Fábricas que hicieron grande a la ciudad, que hoy duermen en el imaginario social
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Tuvieron su época de esplendor pero el paso del tiempo y la modernidad las obligó a cerrar sus puertas. En la actualidad, la mayoría de estas empresas yacen en la memoria de sus contemporáneos, mientras que hay otras que han dejado en pié el vestigio de lo que alguna vez llegaron a ser. Riera/ Peralta/ Skubij /Navarro La historia de Gualeguaychú muchas veces se escribe por los hombres que habitaron este suelo y por los logros que tuvieron, pero poco se sabe de aquellas industrias que formaron parte de esa historia y que existieron en la primera mitad del siglo XX.En la actualidad muchas de esas empresas - en el mejor de los casos - solo han dejado parte de los inmuebles que alguna vez habitaron. En otros casos, la modernidad devoró esos inmuebles y solo ha quedado el recuerdo en aquellas personas que pudieron verlas.Diario ElDía rescató de esas memorias, historias sobre cuatro grandes fábricas que tuvo Gualeguaychú y que poco se sabe al respecto, como el caso de una galletitería, una cervecería y una sodería. La Hobena: las galletitas más ricas de GualeguaychúEl edificio de La Hobena es un testigo mudo de gran parte de la historia de Gualeguaychú, principalmente de todo el siglo XX. Sus paredes, añosas pero fuertes como el hormigón, sirven hoy como murales para los artistas callejeros que expresan sus ideas sobre un edificio que preserva el estilo arquitectónico de una época dorada.Pedro Augras (Ogras) nació en Francia, en un pueblo medieval llamado Burge, ubicado en el centro del país galo. Este hombre llegó a Gualeguaychú a finales del siglo IXX y sobre las ruinas del viejo molino de Caviglia, don Pedro Augras, levantó el edificio de "La Hobena" por 1890, pero finalmente, fue inaugurado en enero de 1908, según refiere el periódico local "El Noticiero".Leonardo Caviglia había establecido en Gualeguaychú uno de los primeros molinos harineros y por unos años fue el más moderno, cuya maquinaria a vapor fue traída especialmente desde Londres. Comenzó a funcionar en 1860, elaborando harina de trigo y de maíz, fideos y galletitas, productos que se repartían en todo el país e incluso se exportaban, pero un incendio lo destruyó totalmente por lo cual el lugar fue conocido durante mucho tiempo como "el molino quemado".Ese predio fue comprado por otro comerciante del rubro molinero de apellido Caravelli, que tenía su molino en la esquina de calles Luis N. Palma y Roca, pero este hombre nunca hizo funcionar "el molino quemado" y por una hipoteca, un banco de Buenos Aires lo remató.Fue allí donde el francés Augras compra el inmueble y levanta su fábrica. El edificio tenía una nave central en forma de T, subdividida en cuatro espacios principales y a su alrededor se encontraban las dependencias de servicios, elaboración, empaque y depósito.La fachada tenía tres planos horizontales separados por cornisas; numerosas aberturas (algunas falsas), modulaban el frente, la mayoría en arco de medio punto en el primer piso. Las de planta baja estaban enmarcadas por rejas de hierro forjado tipo abanico.Muy bonitas jambas con molduras y rejas móviles para descarga de mercadería.El último piso, más corto, mostraba cinco ventanas de vidrios repartidos y arcos de ¼ de punto. La cornisa doble superior reforzaba los arcos abiertos centrales que enmarcaban la fachada. (Fuente: Colegio de Arquitectos de Entre Ríos).Sobre las ventanas de la planta intermedia se distinguía el nombre de la empresa: "FÁBRICA DE GALLETITAS LA HOBENA", y en la pared que daba al norte se leía "LA HOBENA", en letras grandes.La empresa contaba con su propia fábrica de envases, etiquetado y embalaje. Las cajas que contenían el producto eran muy apreciadas sobre todo por los dibujos artesanales, diseños proporcionados desde Buenos Aires, que distinguían la calidad. Las latas de las galletitas eran esmaltadas a fuego, y mucha gente llegó a coleccionarlas.Las "LYA" y "NUMA" eran las preferidas y sus sabores y presentación eran muy requeridos para regalos al tiempo que para exportación. Sus nombres se prestaron para la rima en la publicidad que la empresa hacía en los periódicos locales. Si siente usted pesar,en su alma y honda pena,mande presto a buscargalletitas a La Hobena. Y verá en un instanteque si algún pesar teníaera