Gualeguaychú en los ojos de extranjeros
Cientos de extranjeros viven en la ciudad pero, ¿que lleva a una persona que no nació en Argentina a elegir Gualeguaychú como su lugar en el mundo?Por Rubén Skubij/ Carlos Riera/ Guillermo NavarroLlegan de distintos países, algunos muy lejanos, y se convierten en integrantes de una peña, dirigentes de instituciones o militantes de un partido político.Muchos se transforman en ciudadanos que se enamoraron de estas tierras y por sus cabezas no pasa la idea de emigrar nuevamente.elDía se contactó con tres extranjeros que cuentan sus historias. Uno de ellos es panameño y se llama Arien González. Trabaja como gerente comercial en el Hotel Embajador y no duda un instante cuando asegura haber venido a la ciudad "seducido por su esposa". "La seguí hasta Argentina, nos quedamos primero en Buenos Aires y de ahí saltamos a Gualeguaychú", cuenta.Fue el 5 de noviembre de 2008. "Una semana después me casé con Florencia Martínez Garbino. Me llevó a conocer la ciudad y me encantó su historia, el río y el verde con que cuenta".Arien asegura estar cautivado por ella "y eso que conozco y viví en ciudades grandes como Nueva York, Cali (Colombia) y Puerto Rico entre otras".Una de las cosas que más le llamó la atención es 'la cuestión familiar'. "Me atrajo ese aspecto, la cultura es diferente y esto genera una unión muy fuerte. Tengo un hijo -Lenin- de un año y medio que está creciendo en familia y yo estoy aprendiendo a criarlo".Arien González asegura haber desconocido el concepto de la amistad que tienen los argentinos, "acá se vive de una manera intensa, de otra forma y eso es maravilloso. Allá todo es más acelerado".- ¿Qué cambió en tu vida con ese nuevo concepto de amistad?Ir a tomar mate a una plaza, nunca había vivido eso; reunirnos toda la familia en Navidad y Año Nuevo, cenar juntos... Todas esas cosas las experimenté en Gualeguaychú, que me fue envolviendo y convirtiendo en lo que soy ahora, un padre de familia gualeguaychuense. Y la verdad, me encanta. Palabra difícil
El panameño contó dos anécdotas vividas en su país. "Aunque no lo creas mi esposa es muy conocida allá porque trabajaba en un periódico y en una agencia de viajes. Ella mencionaba a Gualeguaychú y nos reíamos, no por burla sino por lo difícil de pronunciarla".Arien cuenta que "sonaba totalmente raro que existiera un lugar con ese nombre; unos muchachos que trabajaban con Florencia, incluso el chofer, la llamaban Gualeguaychú, y ella orgullosa".En otra oportunidad, en el 2007, dice que estaban cenando y "en la televisión aparece una noticia de Gualeguaychú por el tema de la papelera, con la ruta cortada. Florencia empezó a reír y me señalaba gente que conocía, incluso hasta un pariente. Fue una cosa muy fuerte".- ¿Ahí tomaste conciencia que esta ciudad existía?Sí, Gualeguaychú era una realidad y ahora estoy acá. Para mí es una alegría y quiero devolver lo mucho que ha ofrecido.Lo hago desde el turismo que es mi fuerte, a través de la hotelería, pero también como persona, como ciudadano.