Franco Vaccarini: “Nunca hubo una edad dorada de la lectura”
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En el marco de un encuentro organizado por el Instituto "Malvina Seguí de Clavarino", semanas atrás, alumnas del departamento de Letras del Instituto "Sedes Sapientiae" le realizaron una entrevista al escritor Franco Vaccarini, que ElDía publica a continuación.
Franco Vaccarini nació en la ciudad bonaerense de Lincoln en 1963 y vive en Buenos Aires desde 1983. Ha publicado más de ochenta títulos, entre los que se destacan sus novelas juveniles, varias de ellas traducidas a otros idiomas.
La presente entrevista fue realizada por María Juliana Amín, María Fernanda Campostrini, Tatiana De la Cruz, Carolina Mengochea y Camila Scorzelli.
Se trata de un trabajo hecho en el marco de la materia Literatura Infantil y Juvenil, a cargo de la profesora Rocío Sánchez, que se dicta en el Profesorado de Educación Secundaria en Lengua y Literatura del Instituto "Sedes Sapientiae".
-De acuerdo a la experiencia que ha tenido recorriendo las escuelas ¿cuál es el rol de la literatura?Franco Vaccarini: Yo siempre resalto que vivimos desde hace un tiempo, hace muchos años, una buena historia entre la escuela y la literatura. Después, lo que se lee y el nivel de los autores y de los libros que llegan depende del bibliotecario, de los mediadores, de la libertad que se les dé desde la dirección de la escuela para que lean la misma literatura que hay en las librerías. Eso ocurre en muchas escuelas, que hoy en día son aliadas de la literatura. Eso empezó a crecer a partir de la democracia y luego hubo una especie de explosión con las colecciones para chicos y jóvenes, que no existían en la década del '60 y del '70, aunque había una literatura juvenil, sólo que no tenía ese nombre. Por ahí "La isla del tesoro" de Stevenson es literatura juvenil. Pero ahora hay colecciones en las grandes editoriales y muchas pequeñas que solo se dedican a eso, que están orientadas a un público infantil y juvenil, y eso me parece algo positivo. Después es como todo: hay libros que son parte del magma que fertilizará el suelo de otras obras que sí van a quedar en la historia de nuestra literatura o en la historia de nuestra vida. Hay muchos grandes autores argentinos que pudieron hacerse visibles porque existe un mercado y hay que ver que ese mercado en gran parte tiene que ver con la escuela.
-Hablando de la experiencia de recorrer escuelas ¿qué siente usted al ver que trabajan sus libros?
-FV: Primero una sensación de agradecimiento, porque yo puedo tener ese privilegio de que mis libros sean leídos. Después, una sensación de que soy bastante valiente porque me animo a ir y voy a muchas escuelas por año, y descubrí que eso no me resulta incómodo y me gusta intercambiar y responder a las preguntas de los chicos. Lo otro que siento es que me gusta que mis libros sean leídos por lectores que después no tengan que rendir un examen, sino que puedan conversar del libro. Creo que a veces me dicen "trabajamos tu libro" y yo sé lo que quieren decir con eso, pero "leímos tu libro" me suena mejor porque "trabajamos" me parece que después se van a poner a hacer tareas con mi libro y no me gustaría que los chicos me recordaran por las tareas que tuvieron que hacer (...) Pero que un chico lea el libro es muy importante y que después también se anime a hablar también es importante, porque empieza a sentir que él también tiene una opinión sobre lo que lee, y que esto no es una ciencia exacta como matemáticas. La profesora puede tener una interpretación y yo puedo tener otra, porque por eso es arte.
-¿Qué opina sobre el prejuicio "los chicos no leen"?
