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Hasta la vista, baby

La literatura de ciencia ficción no hizo desde sus inicios más que anticiparse a un futuro que, en su momento, podía parecer no solo extremadamente lejano sino también hasta disparatado. Sin embargo, la realidad siempre terminó, para bien o para mal, superando a la ficción.

Por Luis Castillo*

Marina Gorbis es la Directora del Institute for the Future (Instituto para el futuro), una institución sin fines de lucro ubicada en Silicon Valley; ella se define –y quién es uno para discutirlo− como futuróloga. Si hubiera comenzado esta columna sin aclarar que este prestigioso organismo está en el centro mismo del universo tecnológico ya que es donde se encuentran los gigantes Google, HP, Oracle o Linkedin entre otros, sin dudas pensaríamos en esta mujer como una pitonisa de feria o algo similar; sin embargo, tanto el prestigio personal de ella como del instituto que preside hacen que sea el sitio obligado de consulta de las empresas globales más poderosas del mundo.

Borges afirmaba que “el futuro no es lo que va a pasar sino lo que vamos a hacer”, es decir que, lejos de ser observadores pasivos de circunstancias a las que somos del todo ajenos, al futuro lo construimos nosotros. O no habrá futuro. Naturalmente, nuestra relación con las máquinas y la inteligencia artificial son los pivotes sobre los que girará nuestra relación con el mundo o, mejor dicho, sobre el que ya lo está haciendo y que, pandemia mediante, se aceleraron dichos procesos. Uno de esos tópicos es el de la reconfiguración del trabajo. Según Gorbis, esto tiene que ver con dos factores principalmente: la automatización y la economía por encargo (on demand). "Si bien ya conocemos fábricas totalmente automatizadas que no necesitan la presencia física de gente para funcionar, la automatización está también avanzando sobre el terreno de los servicios y el trabajo del conocimiento” dice y como ejemplo cita a empresas como Narrative Science, que está creando softwares que automáticamente convierten datos en historias, “que de tan bien redactadas muchas veces son difíciles de diferenciar de las escritas por periodistas (en especial, las de deportes y del clima)”.

Por otro lado, en referencia a la economía por encargo, esta se concreta en plataformas como Uber o similares "que conectan a personas que necesitan hacer algo con otras que pueden completar el trabajo y que, a menudo, pueden subdividir el trabajo en una serie de tareas sencillas y emplear a cualquier persona del planeta que tenga la idoneidad necesaria", explica. Ahora bien, casi todo el proceso o subdivisión de tareas como le llama, está hecha mayormente por algoritmos y no por humanos y esto incluye desde el reclutamiento del personal hasta el proceso de evaluación de satisfacción del cliente, pasando por los diferentes sistemas de control del trabajo realizado. El crecimiento de estas plataformas, sin duda, van a transformar el modo en que operan estas organizaciones; sino, basta con pensar la asignación cada vez mayor de recursos realizada por algoritmos y el resultado de esto, que no es sino la reducción paulatina de empleados con mayor ganancia para las empresas, transformando por completo el mercado laboral. Ni qué decir cuando, a la hora de la selección del personal, la misma es llevada a cabo por un software de inteligencia artificial al que no le interesa “leer” nuestro currículo vitae ya que tiene acceso a toda nuestra intimidad mediante el conocimiento de nuestra participación en las redes. “Sabe” cómo pensamos, qué opinamos, qué nos gusta, nuestra reputación social, laboral o profesional y, a partir de ahí, la selección del perfil es casi imposible de no responder a las necesidades del empleador.

“El hombre primitivo, en un universo seguro y ordenado, posee una dignidad que nosotros hemos perdido. Es de una sola pieza, tiene pocas dudas y casi ningún azoramiento”, afirmó Margaret Mead en 1920, cincuenta años más tarde reafirmó su pensamiento: “Una vez más, los jóvenes nos marcan el camino para modificar nuestros procesos mentales: por tanto, aceptemos lo que ellos dicen: el futuro es ahora”.

Marina Gorbis suele citar y parafrasear a Margaret Mead, quien, junto a Franz Boas, fueron los pioneros de la antropología moderna. Ella, con una postura feminista verdaderamente revolucionaria para la época, tuvo una mirada particular sobre la juventud. “Las sociedades primitivas”, expresó en una ya clásica conferencia en el Museo de Historia Natural Nueva York, “prácticamente no han cambiado. Un niño repite casi exactamente la vida de sus padres, de sus abuelos, de sus antepasados. En las sociedades avanzadas, que cambian a mayor velocidad, los niños abandonan a menudo las pautas paternas y modelan su comportamiento según el de sus maestros e ídolos”; pero ¿y ahora?, “Ahora la clase de cambio fomentado por la tecnología también ha modificado esos modelos”.