- ¿Qué es lo que más te gusta de Gualeguaychú?Arranco primero con el río, de ahí parto. Salto al Parque Unzué, a la costanera que es hermosa. Creo que se debe hacer algo por ella, una vista más turística, dedicarle más sentido lo que redundará en beneficio de todos.Los balnearios están espectaculares, vinieron unos amigos de afuera y quedaron enloquecidos, jamás pensaron que en un río se puede hacer playa.Para mí y para ellos hacer playa era el mar o el océano, pero acá pueden arrojarse a un río. Yo no lo creía, mi esposa contaba lo de estar en la costa, en la arena, tomando mate. Lo conocí acá.Después está la calle 25 de Mayo, le da una movida especial que muchos no se dan cuenta. Por todo eso me voy a quedar a vivir acá. Los amigosArien agradeció a un grupo de amigos que le abrieron las puertas. "Son muchos como Marcelo, Ale, Marito, Efra y Sebastián, a quienes quiero mucho. Aparte, a mi familia política que me recibió con los brazos extendidos, enseñando todo lo que he aprendido hasta ahora".Por otra parte, relató que su hermana es futura médica en Argentina. "Tiene 25 años, vino antes que yo y analiza quedarse en Buenos Aires o venirse a Gualeguaychú. Mi madre conoció el año pasado la ciudad"."Seguramente muchos la han visto. Es una morocha gigante que estuvo en el carnaval. Más negra que yo con el pelo blanco, caminó la plaza, fue al río y a la costanera", describe.-¿Y los amigos de Panamá?Invité a muchos a que vengan este año al carnaval y dijeron que van a venir. Son panameños y norteamericanos que viven en Nueva York.Si Dios quiere, estoy haciendo fuerza para traer turismo internacional, preparé un paquete para ofrecer el hotel con la ciudad, ha sido mi clave.Mi éxito, exactamente, es vender este hermoso lugar. Compañeros pese a todo"Lo único que te puedo decir es que tengo una buena compañera, que estuvo conmigo en las buenas, las malas y las regulares. En todo momento me acompañó y ahora vamos tirando, hace 50 años que nos estamos aguantando - ¿Le puedo sacar una foto?-¡Como no¡, vieja ( y mira a su mujer) vamos a salir abrazados".Este es apenas un pequeño fragmento de una extensa entrevista con Víctor Lesik, un polaco de 78 años que llegó a la Argentina cuando tenía 5 años. Se puede decir que prácticamente es argentino pero lo más interesante de este hombre es la dura vida que tuvo, al igual que muchos inmigrantes.Nació en un pueblo llamado Lubelski en 1933 y los tiempos que se avecinaban en la tierra de Juan Pablo II no eran los más prósperos. La segunda Guerra Mundial daría inicio seis años después con la invasión alemana a Polonia el 1 de septiembre de 1939.Lesik contó que su padre ya había vivido la experiencia de la Primera Guerra Mundial y eso bastó para que la familia "malvendiera todo" y se embarcara con Argentina como destino. "Papá era carpintero y tenía una chacrita, no me acuerdo si se vivía bien o no, sólo que mi abuela me llevaba por las noches a mi casa a babucha", recordó.Pero antes de su llegada a la Argentina, en aquel entonces niño Víctor Lesik, pasó un mes internado en un Hospital de Inglaterra debido a una enfermedad que contrajo en el barco de emigrantes y por ello debió ser puesto en cuarentena. "No sabés cómo lloraba por mis papás, lloraba como un condenado, mis padres bajaron también del barco pero no podían estar conmigo por 30 días", explicó.Después de esta experiencia londinense, la familia de Víctor tocó puerto argentino y se asentó en la localidad de Wilde, provincia de Buenos Aires. "Mi padre trabajó en una fábrica de muebles y luego, junto a otros gringos, polacos y ucranianos, se fueron a la zona del Ñancay para el lado de Uruguay porque querían hacer una colonia, eran como siete u ocho familias", relata.Sobre esta experiencia, Lesik recuerda que su padre "tenía alrededor de 30 vacas, una yegua con un potrillo y un perro que entraba a la cocina del rancho". Pero una creciente en el año 40 "nos arruinó todo" y después "se nos quemó el rancho". "Nos fuimos Villa