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Hay que cuidar la salud y evitar que la economía se destruya

La cuarentena seguirá al menos 15 días más. Es la única vacuna contra este virus maldito que dejará una Argentina inerme. Es probable que no con las consecuencias terribles de otros países, pero con un correlato social y económico atroz. Será la pandemia parte dos, como una película de ciencia ficción.

Por Jorge Barroetaveña

Cuando la tormenta pase, podrá verse todo el escenario. Hoy acotado por la crisis sanitaria y el terror a un virus que causa estragos en todo el mundo, es imposible ver toda la película. Se intuye, se empieza a palpar, pero todavía no se siente en forma.

La desesperación por tapar los agujeros de un sistema de salud público olvidado y vilipendiado de todas las maneras, impide ver la magnitud de la crisis que nos espera. Sobre llovido mojado, bien podría ser el título de la crónica. Nadie debería negar en su sano juicio que el país ya estaba en bancarrota cuando el ingeniero dejó el poder. El peso de una deuda atroz, más una recesión económica profunda, no eran el mejor augurio para los que llegaban. Más aún si son más o menos los mismos que se fueron en el 2015 que, si hubieran sido tan buenos, tampoco hubieran perdido las elecciones. Pero lo de Macri en economía fue tan malo, que todo lo anterior fue perdonado.

El desafío pues de Fernández es mayúsculo. A medida que la cuarentena se extiende, crujen las bases de una economía maltrecha. La brutal caída de la recaudación es el correlato obvio de cientos de miles de argentinos que no pueden trabajar o, si lo pueden hacer, han visto resentidos sus ingresos notablemente. La ayuda ensayada por el gobierno todavía está por verse para un sector de la población que es, justamente, el que más contribuye a mantener las arcas del estado y cuyos ingresos sirven para hacer más equitativa la distribución de la torta.

La presión es tal, que en muchos pueblos del interior la gente se lanzó a las calles a buscar ganarse el mango. A muchos les importa poco la sanción. Están ante la disyuntiva de hierro de comer o enfermarse y no lo dudan. Esa angustia colectiva es la que tiene que enfrentar el gobierno nacional, las provincias y la última trinchera que son los municipios.

En cuestiones de pandemia es natural plantearse la responsabilidad social. Hay un punto que el estado no alcanza, por más que ponga millones de policías y multiplique los controles en las calles. Si la sociedad no está dispuesta a acatar las normas de la cuarentena, es poco lo que puede hacer. Ha quedado demostrado en otras circunstancias incluso, menos graves que esta. Sí es obligación del estado preparar al sistema de salud para soportar el sacudón y tener contenido y protegido el recurso humano que es clave para hacer frente a lo que se viene. La ocasión pues desnuda hasta dónde llega el olvido de la salud pública, el desinterés por sus integrantes, y el histórico ninguneo por las políticas de estado. En la tierra del ‘lo atamo con alambre’ nos damos cuenta que no alcanza con patear la pelota para adelante, hacer lindos hospitales vacíos por dentro o condenar a los médicos a cobrar dos mangos, lanzándolos a una carrera desenfrenada por subsistir o a que no quieran saber nada con trabajar en un hospital. ¿Alguien les puede reprochar algo?

El fenomenal efecto de la cuarentena sirve hasta ahora para disimular todas esas falencias. Y si la famosa ‘curva’ se aplana y no derrapa, habremos pasado por lo peor sin haber experimentado lo peor. Será difícil explicarle a los que han perdido a familiares, amigos o conocidos en esta crisis, porque cada muerte es un drama único e irrepetible, pero habremos quedado al margen de sufrir consecuencias peores.

Por eso, cuando las voces del dolor se aletarguen con el tiempo, quedará expuesta la otra crisis, la económica, que va mostrando sus garras. Una encuesta afirma que el 70% de las pymes avisaron que este mes no podrán pagar los sueldos. Un bajo porcentaje lo podrá hacer parcialmente. La recaudación de impuestos se vino a pique, en todos los niveles. ¿De dónde salen los recursos? La única fábrica que funciona bien en la Argentina es la Casa de la Moneda. Las máquinas de imprimir billetes echan humo. No hay otra alternativa.

Ante el colapso definitivo de muchas pequeñas y medianas empresas, cuentapropistas, trabajadores informales, o comercios, con la zaga de desempleo atroz que podría dejar, siempre es preferible la inflación. Que tan profundo podremos caer que pensamos que la inflación es el remedio menos doloroso que podremos soportar.

Por ahora sólo se trata de evitar que la estantería se venga entera para abajo. No importa que la maquinita de imprimir funcione a mil. Se trata de evitar niveles de desempleo de los que nos costará años salir. Los bancos hasta ahora siguen en deuda. El gobierno promete ayuda pero debe garantizar que llegue. De nada sirven los anuncios si las buenas intenciones se quedan en los papeles. La ayuda es ayer. Si no llega la tragedia seguirá escribiendo capítulos y cuando la pandemia sea historia, será demasiado tarde.

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