el deseo anhelantede ingerir un par de Lya. Y adquirirá más valory más fuerza que un puma;Si además gusta el saborde la incomparable Numa. Galletitas a La Hobenamandará usted a buscar,si no quiere sentir penay feliz la vida pasar Esta fábrica de galletitas fue una pionera en el marketing, fabricando varios elementos que se regalaban a los clientes con la inscripción de La Hobena. Relojes de cocina realizados en chapa enlozada en forma de plato, con los números pintados sobre el perímetro y con la leyenda "La Hobena Gualeguaychú".También se regalaban cortapapeles y otros elementos de escritorio para la publicidad de la fábrica pero hasta el día de hoy nada se conoce sobre el significado de la marca. El 20 de mayo de 1927 la sociedad "La Caridad" festejó sus cincuenta años, con una exposición comercial e industrial en los jardines de la Sociedad Rural, en calle Rocamora próxima a la estación del ferrocarril. En ella expuso "La Hobena" sus productos que contaron con la aprobación de los concurrentes.Augras fue un industrial destacado de la época porque su empresa gozaba de mucho prestigio, incluso fue presidente del Centro Comercial de Gualeguaychú en el año 40.Pedro Augras fue una persona muy culta que a pesar de emigrar de su país natal nunca se olvidó de su madre patria y por eso todavía se lo recuerda encabezando una manifestación de alegría por el centro de Gualeguaychú cuando las tropas aliadas liberaron Paris en la Segunda Guerra Mundial.Tuvo un hijo que lo siguió en sus pasos y se hizo cargo del inmueble cuando falleció en la década del 40, cuando ya no se hacían galletitas. La fábrica no escapó a la crisis económica de mediados de siglo. La escasez de materia prima, la dificultad para conseguir mercados producida por un mundo en guerra y la mecanización agotaron la brillante trayectoria de La Hobena.Su hijo fue una persona muy ermitaña, de muy buen trato, amable pero poco sociable. Aprovechando varias de las máquinas con las que se hacían los paquetes de las galletitas, montó una imprenta de excelente calidad, que a su cierre en la década del 50, algunas de estas máquinas fueron compradas por la imprenta Nazer, en Urquiza y Alberdi.Los Augras tenían su casa sobre calle Caseros, entre San Martín y Bolívar, pero no hay muchos datos (son casi nulos) sobre la vida de esta familia, incluso no se sabe con certeza qué pasó con el hijo de Pedro Augras. La poca información al respecto es que vivió en el inmueble de La Hobena, donde funcionó la imprenta, y que murió relativamente joven.Fuentes: Evocaciones del ayer, profesora Leticia Mascheroni, Gustavo Rivas y Germán "Ruli" Duboscq Cuando la cerveza "se envasaba en porrones de cerámica o barro cocido"La Cervecería Entre-riana, conocida por sus contemporáneos como cervecería Balerdi, en alusión al apellido de quien fue su creador, Don Luís Balerdi, es uno de los negocios con mayor arraigo histórico en el imaginario popular gualeguaychense. ElDía habló con Alberto Flejas, bisnieto de Don Balerdi, quien relató experiencias de su infancia en la cervecería y sodería de la familia.La Cervecería Entre-riana funcionó en la esquina de Luís N. Palma y Schachtel en lo que décadas atrás era el barrio oeste de Gualeguaychú (hoy el oeste le ganó varios kilómetros a la ciudad). La cerveza "se envasaba en porrones de cerámica o de barro cocido", y además se fabricaba una bebida sin alcohol llamada "Teddy".Según relató Flejas, su bisabuelo era vasco, y "debe haber llegado a la ciudad huyendo de la guerra 'carlista' en la que los vascos fueron derrotados". Por algunos datos que obtuvo, cree que "la cervecería se puso entre 1860 y1870".En ese entonces, la cerveza llegaba desde Buenos Aires, desde la Quilmes Central. Los barriles viajaban en barco o en tren y desde el puerto o la estación eran transportados hasta el negocio por "un carro de un caballo, pintado de rojo con un letrero en los laterales que decía Quilmes, conducido por el 'Tete' Mostto". La concesión de la QuilmesNo hay datos precisos que determinan el año exacto en que cerró la Cervecería Entre-riana para funcionar como concesionaria de la Quilmes. Flejas estima que "tiene que haber cerrado entre 1910 y 1920, porque en el año 1921 ya era concesionario de la Quilmes; cuando los Weimberg ponen la Quilmes salen al interior del país a comprar las fábricas de cerveza, y les daban a los antiguos dueño la