Paranacito, vivimos en un lote que mi viejo compró hasta la inundación del 83 y ahí me fundí", narró Lesik y suelta una sonrisa entendiendo que 'más no me podía pasar'.Se casó en el año 60 con Lucía, una isleña que lo acompaña hasta la actualidad. Como era carpintero, en Paranacito tuvo un astillero para arreglar los botes de madera pero la suerte lo seguía esquivando porque "comenzaron a venir embarcaciones de plástico".Después de la inundación del 83, donde perdió todo lo que tenía, llegó a Gualeguaychú a los 50 años y tuvo que "empezar de nuevo". Pese a la dureza de historia, Víctor asegura que no tuvo "una vida complicada sino que sólo fueron golpes".Llegó a Gualeguaychú en 1983 con "una mano adelante y otra atrás". Alquiló una casa en Urquiza y Borques, vendió las máquinas que le habían quedado de su aserradero, "pague todas las deudas y con lo que sobró compré un terreno".A pesar de esos golpes de la vida a los que se refirió antes, incluso la muerte de un hijo "a causa del cigarrillo", Víctor no ahorra sonrisas y una constante predisposición para todo. Queda la certeza que nada de esto hubiese sido posible, sin el acompañamiento que ha tenido de su mujer Lucía, durante sus últimos 50 años. Siguiendo al amor
Cristina Faast es austríaca y dejó su país natal cuando tenía 22 años, para seguir a quien luego se convirtió en su marido. ¿Por qué se fue? - "para casarme", respondió con firmeza en un atravesado castellano.Su marido, Pedro Mair, también era de Austria pero a diferencia de Cristina, llegó a la Argentina durante su niñez. Falleció hace poco tiempo y el recuerdo aún se refleja en los ojos de Cristina.Esta mujer de 64 años, convertida a la fuerza en una entrerriana, vive junto a uno de sus dos hijos en pleno centro de la ciudad. Se nota en su mirada que añora una vida en Europa pero eso queda sólo en deseo.Pedro ya vivía en Buenos Aires cuando viajó a Austria a visitar la fábrica de zapatos de sus tíos. Casualmente, en ese lugar trabajaba una joven Cristina que, con apenas 22 años, no dudó en largar todo y emprender un viaje para seguir su corazón.Sin conocer nada acerca de su nuevo destino, Cristina llegó en 1969 y junto a Pedro se asentaron en Buenos Aires durante 10 años. En 1971, viajaron a Villa Paranacito, lugar en el que residían los padres de Pedro, y donde se casaron."10 años en Buenos Aires fueron suficientes. Fueron lindos los primeros cinco años pero después; el clima, la política, los militares, nos cansaron", describe Cristina, sorprendida con la entrevista y de que se interesaran en el relato de su vida.La estadía en Paranacito no duró mucho tiempo, porque el agua de la gran inundación de 1983 tapó completamente la casa en la que vivía. Después del duro golpe, decidieron probar suerte en Gualeguaychú.Cristina cuenta que le gusta vivir en su ciudad adoptiva "por su tranquilidad". Ama de casa, se entretiene a diario con un amplio patio cargado de plantas a las que cuida como a un hijo.Tiene familiares en Austria que han visitado Gualeguaychú en un par de ocasiones y ella misma ha tenido la oportunidad de volver a su ciudad natal pero siempre regresó a Gualeguaychú porque "mi marido ya estaba acostumbrado a la Argentina"."Allá se vive mejor, hay plata y trabajo", comenta con un rostro que expone resignación, aunque resalta que sus años en Gualeguaychú le sirvieron para generar nuevas relaciones. "La gente es muy amable, tengo un gran trato con mis vecinos", cuenta esta mujer que llegó a la ciudad siguiendo a un amor.

