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En el Citröen de Jeannot

Era un sábado de mañana. Año 1990. Vaya a saber qué mes. Había llovido. Hacía calor. Yo, con 17 años, iba de copiloto. Me acuerdo como si fuera hoy.

Por Luis Apesteguía

Por un callejón rodeado de talas, camino al Gualeyán, el Citröen avanzaba a los tumbos por el barro. Coleteaba a bandazo limpio. El motor rugía, pero el conductor parecía no escucharlo. Agarrado al volante con la adrenalina de un adolescente que le robó el auto a sus padres, reía y disfrutaba. Como un chico, se divertía a lo grande.

De golpe, lo impenetrable del barrial le obligó a frenar. Miró el panorama. Pensó. Y se jugó por una decisión intrépida: ¡enfilar al costado por una rendija del camino y trazar un “by-pass” a campo traviesa! Si ya era infartante, ahora la escena adquiría ribetes cinematográficos: el auto, chirriando pistones e imprimiendo sus huellas paralelas en el pasto mojado, esquivaba pozos, espinillos, hormigueros, charcos y maleza. Así, entre patinadas y medios trompos, el callejón apareció de nuevo, ya más transitable.

Al ver la hazaña de lejos, cualquier observador hubiera adjudicado al hombre del volante la condición de un avezado corredor de rally. Pero no. Era nada menos que el legendario Padre Jeannot, con 73 años a la espalda. Un alma de niño, sin ingenuidades. Simple y sencillo, pero no inmaduro. Alegre de verdad, nunca frívolo. Con ganas de aventura y repleto siempre de proyectos de servicio. Un sacerdote enamorado de su Dios, de su gente y de su tierra.

Aquel día llegamos a destino como tantas veces: un pequeño muelle para salir a recorrer el Gualeyán a golpe de remos, entre mate y mate. Un plan que hacía sus delicias y constituía su único descanso, salpicado de lecturas, oración y silencio reflexivo.

Era la zona donde había nacido, en el ya lejano 1917; donde se sentía cómodo, en sus raíces; donde se crió y trabajó; donde pasó frío y no poca hambre; donde cosechó los primerísimos de esos miles de amigos que vendrían después; donde estudió hasta el cuarto grado, porque en el arranque del 1900 la primaria completa era un lujo vedado a las chacras gualeyaneras.

La clave de su vida

Aunque no fue entre aulas y pizarras donde adquirió las primicias de esa sabiduría inmensa que informó su vida. A su ciencia, él la aprendió en otra escuela: la del trabajo, arqueándose bajo soles inclementes y tiritando al relente de las heladas tempraneras; la aprendió en el sufrimiento soportado en intimidad de familia, sin quejas y con fe, superándose en cada quebranto.

Asomarse a la biografía del Padre Jeannot es verlo curtido en el dolor desde su infancia, convirtiendo achaques en ofrendas: así se hizo fuerte para darse a Dios del todo, “como la flor da su perfume y el astro da su luz”, según dejó escrito en un poema.

¿Quién iba a decir que ese niño enteco y enfermizo, de tan tenues balbuceos académicos, se iba a convertir en el genial poeta que fue, en el hombre culto de oratoria electrizante, en el pensador lúcido de felices intuiciones, en un cura gaucho que entendía de filosofías y latines?

Aunque si es verdad que llegó a ser un humanista exquisito de aguda sensibilidad poética, no es menos cierto que su identidad estaba impregnada y determinada toda ella por su vocación divina: el sacerdocio que recibió en Paraná el 18 de diciembre de 1942 y que ejerció heroicamente durante 65 años. Esa, y no otra, es la clave que unifica y explica las poliédricas dimensiones su vida.

Ya van 12 años de su fallecimiento, ocurrido con fama de santidad el 30 de julio de 2008. Y aquella audaz travesía en el barro se me viene a la memoria al recordar la época -dorada para mí- en que tuve la suerte de compartir horas y horas dentro de su Citroen, haciéndole de copiloto y secretario por los campos de Gualeguaychú. No fui el único, ni mucho menos. Se cuentan por decenas los jóvenes gualeguaychuenses que, año tras año, le asistían en sus correrías misioneras.

Me parece que aquel osado atrevimiento suyo, arremetido cuando tenía 73 años –ladear un barrial metiéndose en un campo encharcado-, refleja bien la actitud joven y vital que mostró siempre: superarse, ir a más, vencer obstáculos a base de ensayar otros caminos.

El Presbítero Luis Jeannot Sueyro, auténtico Quijote del siglo XX, nombrado ciudadano ilustre en 1991 y uno de los Mayores Notables Argentinos en 1997, pasó su vida andando nuestros campos, calles y hospitales. Cuando yo lo conocí, su Rocinante era un desvencijado Citroen.

Y podemos, los veteranos de Gualeguaychú, atestiguar que hombre y máquina, en despareja unidad de grandeza y pequeñez, formaban un absoluto y luminoso ícono de nuestra geografía urbana.

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