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Historia de una enfermera: Formación profesional, malos salarios y vocación

Amelia Acosta ejerció la enfermería durante 36 años. Hace cuatro se jubiló. Le preocupa la precarización del sector. "Enfermería es el gran gigante silencioso. Las 24 horas, los 365 días del año, enfermería está", asegura y lamenta que seis de cada diez colegas deban trabajar 16 horas diarias para acercarse a un salario digno.

El miércoles pasado se celebró el Día Internacional de la Enfermería. La efeméride conmemora el nacimiento de Florence Nightingale, una emblemática enfermera británica del siglo XVIII, reconocida como la impulsora de la enfermería moderna.

Si bien Argentina tiene su propia fecha para reivindicar a los y las enfermeras -es el 21 de noviembre, por la fundación de la Federación de Asociaciones de Profesionales Católicas de Enfermería-, la fecha es una buena excusa para poner el acento en la realidad histórica de un sector fundamental para el sistema de salud. Más ahora, cuando la pandemia ha dejado en evidencia, por un lado, la importancia del rol de la enfermería, y, por otro, las malas condiciones laborales que, entre otros problemas, generan escasez de profesionales. En la ciudad y en el país.

“Mi encuentro con la enfermería surge desde una necesidad de trabajo. Era muy jovencita, tenía 20, 21 años, y tenía una responsabilidad muy grande en mi vida. Un hijo, siendo mamá sola”, cuenta Amelia Acosta, del otro lado del teléfono, y pide perdón por la tos. Su estado gripal impidió realizar la conversación de manera presencial.

“Una persona allegada a mí, que sabía que estaba buscando trabajo, me convocó y yo, que recién había terminado la secundaria, llegué re ilusionada al hospital, pensando en algún puesto administrativo o de limpieza, de cualquier cosa, yo necesitaba trabajar”, recuerda.

Lo que nunca imaginó fue que la vacante era para cubrir un puesto en la enfermería. Cuando se lo dijeron la sorpresa fue grande. Jamás había pensado en ese lugar. Tampoco imaginado, ni siquiera remotamente, que esa vacante le iba a cambiar la vida para siempre. Y, afortunadamente, para bien.

Hoy, a casi 40 años de esos días, Amelia mira, desde la experiencia que le ofrece el tiempo, a esa joven madre, y no tiene más que palabras de agradecimiento por la posibilidad laboral. Su hablar es claro, docente, tranquilo y acogedor. Habla de su profesión y, enseguida, sale la empatía, el amor al prójimo, la ayuda, el cuidado y la ética que la profesión demanda.

“A los poquitos días, cuando empezaron a enseñarme, me di cuenta que me gustaba. Fue tan hermoso eso de empezar a hacer y empezar a saber, dos palabras tan importantes en la enfermería”, remarca la menor de ocho hermanos (6 mujeres y 2 varones), de padre albañil y madre ama de casa.

La enfermería es la ciencia del cuidado de la salud del ser humano. En todos sus aspectos: en la prevención, en la promoción, en la asistencia, en la rehabilitación, y en todos los ciclos de la vida de las personas

Hace 40 años, la gran mayoría eran enfermeras empíricas, como se denomina al trabajo de quienes no tienen formación académica. Aunque ya empezaban a proliferar las carreras universitarias. De hecho, una década después de haber ingresado al Hospital Centenario, Amelia se recibía de licenciada en enfermería.

“Teníamos que viajar a Concepción del Uruguay, y nos íbamos a dedo, porque no podíamos pagar los pasajes. Era así, la lucha era eso. Siempre fue difícil. Pero en ese momento tenía claro que ese esfuerzo era la inversión que estaba haciendo para mi vida. Para empoderarme en lo que amaba, para estar a la altura de las circunstancias. Porque esto no es solamente ponerte un ambo y ya, tenés que estar, y estar con todo tu ser, con todos tus sentidos”.

Como otras colegas, en 1985 Amelia completó su primer curso de auxiliar de Enfermería. En plena hiperinflación, comenzó la carrera universitaria. Y, tras muchos años de ejercer la profesión, incursionó en la docencia. Fue en 2011, dos años más tarde de inaugurada la carrera en el Hospital Centenario.

“La enfermería es la ciencia del cuidado de la salud del ser humano. En todos sus aspectos: en la prevención, en la promoción, en la asistencia, en la rehabilitación, y en todos los ciclos de la vida de las personas”, explica. Y diferencia: “La técnica puede ser perfecta, la curación fantástica, la punción la podés hacer en un segundo, pero si no empatizas con la persona, si no la mirás a los ojos, si no estás ahí, con una escucha empática, no alcanza. Si el saber no está acompañado de la parte humana sirve, pero a medias”.

“La gente necesita que la escuchen, -continúa- no que le den pronósticos, que la escuchen. Esa es la esencia, saber escuchar. Saber quedarse callado, ¿qué le vas a decir a una mamá que pierde un hijo? Nada le podés decir, porque todo lo que le digas es mentira. Nadie más siente esa pérdida como esa mamá, y a no decir también se aprende”.

Amelia trasmite la sapiencia de los años y, si bien está jubilada hace cuatro años, lo que le permite disfrutar como nadie de sus nietas, Guillermina (12) y Martina (2), no se olvida de la precariedad a la que fue sometido su sector históricamente.

“Enfermería es el gran gigante silencioso. Las 24 horas, los 365 días del año, enfermería está. Y, actualmente, hay personas trabajando con monotributo. Creo que la pandemia nos ha hecho retroceder, en ese sentido. Además, el personal de enfermería necesita una contención que hoy no tiene”, consideró, apuntó a los “sueldos magros” y explicó: “El 60 % de los enfermeros tiene que trabajar en dos lugares, son 16 horas por día. Eso está naturalizado, pero no está bien”.

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