¿A qué cambios de modelo se refería? Ella lo explicó con estas palabras: “Todos los que nos criamos antes de la segunda guerra mundial somos pioneros, inmigrantes en el tiempo; hemos dejado atrás nuestros mundos familiares para vivir en condiciones distintas a las que hemos conocido. Nacidos y criados antes de la revolución electrónica, la mayoría de nosotros no entiende lo que esto significa, en ningún país del globo existen ahora adultos que sepan lo que saben los adolescentes”. Sobre esta base, lo que la antropóloga afirma con desafiante contundencia es que la continuidad padres-hijos se ha roto, para esta nueva generación el pasado es un fracaso tremendo, absoluto, ininteligible, y, por tanto, de no llevar adelante cambios radicales es posible que el futuro esté marcado por la destrucción del planeta. “Yo defino ese estilo, ese modelo, como prefigurativo, porque en esta nueva cultura será el hijo, y no el padre ni los abuelos, quien represente el porvenir”, dice.

Hablemos del futuro, entonces. Hablemos del 2025. Que es pasado mañana casi. Según un informe del Foro Económico internacional (The Future of Jobs Report 2020), como la fuerza laboral se está automatizando más rápido de lo esperado por los expertos, se calcula que desaparecerán 85 millones de puestos de trabajo en los próximos cinco años; para ese entonces, los empleadores dividirán el trabajo entre humanos y máquinas mitad y mitad aproximadamente. Un informe dado a publicar hace pocas semanas indica que lo que se requerirá para tener posibilidades laborales en ese futuro cercano son: un pensamiento analítico, creatividad y flexibilidad, de la mano de la resiliencia y la tolerancia al estrés. ¿Demasiado, no? Pero quizás no lo sea tanto si vemos que ese mismo informe reporta que: “(…) es probable que la desigualdad se vea agravada por el doble impacto de la revolución tecnológica y la recesión global provocada por la pandemia, que está golpeando con más fuerza a las personas de bajos ingresos, las mujeres y los jóvenes”.

En el citado informe, se aporta además que el 43% de las empresas encuestadas a nivel mundial están listas para reducir su fuerza laboral debido a la integración de la tecnología en sus procesos productivos; asimismo, aunque el número de puestos nuevos superará –estiman− a los que se destruirán en el futuro cercano, el informe apunta que la creación de empleo está enlentecida mientras que la destrucción de empleo se acelera y eso tiene que ver con que los nuevos trabajos que se crearán en 2025 estarán en su mayoría relacionados con el Big Data, Cloud Computing y el comercio electrónico, así como la inteligencia artificial, el desarrollo y manejo de robots y los algoritmos. Si le costó leer de corrido este párrafo imagínese estudiando una maestría en los mismos a fin de insertarse en el mercado laboral. En definitiva, una nueva forma de selección natural se avizora en el universo laboral.

En cuanto al sector público, la recomendación a los gobiernos es brindar un mayor apoyo para la readaptación y mejora de las competencias de los trabajadores vulnerables a partir de "crear incentivos para las inversiones en los mercados y puestos de trabajo del mañana; proporcionar redes de seguridad más sólidas para los trabajadores desplazados en medio de las transiciones laborales; y abordar con decisión las mejoras de los sistemas de educación y formación”, finaliza el informe.

Como no es difícil darse cuenta, el futuro próximo es -por decirlo casi eufemísticamente− incierto y no se trata de predicciones irresponsables, sino que esta nueva revolución industrial significará la profundización de las desigualdades, la necesidad de contención de millones de personas desocupadas y con escasas posibilidades de conseguir ingresar al mercado laboral tanto formal como informal con todas sus nefandas imaginables consecuencias, así como la urgencia de comenzar a pensar en que, ni nuestro país, nuestra provincia o nuestra ciudad estarán ajenas a este fenómeno global al que debemos salir a enfrentar y no esperar de brazos cruzados a que nos alcance.

El tiempo de soñar el futuro ya pasó, llegó el momento de llevarlo adelante. Los actores son los jóvenes y la herramienta primordial el conocimiento. Sabemos lo que hay que hacer ¿tendremos la capacidad de tomar las decisiones acertadas para poder llevarlo adelante? ¿Nos atreveremos a hacerlo o será necesario ver una vez más la saga de Terminator para recordar que no es Sarah Connor sino John, su hijo adolescente, quien salva al planeta tras el apocalipsis provocado por las máquinas?

*Escritor, médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos

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