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José "Blanco" Egel, el hombre que hace setenta años que trabaja con el arroz

El productor afincado en Herrera, departamento Concepción del Uruguay, lleva siete décadas trabajando con ese cultivo. Desde hace un cuarto de siglo que trabaja un campo en la zona de Colonia Elía. Conforma una empresa familiar junto a sus hijos y yerno. Es nieto de un inmigrante ruso que llegó a la Argentina desde el Volga.

José Egel conserva y práctica el legado que le dejaron sus mayores, que es el de cultivar la tierra, legado que le transmitió a sus hijos. No es fácil seguirle los pasos al “Blanco” como se lo conoce. El hombre tiene 85 años y 70 de arrocero. Nació y se crió en un rancho de paja en una familia de 16 hermanos. Piso de tierra y un par de habitaciones para una familia numerosa como era común en los años ‘20 y ‘30.

“Teníamos una lámpara para los seis que vivíamos en una pieza, cuidando siempre que no se rompiera el tubo porque no había plata para reponerlo”, rememora José en diálogo con ElDía.

Lunes por la tarde, jornada calurosa, húmeda, inestable en la zona rural de Colonía Elía, donde se encuentra la arrocera. La sensación térmica se hace sentir, más allá de que el sol estaba tapado por un manto oscuro de nubes que presagiaban lluvias.

Alejandro, uno de los hijos, limpia el radiador de una vieja camioneta, Raúl otro de los hijos, realiza otra labor, al igual que dos integrantes más de la familia que se encuentran en el lugar. También está Nora, quien se encarga de todo lo relacionado a tareas administrativas y de organización.

En el lugar se aprecian herramientas -ninguna nueva- por todos lados. También una casa con un par de habitaciones para pernoctar en tiempos de más actividad, y un galpón en donde se montó un taller artesanal que los mismos Egel construyeron y utilizan.

José contó que “tiene muchas expectativas con las 250 hectáreas de arroz. Estamos en la parte más linda con el arroz espigado, esperando que madure, que llegue la hora de la trilla y que tenga un precio razonable“.

Llevo setenta años trabajando como arrocero

Trabaja con 4 bombas que él y sus hijos diseñaron y pusieron en funcionamiento, aunque, destaca, “el precio de la energía eléctrica es muy elevada y cada vez se hace más difícil trabajar. Llevo setenta años trabajando como arrocero. Uno de los campos que trabajaba tiene los canales hechos, con los barretones y todo, pero tuve que dejarlo porque no me daban los números para pagar la energía. Es así que tuvimos que guardar los motores en el galpón”.

Cuenta que lloró cuando se retiró de ese campo, porque allí sembraba 700 hectáreas y había dejado parte de mi vida. “Armar una estructura en un campo para sembrar arroz no es fácil. Requiere mucho sacrificio, horas y horas de trabajo que terminaron siendo casi en vano”.

Bombacha, camisa de trabajo desabrochada, alpargatas y una gorra de las de antes, la vestimenta de laburo de un hombre de 85 años que llegó desde su Herrera natal conduciendo su camioneta, baqueteada por el trabajo. Todos los días comienza a las 8 de la mañana y se retira con las últimas luces del día.

Con una vitalidad y lucidez que asombra, contó que “en este campo de Colonia Elías llevamos unos 30 años, en el medio de una encrucijada, porque falta poco para la trilla y no sabemos si el arroz iba a valer, si íbamos a tener un precio razonable que nos permitiera seguir trabajando. Hoy los costos son muy elevados. Días pasados fui a comprar un bolillero para una de las bombas y tuve que pagar $10.000, y tenemos entre 6 y 7 bombas trabajando y cualquier rotura demanda una erogación de dinero elevada”.

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“Conformamos una empresa familia con mis hijos y no es posible que sigamos achicándonos por el simple hecho de querer seguir trabajando. Llegamos a tener poco más de 700 hectáreas de arroz y hoy hacemos 250. El número es claro y evidencia que algo anda mal. Por los altos costos zonas tradicionales de arroz como en la que nos encontramos, Santa Anita, San Salvador se están achicando y destinando los campos para otros cultivos o ganadería”, acotó.

“Comencé en el mundo del arroz con una superficie de 5 hectáreas, insignificante si se las compara con las extensiones de hoy día. Se obtenían buenos rindes, el arroz valía, y no teníamos los problemas de las palomas al momento de sembrar. Las taipas las hacíamos a pala, uno de cada lado; mientras que el pozo lo hacíamos cerca de un curso de agua; mientras que la cosecha era manual con hoz, segadora, arrodillado todo el día, se juntaba secaba y se llevaba a la Cooperativa de Basavilbaso”, explicó y concluyó: “Tuve que vender algunos lotes para pagar deudas contraídas para trabajar”.

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