Ciudad | Gualeguaychú

Esas costumbres tan criollas de tomar mate y dormir la siesta

Se trata de prácticas sociales arraigadas, a la vez que saludables, que han estado presentes en la formación de la sociedad nativa y que resisten el paso del tiempo.

Marcelo Lorenzo

Tomar mate y dormir la siesta constituyen rituales muy apreciados en el pago chico. Son prácticas antiguas y bien criollas, propias de tierra adentro, especialmente entrerrianas.

Forman parte de esos usos y costumbres heredados de cuando Gualeguaychú era una villa hispana y que continuaron en la época poscolonial. Y dada su vigencia cabría postular que son rasgos identitarios de los gualeguaychuenses.

Los relatos históricos dan cuenta que el mate y la siesta eran singularidades que alcanzaban a los primeros pobladores, cualidades que atravesaron fronteras y estratos sociales.

Hacia el 1820 el mate era un elemento omnipresente en la vida cotidiana, construyéndose en torno a él la sociabilidad de la época.

Eso cuenta la historiadora Elsa Bachini al describir las célebres tertulias de entonces. “Duraban por lo general hasta la medianoche y en ellas era de rigor convidar con mate”, refiere, tras indicar que “esto ocurría entre las familias de mayor rango y fortuna tanto como en las de condición humilde”.

Y comenta: “Con estas tertulias familiares, que resultaban tan entretenidas como económicas, pues con un poco de yerba y azúcar y el fuego mantenido en el brasero, se agasajaba a los concurrentes, empieza la vida social de nuestro pueblo sobre todo para los jóvenes, hombres y mujeres”.

El escritor local Marco Aurelio Rodríguez Otero hace una pintoresca descripción de esta costumbre en el viejo Gualeguaychú. Cuenta que en las casas se mateaba a toda hora, mientras se hacían los quehaceres domésticos.

Eso hacían las mujeres, en horas de la mañana y de la tarde, “espumando el puchero, barriendo, baldeando, arreglando las piezas, planchando a carbón y, tras el último mate de la tardecita, comenzando a preparar la cena”.

Y señala que el mate de calabaza de buen tamaño estaba presente en todos lados, “en el despacho del comisario, la trastienda del boticario, la mesita auxiliar del sastre, la ventanita del capo del saladero”.

Desde los orígenes cebar “unos verdes” es visto como un símbolo de compañía y encuentro. Así lo vieron los grupos de inmigrantes que aportaron a la formación de la sociedad nativa, para quienes tomar mate implicaba sociabilizar con los otros grupos humanos y era una forma de acriollarse.

Al respecto, al hablar de los alemanes del Volga en la Aldea San Antonio, Yohana Euler Brunz y Lucía Ochoa cuentan que este grupo étnico calificaba al mate como la “pipa de la paz argentina” y abrazó con entusiasmo este hábito autóctono.

Los poetas locales, en tanto, han encontrado en el mate una fuente de inspiración. Por ejemplo Pablo J. Daneri, conocido como “Pebete”, muestra la plena identificación con esta práctica en este poema:

“Tomando mates y escribiendo versos / se inaugura sin sueños la mañana, / el júbilo de un pájaro despierta / en el breve sonido de su flauta. / Qué simple la faena que se inicia / con la luz matinal y con el agua / del mate repetido que se bebe / con la boca sedienta y con el alma”.

En cuanto a la siesta, siempre se trató de un rito que llamó la atención de los extranjeros que visitaron la villa del siglo XVIII, aunque se sabe que es una tradición heredada de los españoles.

Según cuenta la historiadora Leticia Mascheroni, los primeros pobladores seguían una rutina diaria que comenzaba muy temprano con la misa, seguía con el desayuno, y luego cada uno se ocupaba de sus actividades hasta la hora del almuerzo en familia.

A partir de allí venía la siesta, que era “sagrada”. “A los viajeros les impresionó mucho la desolación que reinaba en esa hora”, dice Mascheroni al describir la imagen que devolvía el pueblo después del almuerzo a los ojos foráneos, un parate que se extendía hasta alrededor de las 5 de la tarde.