-FV: Yo no tengo para nada ese prejuicio porque, primero, lo suelen decir los adultos que no leen y, después, nunca hubo una edad dorada de la lectura, entonces como nunca se leyó mucho... Hoy veo que se lee más que antes porque se lee en las escuelas. Lo ideal sería que en cada casa hubiera una biblioteca y que los chicos vean a sus padres leer. La realidad es que eso por ahí ocurre en un 30% de las familias o en un 25% o 20%. Hay casas que tienen libros de adorno o directamente no hay biblioteca. Entonces la escuela ocupa ese espacio y lo ocupa muy bien con las mejores intenciones.
-En la jornada mencionó que tuvo el honor de entrevistar a Borges, ¿Qué recuerda de ese encuentro?
-FV: Yo era extremadamente tímido y él me dio la entrevista, pero me la dio demasiado rápido. En ese entonces yo no tenía un grabador y tuve que ir a lo de un amigo a pedirle un grabador... me dio uno gigante. Fui con ese grabador gigante a entrevistarlo y Borges hablaba muy bajito, entonces me costaba entenderlo. Estábamos sentados en sillones enfrentados y yo tenía el grabador enorme sobre mis piernas, tratando que las teclas estén grabando realmente. En un momento Borges me dice "mire este bastón, es africano, me lo regalaron en un viaje". Hice un gran esfuerzo para escucharlo y por torpeza le quité el bastón. Borges empezó a mover la mano y en ese momento el grabador hizo un ruido como un trueno y Borges tembló en el sillón, o sea, en realidad le dio como algo espasmódico, se asustó por el ruido.
Lo siguiente que se escucha en la grabación es "¿qué pasó, qué pasó?" y después "el bastón, el bastón", entonces se lo alcancé. Después lo que se escucha es mi voz totalmente avergonzada explicándole que había sido un sonido del grabador y le di el bastón. No sé por qué se lo saqué; un ciego te muestra el bastón pero no es para que vos se lo saques. Después de eso me atendió como si yo fuera un periodista del New York Times o de La Nación, y me hizo ver que él veía las entrevistas como un género literario casi, porque como no podía escribir se dedicaba a dar entrevistas y hablaba tan bien como escribía. Cuando la desgrabé me di cuenta que era perfecto todo lo que decía. Hasta como intercalaba ironías, como cuando le digo "Borges ¿qué piensa de la feria del libro?" y él me dijo "es una librería grande que queda lejos". Siempre tenía esa interpretación graciosa y algo humorística.
-¿Piensa en un lector ideal a la hora de escribir?
-FV: Un lector ideal, por ahí es alguien que tenga un pasado de lecturas parecido al mío. Yo siempre busqué la sencillez en la escritura y cierta elegancia en el lenguaje, inspirado en autores que leí como Chesterton, el propio Bioy Casares, que cuidan mucho el lenguaje; o Abelardo Castillo. Quizás al lector ideal nunca me lo planteé así, en el sentido de que pienso que un lector se parece a mí y si algo me gusta a mí es probable que le guste a un grupo de gente que tiene una historia de lecturas parecida a la mía. Yo confío en eso, si a mí me gusta, le va a gustar a la gente, no a todo el mundo pero sí a una parte.
-¿Cómo llegó a escribir para un público infantil y juvenil?
-FV: Pensé que iba a escribir para adultos, pero ya en mi primer libro que era para adultos, eran 30 cuentos breves y la mitad eran cuentos para chicos, pero no me había dado cuenta. Una editora me citó en un café, me dijo que todos los cuentos que yo le había enviado tenían un imaginario infantil y juvenil. Entonces, como ella se tomó en serio el trabajo de hacerme una devolución, yo empecé a leer literatura infantil y juvenil y me di cuenta que sí, que estaba más cerca de eso. Y lo bueno fue que me encontré más rápido a mí mismo, encontré mi voz, mi estilo, porque me quitaba las pretensiones de alguna manera. Yo hoy admiro a muchos autores y por ahí me perdía en el camino, inconscientemente quería escribir como ellos. Y como no tenía escritores de literatura infantil que fueran mis "héroes" no tuve más remedio que encontrar mi propia voz.
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