Hasta que alguien entienda
"Una larga lucha" vaticinó esta semana un dirigente agrario. Al menos hasta que los gobiernos entiendan que en nuestro país, de la tierra vivimos. Mario Alarcón MuñizEntre nosotros, desde los tiempos fundacionales hasta la actualidad, la tierra es el valor básico. Casi todo depende de ella. No se requiere abundar en disquisiciones económicas ni filosóficas. Es suficiente mirar en nuestro derredor para comprender que la gran mayoría de las actividades humanas guarda alguna relación -cercana o distante- con la tierra.Procuremos ejemplos más directos y simples, ya conocidos en la infancia: si las cosechas son buenas, todo lo demás funciona; si fracasan, la vida se complica. Por eso los pueblos antiguos de cualquier lugar del mundo y de las más diversas etnias, rogaban a sus dioses antes de cada cosecha y les agradecían a su término con festejos interminables.En nuestro tiempo lo comprobamos, tanto en las ciudades como en las aldeas (a menor población, mayor claridad): si el agro tiene buenos resultados, la economía se dinamiza y la vida se anima en todos los órdenes.La proyección nacional de este panorama también es conocida y más de una vez hemos abordado el tema. Hasta ahora y conforme a nuestra estructura económica, el campo señala el rumbo. De ahí que la recuperación tras la crisis de 2001 y el consiguiente crecimiento, hayan obedecido a dos factores básicos: 1) el notable aumento de la demanda mundial de alimentos que nos colocó en un sitio preferente como país productor; 2) la ruptura de la paridad peso-dólar que le permitió al agro entrar en competencia internacional. Distribución de la riquezaLa cuestión no es tan sencilla, cabe reconocerlo, pero lo expresado es lo elemental. En esos términos todos lo comprendemos. Todos, menos los gobernantes. Después de haber sido el motor de la recuperación, al agro hay que sacarle el máximo posible porque "ahí está la guita".Entonces se registran resultados como el publicado la semana anterior por los grupos CREA tras un prolijo estudio estadístico en la provincia de Buenos Aires. Según el mismo, del rendimiento de un campo tipo de la zona de Pehuajó, el 77 % se destina a impuestos provinciales, nacionales, retenciones, etc. y el 7 % a descuentos comerciales. Al chacarero se le hace humo el 84 % de su trabajo. Con el resto debe vivir, atender costos e insumos y reinvertir. (¿Reinvertir dije?)La protesta de estos días se ha centralizado en el impuesto inmobiliario, pero no es este el único motivo. Las restricciones de las ventas de trigo caen sobre el pequeño productor, no sobre los importantes capitales molineros. Los tamberos de pocas vacas perciben por litro de leche lo mismo que hace un año y el consumidor paga cada vez más el producto en el supermercado, mientras crecen los grandes tambos que por sus dimensiones hacen mejores negocios. Los insumos y combustibles aumentan de manera constante, sometidos a la inflación. Hay problemas serios en varias economías regionales, libradas a su suerte. Se está acentuando un fenómeno que ya advertíamos en los tiempos del dúo Menem-Cavallo y nadie ha corregido, todo lo contrario: el chacarero o el campesino o el pequeño productor, como quiera llamársele, se cansa, vende y se va. ¿Quién le compra? El grande, por supuesto que sigue acumulando tierra, mientras se ríe a carcajadas de la "distribución de la riqueza". ¿Especuladores?En cualquier país productor de alimentos es por lo menos descabellado aumentar la presión fiscal sobre el sector que produce los alimentos. Es además un sector dinámico, cuyos integrantes viven en el país, invierten y gastan aquí, compran sus cosas en el pueblo, no transfieren sus beneficios al exterior, no viajan a Europa. A esto no lo entiende el oficialismo. Cree que tiene enfrente tomando whisky, parada sobre una escalera de mármol, a la misma oligarquía de hace 80 años que cambiaba gobiernos a su antojo. Alguno puede quedar, pero es un bicho aislado. La enorme mayoría del agro trabaja en serio.Hasta la Presidenta se confunde. Comenzó la semana pidiendo a los agricultores que "no sean avaros, no especulen, vendan la cosecha". Si hubiera pedido algunos datos, la jefa del Estado habría advertido que este año, hasta el 16 de mayo, los productores habían comercializado 52 millones de toneladas de los principales granos (soja, trigo, maíz, girasol) pese al menor volumen respecto de la cosecha anterior, de la que se habían vendido a la misma fecha 47 millones de toneladas. De esta campaña el agro ya entregó el 62 %; el año pasado a esta altura había comercializado el 48 %. (Datos de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires).Está claro que no hay especulación, al menos por parte del chacarero. Si algo queda es porque no se lo compran. O en todo caso se lo compran al cambio del dólar oficial y si quiere invertir debe hacerlo según el dólar paralelo. Flor de negocio.A todo esto, además de hacerse escuchar mediante la protesta, el campo quiere dialogar. El ministro de Agricultura anunció el 26 de enero una "mesa de trabajo" que está congelada. No se reunió nunca. "Que el gobierno entienda y convoque", piden a gritos. Pero golpean en tapera. Por eso los espera "una larga lucha", hasta que alguien entienda. ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
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