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Al parecer los españoles habrían adoptado la siesta de los conquistadores romanos de la península ibérica y de hecho el nombre de esta costumbre proviene del latín y significa “la sexta hora”.

El origen remoto de la siesta data de la Antigua Roma y su división de los días en 12 horas. Dada la distribución del horario “la hora sexta” correspondía al mediodía, el momento de máxima luz solar y sin duda la más calurosa, sobre todo en el mediterráneo, motivo por el cual los romanos la eligieron para reposar.

En la Edad Media, San Benito Abad, fundador de los benedictinos (orden que evangelizó América), implantó una regla que indicaba guardar reposo y silencio a “la hora sexta”, convirtiéndose así ese monje en una suerte de patrono de la siesta.

En la actualidad, los porteños se ríen de esta costumbre lugareña de dormir un tiempo luego del almuerzo, a la que identifican con la pura vagancia.

Sin embargo, hoy la ciencia y la medicina recomienden este reposo al mediodía. Y preconizan cortar la jornada con un descanso, para retomar las actividades de la tarde con nueva energía y concentración.

MITO RURAL

En Entre Ríos la siesta se asocia a un mito de la zona rural: La Solapa. Según esta creencia las familias que trabajaban la tierra desde horas muy tempranas, necesitaban descansar a la siesta, sobre todo en verano. Pero la pausa dejaba a lo gurises a su libre albedrío.

Una manera de protegerlos, evitando que se alejaran de la casa, donde existen siempre peligros y tentaciones, era asustarlos con La Solapa. Este mito cumple así una función social: mantener a los chicos cerca de sus padres mientras éstos descansan.

Según la cultura popular La Solapa es una mujer mala y fea, muy alta, de largo vestido blanco y con un gran sombrero, que aparece sigilosamente en forma sorpresiva a la siesta y se lleva a los gurises que a esa hora andan fuera de su casa.

Son los niños los habitantes cómplices de este mágico momento del día que en Entre Ríos reviste un encanto especial, como reflejan estos versos de la profesora gualeguaychuense María Beatriz Ronconi:

“Resecos chirridos / canta la chicharra, / en la dulce tarde / de siesta entrerriana / Talones desnudos / en secreto pasan / y trepan la verja / burlando distancias. / Manitas traviesas / las ramas alcanzan / y en los labios frescos / las ciruelas danzan. /Al severo grito / sigilosos bajan / y pensando en otra / travesura, callan”.

HERENCIA ABORIGEN

La expresión “panza verde”, con la que se describe a los nativos de Entre Ríos, siempre se prestó a confusión. Es lógico que se creyera que es por la devoción autóctona al mate.

Los historiadores aclaran, sin embargo, que así se identificaba a los soldados del general Francisco Ramírez, cuya pechera blanca se teñía de verde cuando se arrastraban por el pasto durante los combates.

Como sea, aquí el amor por la infusión de yerba mate es cosa seria y es una práctica que se remonta a los antiguos pobladores del territorio, concretamente de los aborígenes guaraníes.

Este pueblo originario vivía en una región donde crecía, en forma abundante, la planta silvestre de yerba mate. Los guaraníes sorbían el mate en pequeñas vasijas de barro, reteniendo la yerba con los dientes.

Según cuenta Mario Alarcón Muñíz, en su libro “Entrerrianías”, cuando los españoles llegaron al territorio y conocieron la infusión, la adoptaron. Pero perfeccionaron la forma de consumirla creando la bombilla.

El padre José Guevara, en sus apuntes sobre la vida social en estas tierras en tiempos de la colonia, testimonia esta importancia (según se lee en “Entrerrianías”), en estos términos:

“Es tan común la bebida del caá (mate) que desde el bozal más negro hasta el caballero más noble, la usan. Si llega un huésped, aunque sea a una vil choza o un rancho campestre se le da mate. Si está cansado, mate para descansar; si sudado, mate para desudar; si sediento; mate para apagar la sed; si soñoliento, mate para despabilar el sueño; si con la cabeza cargada, mate para descargarla; si con el estómago descompuesto, mate para que lo componga”.

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