El panameño contó dos anécdotas vividas en su país. "Aunque no lo creas mi esposa es muy conocida allá porque trabajaba en un periódico y en una agencia de viajes. Ella mencionaba a Gualeguaychú y nos reíamos, no por burla sino por lo difícil de pronunciarla".Arien cuenta que "sonaba totalmente raro que existiera un lugar con ese nombre; unos muchachos que trabajaban con Florencia, incluso el chofer, la llamaban Gualeguaychú, y ella orgullosa".En otra oportunidad, en el 2007, dice que estaban cenando y "en la televisión aparece una noticia de Gualeguaychú por el tema de la papelera, con la ruta cortada. Florencia empezó a reír y me señalaba gente que conocía, incluso hasta un pariente. Fue una cosa muy fuerte".- ¿Ahí tomaste conciencia que esta ciudad existía?Sí, Gualeguaychú era una realidad y ahora estoy acá. Para mí es una alegría y quiero devolver lo mucho que ha ofrecido.Lo hago desde el turismo que es mi fuerte, a través de la hotelería, pero también como persona, como ciudadano.- ¿Qué es lo que más te gusta de Gualeguaychú?Arranco primero con el río, de ahí parto. Salto al Parque Unzué, a la costanera que es hermosa. Creo que se debe hacer algo por ella, una vista más turística, dedicarle más sentido lo que redundará en beneficio de todos.Los balnearios están espectaculares, vinieron unos amigos de afuera y quedaron enloquecidos, jamás pensaron que en un río se puede hacer playa.Para mí y para ellos hacer playa era el mar o el océano, pero acá pueden arrojarse a un río. Yo no lo creía, mi esposa contaba lo de estar en la costa, en la arena, tomando mate. Lo conocí acá.Después está la calle 25 de Mayo, le da una movida especial que muchos no se dan cuenta. Por todo eso me voy a quedar a vivir acá. Los amigosArien agradeció a un grupo de amigos que le abrieron las puertas. "Son muchos como Marcelo, Ale, Marito, Efra y Sebastián, a quienes quiero mucho. Aparte, a mi familia política que me recibió con los brazos extendidos, enseñando todo lo que he aprendido hasta ahora".Por otra parte, relató que su hermana es futura médica en Argentina. "Tiene 25 años, vino antes que yo y analiza quedarse en Buenos Aires o venirse a Gualeguaychú. Mi madre conoció el año pasado la ciudad"."Seguramente muchos la han visto. Es una morocha gigante que estuvo en el carnaval. Más negra que yo con el pelo blanco, caminó la plaza, fue al río y a la costanera", describe.-¿Y los amigos de Panamá?Invité a muchos a que vengan este año al carnaval y dijeron que van a venir. Son panameños y norteamericanos que viven en Nueva York.Si Dios quiere, estoy haciendo fuerza para traer turismo internacional, preparé un paquete para ofrecer el hotel con la ciudad, ha sido mi clave.Mi éxito, exactamente, es vender este hermoso lugar. Compañeros pese a todo"Lo único que te puedo decir es que tengo una buena compañera, que estuvo conmigo en las buenas, las malas y las regulares. En todo momento me acompañó y ahora vamos tirando, hace 50 años que nos estamos aguantando - ¿Le puedo sacar una foto?-¡Como no¡, vieja ( y mira a su mujer) vamos a salir abrazados".Este es apenas un pequeño fragmento de una extensa entrevista con Víctor Lesik, un polaco de 78 años que llegó a la Argentina cuando tenía 5 años. Se puede decir que prácticamente es argentino pero lo más interesante de este hombre es la dura vida que tuvo, al igual que muchos inmigrantes.Nació en un pueblo llamado Lubelski en 1933 y los tiempos que se avecinaban en la tierra de Juan Pablo II no eran los más prósperos. La segunda Guerra Mundial daría inicio seis años después con la invasión alemana a Polonia el 1 de septiembre de 1939.Lesik contó que su padre ya había vivido la experiencia de la Primera Guerra Mundial y eso bastó para que la familia "malvendiera todo" y se embarcara con Argentina como destino. "Papá era carpintero y tenía una chacrita, no me acuerdo si se vivía bien o no, sólo que mi abuela me llevaba por las noches a mi casa a babucha", recordó.Pero antes de su llegada a la Argentina, en aquel entonces niño Víctor Lesik, pasó un mes internado en un Hospital de Inglaterra debido a una enfermedad que contrajo en el barco de emigrantes y por ello debió ser puesto en cuarentena. "No sabés cómo lloraba por mis papás, lloraba como un condenado, mis padres bajaron también del barco pero no podían estar conmigo por 30 días", explicó.Después