concesión", contó."De chico llegué a ir a la Quilmes, porque todos los años invitaban a los concesionarios a una gran fiesta que hacían en la planta de Buenos Aires; era todo una chopería alemana, ahí te invitaban a una Fiesta de la Cerveza, yo me quedaba con las ganas porque era chiquito", recordó. Fabricación casera Flejas recuerda trazos de su infancia, cuando bajaban al sótano donde se fabricaba la cerveza: "Estaba oscuro y cerrado, y había muebles con etiquetas; había tapitas a presión y varias máquinas", además "la sodería tenía máquinas para envasar la soda, era un sistema muy similar al de la cerveza; unas maquinitas como con un pedestal, un pedal y tenía dos jaulitas con dos picos, uno para el líquido y otro para el gas"."Agarraban un sifón, lo calzaban en el pico y le daban gas y agua hasta que estaba lleno; mientras uno hacía eso, otro iba cambiando de lugar los sifones, era todo manual", contó."Las jaulitas eran porque a veces, si se pasaban de presión, los sifones reventaban; mi abuelo tenía cicatrices en el cuerpo porque de chico había estado envasando cerveza, y a veces se confiaban y no lo hacían dentro de la jaula y el envase reventaba".Flejas recuerda que se guardaba cerveza todo el año para el verano, que era el fuerte en ventas. "El chop era la única cerveza que una vez que la abrías tenías que consumirla porque se perdía si no; pasa que el chop era cerveza cruza, las que hoy tomamos de botella ya son cervezas elaboradas, pasteurizadas", contó y agregó: "Todo eso se almacenaba para el verano, recuerdo de haber llenado todos los galpones del depósito, que empezaban frente de la Iglesia y llegaba hasta la otra cuadra". El cierre de la cerveceríaSi bien la Cervecería Entre-riana fue concesionada por la Quilmes en las primeras décadas del siglo pasado, la concesión siguió por varios años más. Recién en los últimos años de la década del '60, cuando murió el abuelo de Alberto Flejas (la segunda generación de Balerdi en la cervecería), el negocio tuvo que cerrar. "Como él era concesionario y la Quilmes central en ese momento estaba cambiando de propietario no pudieron llegar a un acuerdo para seguir con la concesión, porque a la Quilmes en ese momento ya no le convenía tener concesionarios". Vimal, soda utilizada por varias décadas1946 en Gualeguaychú. Una ciudad con menos habitantes y un parque automotor más reducido. Las fábricas en esa época convivían con las familias en el casco céntrico.Fue el caso de Sodería Vimal que abrió sus puertas el 15 de octubre, ubicada en San Martín 547.El nombre sintetizaba la abreviación de los socios primitivos: Ismael Villanueva, Martínez Garbino (Lucio) y Álvarez. Éste último falleció a los pocos meses y su esposa vendió la parte, al poco tiempo hizo lo mismo Martínez Garbino, "por lo que papá quedó al frente de la empresa", contó a El Día Miguel Villanueva.A los 9 años tomó contacto con 'el mundo de los sifones'. Aseguró que "tuvo su impronta entre los vecinos y permaneció durante décadas en la actividad. Ocupaba un importante predio, todo lo que hoy es el hotel Embajador".El abuelo de Miguel, con sus hermanos, arribados de España, abrió una fábrica de cerveza en Mercedes, República Oriental del Uruguay. Luego se trasladó a Argentina, "cuando papá tenía tres meses".Estimó que "con 23 años se asoció por Vimal, acompañándolo el abuelo y un tío. A los años abrieron -paralelamente- la envasadora de vino Vimal en calle Luis N. Palma 22. Problemas económicos por parte de un tío mí que jugaba mucho se tuvo que vender la vinería, la compró Baggio que vendía vino suelto, funcionaba donde hoy está el Malambo -calle Rivadavia-".En tanto, la sodería ganaba la consideración de los vecinos. "Con 9 años empecé a repartir sifones, en vacaciones. Nací en 1953 y en el 62 ya manejaba una Plymoth 29, me enseñó papá. Iba acompañado por un mayor porque los sifones eran pesados, con cabeza de plomo. Lo único que hacía era manejar, una inconciencia del viejo porque tenía sólo 9 años, aunque no había 200 autos en Gualeguaychú, el tránsito era más que tranquilo".