Horacio Domingorena como paradigma
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En más de un sentido, la vida de Horacio Domingorena merece una lectura atenta. Julio Majul Hace pocos días falleció Horacio Osvaldo Domingorena. Como tuve la fortuna de compartir parte de mis años iniciales con él, creo que hay aspectos de su vida que merecen conocerse mejor.28, el número de Horacio. Se perdonará que trate al personaje de modo familiar, pero así fue siempre para quien escribe.El número 28 tuvo un sentido especial para Horacio.Nació el 28 de febrero de 1920, en Urdinarrain: una vieja historia familiar sostiene que era el segundo niño del hogar, que antes de él hubo otro Horacio, fallecido prematuramente, y en su recuerdo le fue impuesto el nombre a nuestro Horacio.La fama nacional le fue dada, estrepitosamente, por su creación del artículo 28 de la Ley de Educación Superior, por el cual se daba validez a los títulos de Universidades privadas. La polémica que desató perduró varios años, de divisiones furiosas entre Laicos y Libres. Una antinomia que luego se vio bastante confusa.Y el 28 de marzo de 1962 fue su última entrevista con el Presidente Arturo Frondizi, precisamente el día antes de cuando entorchados fascistas derrocaran al Presidente elegido por la gente.Paradigma de responsabilidad social empresaria. Algo poco conocido es la trascendencia que tuvo este hombre para la conformación en Gualeguaychú de un grupo de gente joven, clasemediera, con un altísimo sentido de la responsabilidad social.Junto a Horacio estaban Patín Irigoyen, mis tíos Nene y Raúl, mi papá, el escribano Roberto Alazard, y gente tan diversa como (para dar algunos nombres) Francisco Maradey, Julio Rodríguez y Humberto Carré.Ellos entendían, y aplicaban, que la posesión de dinero implicaba asumir responsabilidades con la sociedad.Así, en 1963 se funda La Avícola Gualeguaychú S.A., con el fin de dar trabajo a la gente de Gualeguaychú y Urdinarrain.Extraña empresa, que en casi 50 años de vida no repartió un centavo entre sus dueños, pero sí permitió a mucha gente trabajar decentemente. De hecho, fue el mayor empleador de Urdinarrain por muchos años. En esta empresa, quien más dinero había puesto (el principal accionista, digamos) era -precisamente- Horacio Domingorena.Unos años después, aproximadamente en 1966, estaban a punto de desaparecer las empresas de transporte General Urquiza y Azul, justo las que trasladaban a la gente de Gualeguaychú (y todo el sur entrerriano) hasta la ciudad de Buenos Aires.Un grupo de gente (sí, acertaron, muchos de los que fundaron La Avícola, y nuevamente el más decidido impulsor era Horacio) compraron las empresas, repusieron el funcionamiento normal, y poco después las malvendieron al grupo Tienda León.Esto ocurría en la Gualeguaychú de la década del ´60, y por lo que sé no se le ha dado la trascendencia debida.Entre los más decididos colaboradores estaba Horacio. Siempre.Una responsabilidad social empresaria en serio y no de discurso. UNA MENTE BRILLANTE Ya lo dijo Gustavo Rivas, y coincido absolutamente: Horacio fue el más grande orador que hubo en la Argentina de su tiempo. Y lo dice alguien que escuchó a brillantes oradores como Arturo Frondizi, Ricardo Balbín, Oscar Alende. Ninguno como Horacio.Pero su capacidad excedía la del solo brillante orador.Tenía una mente maravillosa.Capaz de escuchar apenas las grandes líneas de un problema, y transformarlas en una detallada exposición de las causas del problema y de sus posibles soluciones. Lo he visto y oído.Generoso como pocos. Cuando quien escribe estudiaba en Buenos Aires, la pensión no nos daba comida los domingos. Y al tiempo de ayunar se sentía el hambre. Bastó que le hiciera el comentario a Horacio y a Chola, su esposa, para que me pidieran, casi por favor, que comiera con ellos los domingos. Así, me hice habitué de los suculentos almuerzos dominicales, y (más importante aún) de disfrutar por horas de la charla de un hombre que estaba enterado de los entresijos de la política de entonces; Horacio no tenía problema en comentar a un adolescente impulsivo las acciones que desarrollaba, algunas evidentemente merecedoras de secreto. Siempre agradecí tamaña confianza, propia del espíritu generoso de una mente superior.Luego volví muchas veces al departamento de avenida Santa Fe, para consultar temas jurídicos y políticos; miento si digo que alguna vez, en los varios años pasados, no tuve respuesta a mis inquietudes. PASIONES: CENTRAL Y SUS DOS CIUDADES. Tenía Horacio pasiones que, de antiguo, compartía con algunos amigos, en especial con Morocho Bértora, el amor a Central Entrerriano, al que ayudó antes, durante y después de sus varias diputaciones.Y el amor a la ciudad de Gualeguaychú, expresado en mil acciones, quizá más que todo en su inquebrantable batalla por el puente Brazo Largo-Zárate.Y el amor a Urdinarrain, a la que nunca olvidó, siempre volvía y nunca con las manos vacías. Tuvo allí un sostén incomparable en su amigo Armando Zeroli, pero no sólo en él. Varios de los sostenes progresistas de la Urdinarrain de los años ´60 sabían que podía contarse con Horacio para cualquier tema. Y lo usaban, por cierto.Para final. He querido que ustedes sepan más de las facetas ejemplares de este longevo testigo (y protagonista) de gran parte de la vida de Urdinarrain, Gualeguaychú y la Argentina de esos años. Facetas a veces poco difundidas, y que merecen conocerse.
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