emigrar a la ciudad por la falta de caminos en condiciones, agravados por los últimos temporales, que terminaron de romper lo poco que quedaba sano”.

“De 170 alcantarillas que tenía la colonia, se deben cambiar al menos noventa, con un costo de diez mil pesos cada una. Cuando la junta recibe $50 mil en forma mensual”, agregó.

Más allá de las malas, el presidente de la junta de gobierno no pudo ocultar la emoción de ver al Centro Cívico a pleno. “En el izamiento del pabellón nacional se me escaparon un par de lágrimas”, ya que “se trató de un momento especial para todos los que nos hemos criado en la zona, momentos que nos incentivan a seguir luchando, trabajando para una colonia que supo ser modelo de producción”.

Las escuelas rurales

Los docentes fueron los encargados de trabajar en la puerta de ingreso, cobrando el acceso a todos los que asistieron al festival.  La mayoría son personal único y cuentan con un promedio de 9 a 10 alumnos por establecimientos. Cuando en los inicios de la colonia y, sobre todo, en el esplendor de la misma, la matrícula no bajaba de los 30 o más chicos.

María Luz Pedroza, docente de la Escuela Nº 110 “Semana de Mayo”, contó que tiene “nueve chicos a cargo, en una escuela que supo tener treinta alumnos en 1999”.

Dicho establecimiento se encuentra entre las calles 4 y 7, caminos que se tornan “difíciles de transitar cuando llueve”, explicó la docente que debe atravesar un campo que da a la enripiada ruta 42, cuando el agua la obliga.

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