- ¿Tenía muchos clientes?Sí, era líder. El sifón Vimal estaba en todos lados, después se puso una fábrica -compartiendo el mismo predio- de gaseosas con la Crush y la Bidú. Se envasaba para toda provincia.Pasaban los años y Miguel crecía. Finalizado el secundario decide estudiar Ingeniería en Concepción del Uruguay. "Todo iba bien, aprobado segundo año, hasta que muere el abuelo y papá queda solo en la fábrica, me vine a trabajar con él".La soda Vimal se repartía en el corredor de la Ruta 14 y Ceibas, "la llevábamos los sábados a todos los almacenes y bares de la zona".En 1963 dejó de comercializar la Crush, "decide incorporar el pomelo Neu y la Seven Up que en esa época la recetaban los médicos. Era difícil que alguien la consumiese en una confitería pero salía por tema curativo, era increíble", consignó.La cerveza "Palermo" era otro punto de comercialización. "Si hubiésemos vendido cerveza como en la actualidad sería fantástico, antes no se expendía tanto, el chop lo vendíamos en barriles". Año del cierreFue en 2002. "La cerré yo, estaba dando clases en Formación Profesional, además tenía Prevención 24. En esa época hacía todo, instalaba cables, monitoreaba. Papá se enfermó y debía atender también la sodería. No había nadie de los muchachos que estaban con él capacitados para agarrarla. Fui a un abogado y les dije que mi intención era dejarle la sodería para que la manejaran pero no la quisieron, no se animaron a emprender eso. Y ahí se cerró".- ¿Le quedan muchos recuerdos?No me olvido más las cosas que hicimos. Por ejemplo, la cerveza venía en tres vagones del ferrocarril a la Estación, hacíamos decenas de viajes para traer todos los cajones porque sólo contábamos con un jeep chiquito. Íbamos y veníamos, momentos increíbles.Ese producto se consumía mucho en temporada de verano, sí salía durante el año la malta.Otro detalle para tener en cuenta. ¿Cómo enfriar la cerveza? "No contábamos con un sistema especial, traíamos de la Palermo de Buenos Aires donde hoy está el Shopping Alto Palermo. La depositábamos en cámaras que poseía el Frigorífico Gualeguaychú, enfriaban pero no congelaban. De a poco traspasábamos al Mercado Municipal, a media cuadra de nuestra fábrica. Pagábamos un alquiler", consignó Miguel Villanueva. "Peladero Entre Ríos" funcionó en Buenos Aires y BorquesHasta la década del '90 funcionó en Gualeguaychú el "Peladero Entre Ríos", curtiembre que estaba situada en el inmenso inmueble que abarca calles Caseros, Buenos Aires y Borques.Si bien su presencia en la ciudad se diluyó en el recuerdo de los memoriosos e historiadores locales, algunos de sus trabajadores o familiares de los mismos y vecinos aportaron algunos datos para armar el rompecabezas.Se recuerda poco y nada de esa curtiembre, propiedad de Isidoro Schojet, un empresario que hoy tiene unos 80 años, está jubilado y que al menos hasta 2011 fue presidente de la firma Santanita S.A. propietaria de la estancia "Los Cerritos", ubicada en Ñancay Sur.Un hombre que trabajó seis años como administrativo en el "Peladero Entre Ríos" hasta principios de los '80, contó a ElDía que allí sólo se curtía el cuero y se lo enviaba a Buenos Aires para el acabado final.La planta estaba en un lugar estratégico para la época: a 200 metros del puerto de la ciudad desde donde no sólo partían barcos sino también hasta donde llegaba el ferrocarril.Apenas algunos trabajadores y otros pocos vecinos recuerdan el funcionamiento de la curtiembre, que de acuerdo a varios testimonios coincidentes cesó en sus actividades en los '90.El dato no es menor: en esa década comenzó a generarse un interesante entramado entre gestión pública y diversos actores sociales y económicos de la ciudad que puso en marcha políticas de control ambiental para la producción industrial.El proceso comenzó con la prohibición de industrias contaminantes como las curtiembres y destructivas del ecosistema acuático como las areneras. También fueron tiempos de fuerte impulso al reciclado (papel, aceites industriales) y se desarrollaron actividades de concientización ecológica como el programa Río Vida.En los '90 se inició además la universalización de la infraestructura de servicios públicos como la extensión de la red de cloacas y de agua potable, la construcción del sistema de lagunas sanitarias y el posterior entubamiento del canal clavarino, por ejemplo.Hoy, el inmueble de Caseros, Buenos Aires y Borques tiene algunos cambios, manteniendo las fachadas sobre las dos últimas arterias mencionadas y con modificaciones en el frente sobre la otra calle donde funciona un emprendimiento turístico. En ese lugar funcionaba el depósito de curtiembre.
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