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Falleció Javier Espíndola, el uruguayo que nos hizo aprender a todos

Fue uno de los más destacados entrenadores de la vecina orilla y también se destacó en nuestra ciudad, cuando dirigió en tres temporadas a Central Entrerriano, llevándolo a una inolvidable final por el ascenso en el TNA 98/99.

Daniel Serorena

“Vamos a jugar para taparles el culo a estos pendejos que no saben nada de básquet”, vociferó enfático Javier Espíndola a sus dirigidos. Central Entrerriano navegaba por el medio de la tabla del TNA 99/2000 y el uruguayo se llevaba decididamente mal con los pocos periodistas que seguíamos la campaña del Rojinegro.

En la temporada anterior, su equipo había desplegado un gran básquet y llegó a la final por el ascenso ante Quilmes de Mar del Plata, en una serie que todos recordamos como si se hubiera jugado ayer. Dos juegos arriba, Central viajó a La Feliz a buscar abrochar el ascenso, pero unos cuantos pitazos impúdicos y un Quilmes empujado por su gente en un clima enrarecido ganó los dos juegos por un punto y devolvió la final al Bértora. Esa tarde de sábado, nadie olvidará ese triple de Milton Bell que nos enmudeció a todos.

En la 99/2000 el equipo de Espíndola jugaba más o menos, no había quedado casi nadie de los que pelearon el ascenso, algunas de las figuras brillaban, pero por su ausencia. Pocho Peralta, hoy devenido en Barney en El Marginal no le pegaba ni al aro y el Oso De la Fuente, megaestrella que llegó como salvador, no salvó a nadie. Resultados flojos, críticas al entrenador por parte de la prensa y Espíndola que se mandó una de las suyas, permitiendo que los dos periodistas que hacíamos “Campo de Juego” en ese entonces coláramos el micrófono en la charla previa al partido y se despachó con todo. Después, como el mismo dijo, se mató de la risa para sus adentros.

El tiempo, afortunadamente, mejoró mi relación con el uruguayo. No digo que fuimos grandes amigos, pero tuve la posibilidad de compartir más de una sobremesa y puedo asegurar que lo que aprendí de básquet escuchándolo, no lo aprendí con nadie.

Javier era abierto, verborrágico, amante de las sobremesas cuanto más largas, mejor. De golpe, aquel “pendejo que no sabía nada”, pasó a ser un compañero de charlas. Entendía todo, inclusive de nuestra profesión.

“Es bueno que ustedes sepan de táctica, así no dicen boludeces cuando comentan”, tiraba a las carcajadas. Cuánta razón tenía… “Dejen de poner que la figura fue el que más goles hizo, miren todo el partido, miren los dos tableros”, otra de sus frases que guardo como si fuera mía.

De regreso en Montevideo siguió brillando, ganó la Liga Uruguaya con Salto Uruguay, después repitió con Aguada, dirigió varios equipos, siempre en la elite del baloncesto montevideano.

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A través de las redes sociales se enteraba de lo que pasaba con Central, su querido Central, donde dejó amigos, además de un vínculo familiar con la ciudad.

Un día a través de Facebook me dijo que había escuchado una de nuestras transmisiones y que no podía creer lo bien que hablábamos de básquet. Pensé que me estaba jodiendo, pero cuando lo vi por última vez en la Costanera de Gualeguaychú no hace tantos años, me lo reafirmó y cuando nos despedimos con un largo abrazo, me dijo lo mismo que me decía siempre. “Chau botija, seguí hablando de básquet”.

Hoy la noticia de su fallecimiento nos pegó fuerte. Porque así, cabrón, frontal, calentón, aprendimos a quererlo. Nunca le agradecí lo mucho que me enseñó, no tuve la oportunidad, quizá como esperando siempre algún reencuentro con una buena Pilsen helada.

Hasta siempre Coach Javier … Fue un verdadero placer.

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