de esta experiencia londinense, la familia de Víctor tocó puerto argentino y se asentó en la localidad de Wilde, provincia de Buenos Aires. "Mi padre trabajó en una fábrica de muebles y luego, junto a otros gringos, polacos y ucranianos, se fueron a la zona del Ñancay para el lado de Uruguay porque querían hacer una colonia, eran como siete u ocho familias", relata.Sobre esta experiencia, Lesik recuerda que su padre "tenía alrededor de 30 vacas, una yegua con un potrillo y un perro que entraba a la cocina del rancho". Pero una creciente en el año 40 "nos arruinó todo" y después "se nos quemó el rancho". "Nos fuimos Villa Paranacito, vivimos en un lote que mi viejo compró hasta la inundación del 83 y ahí me fundí", narró Lesik y suelta una sonrisa entendiendo que 'más no me podía pasar'.Se casó en el año 60 con Lucía, una isleña que lo acompaña hasta la actualidad. Como era carpintero, en Paranacito tuvo un astillero para arreglar los botes de madera pero la suerte lo seguía esquivando porque "comenzaron a venir embarcaciones de plástico".Después de la inundación del 83, donde perdió todo lo que tenía, llegó a Gualeguaychú a los 50 años y tuvo que "empezar de nuevo". Pese a la dureza de historia, Víctor asegura que no tuvo "una vida complicada sino que sólo fueron golpes".Llegó a Gualeguaychú en 1983 con "una mano adelante y otra atrás". Alquiló una casa en Urquiza y Borques, vendió las máquinas que le habían quedado de su aserradero, "pague todas las deudas y con lo que sobró compré un terreno".A pesar de esos golpes de la vida a los que se refirió antes, incluso la muerte de un hijo "a causa del cigarrillo", Víctor no ahorra sonrisas y una constante predisposición para todo. Queda la certeza que nada de esto hubiese sido posible, sin el acompañamiento que ha tenido de su mujer Lucía, durante sus últimos 50 años. Siguiendo al amor

Cristina Faast es austríaca y dejó su país natal cuando tenía 22 años, para seguir a quien luego se convirtió en su marido. ¿Por qué se fue? - "para casarme", respondió con firmeza en un atravesado castellano.Su marido, Pedro Mair, también era de Austria pero a diferencia de Cristina, llegó a la Argentina durante su niñez. Falleció hace poco tiempo y el recuerdo aún se refleja en los ojos de Cristina.Esta mujer de 64 años, convertida a la fuerza en una entrerriana, vive junto a uno de sus dos hijos en pleno centro de la ciudad. Se nota en su mirada que añora una vida en Europa pero eso queda sólo en deseo.Pedro ya vivía en Buenos Aires cuando viajó a Austria a visitar la fábrica de zapatos de sus tíos. Casualmente, en ese lugar trabajaba una joven Cristina que, con apenas 22 años, no dudó en largar todo y emprender un viaje para seguir su corazón.Sin conocer nada acerca de su nuevo destino, Cristina llegó en 1969 y junto a Pedro se asentaron en Buenos Aires durante 10 años. En 1971, viajaron a Villa Paranacito, lugar en el que residían los padres de Pedro, y donde se casaron."10 años en Buenos Aires fueron suficientes. Fueron lindos los primeros cinco años pero después; el clima, la política, los militares, nos cansaron", describe Cristina, sorprendida con la entrevista y de que se interesaran en el relato de su vida.La estadía en Paranacito no duró mucho tiempo, porque el agua de la gran inundación de 1983 tapó completamente la casa en la que vivía. Después del duro golpe, decidieron probar suerte en Gualeguaychú.Cristina cuenta que le gusta vivir en su ciudad adoptiva "por su tranquilidad". Ama de casa, se entretiene a diario con un amplio patio cargado de plantas a las que cuida como a un hijo.Tiene familiares en Austria que han visitado Gualeguaychú en un par de ocasiones y ella misma ha tenido la oportunidad de volver a su ciudad natal pero siempre regresó a Gualeguaychú porque "mi marido ya estaba acostumbrado a la Argentina"."Allá se vive mejor, hay plata y trabajo", comenta con un rostro que expone resignación, aunque resalta que sus años en Gualeguaychú le sirvieron para generar nuevas relaciones. "La gente es muy amable, tengo un gran trato con mis vecinos", cuenta esta mujer que llegó a la ciudad siguiendo a un amor.
ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
ACCEDÉ A ESTE Y A TODOS LOS CONTENIDOS EXCLUSIVOSSuscribite y empezá a disfrutar de todos los beneficios
Este contenido no está abierto a comentarios

