Kirchner, Saadi y Barrionuevo: Dios los cría y las elecciones los amontonan
Por Jorge Barroetaveña
Si en Entre Ríos no dudó en acercarse y tender puentes con Jorge Busti que durante el conflicto agrario tuvo una clara postura a favor de los productores, en Catamarca tampoco le tembló el pulso para aliarse con lo peor del Justicialismo: Ramón Saadi y Luis Barrionuevo. Seguramente algún desprevenido podrá pensar que ‘este’ Néstor Kirchner no es el mismo que hace un par de años defenestró a Barrionuevo por su ‘ultramenemismo’ y acusó a Saadi de ser el causante de los males de Catamarca. Otro podrá pensar que tampoco es aquel que hasta hace un año tenía una alianza con el gobernador ‘K’ Eduardo Brizuela del Moral. Error, es el mismo que viste y calza, pero urgido por los tiempos electorales y por el desgaste en el ejercicio del poder. Kirchner sabe que, cuando el zapato aprieta cualquier remedio es bueno, y guardó en el viejo ropero de los recuerdos, algunos discursos de cuando era presidente.
A ver. Brizuela del Moral es un mandatario ‘K’, hoy cercano al cobismo. En una jugada impensada, resolvió adelantar las elecciones en su provincia, provocando quizás un efecto no deseado: el peronismo, por gestión y presión de Néstor, se abroqueló otra vez, juntando en el mismo patio a Saadi y Barrionuevo. En el reparto, el sindicalista fue el más favorecido, generando el obvio descontento del ex gobernador y actual legislador nacional. Las diferencias, llegaron a tal extremo, que ninguno de los dos compartió palco con el ex presidente en el cierre de campaña.
Si bien el resultado de hoy en Catamarca podría ser inocuo para lo que viene, (los legisladores nacionales se eligen en octubre), sí podría ser determinante para las acciones futuras del kirchnerismo que ha demostrado hasta dónde está dispuesto a llegar con tal de evitar una derrota. Catamarca es, en el contexto nacional, un distrito pequeño que quedó en el centro de la escena, por cuestiones circunstanciales y por las urgencias kirchneristas.
Kirchner tiene una característica que lo distingue de sus antecesores: construye desde la confrontación y, por extensión, desde el borde del precipicio. En los años de su gobierno, los primeros sobre todo, le dio buenos resultados. Ante una figura presidencial debilitada, emparentada con el radical De la Rúa, la idea no fue mala y al cabo, en una sociedad acostumbrada a un presidencialismo fuerte, dio en el clavo. Pero los gritos, las cajas destempladas y los señalamientos con el dedo tienen un límite. No es posible tirar siempre de la cuerda sin que esta se corte. En el 2.007, la misma sociedad que lo había tolerado casi todo, en medio de una mejora económica, empezó a dar señales de fatiga. Con el envión y una oposición dividida y débil, a Cristina le alcanzó para ganar con comodidad. Pero los primeros signos ya habían empezado a aparecer. En marzo del año pasado llegó el quiebre. El conflicto del campo arropó otras demandas y canalizó los malestares sociales, no sólo económicos sino también institucionales.
Durante un año el kirchnerismo vagó desorientado y refunfuñando contra su propia suerte. No se dio cuenta de la nueva realidad, aunque tampoco hizo mucho esfuerzo por comprenderla. El domingo, el discurso de la Presidenta ofreció un contraste notable: ella desde el Congreso de la Nación pidiendo más respeto a la democracia y una mayor calidad institucional, y su marido desde cuanta tribuna se le cruce, descalificando a propios y extraños e invitando a una división entre buenos y malos, propia de tiempos pasados de una Argentina pesada. Esa dicotomía, entre lo dicho y lo hecho , sigue siendo demasiado evidente y siembra de dudas a los que quieren creerles.
Lo que sucedió el martes con la Mesa de Enlace fue una buena señal, aunque cargada de desconfianza y recelo. La sorpresiva presencia de la Presidenta de la Nación podría marcar un antes y un después, una nueva forma de encarar los problemas por parte del gobierno. Pero con eso solo no alcanza. La confianza se puede perder en un segundo pero recuperarla lleva tiempo, y más en medio de un conflicto en el que el gobierno se ha encargado de vapulear a gusto y placer al sector agropecuario. Es imposible suponer que, de un día para el otro habrá acuerdo y se solucionarán los problemas. Cuestiones similares ya han sido planteadas con anterioridad y los productores todavía están esperando. Desde el precio de la leche subsidiado hasta ayudas que nunca llegaron o declaraciones de emergencia que jamás fueron homologadas por la Nación y por ende no entraron en vigencia.
La jugada de Cristina fue pergeñada en Olivos por Néstor. Sólo ellos dos lo sabían, tanto que la cara de los ministros cuando vieron entrar a la Presidenta los dejó en evidencia. El propio ex presidente la refrendó luego con un escueto elogio a la actitud de la Mesa de Enlace por sentarse a dialogar. La movida descolocó incluso a los dirigentes del campo, a quienes les llevó unas horas digerirla y varios cruces entre Buzzi y De Angeli.
La situación de los líderes agrarios no es la mejor: saben que hay productores en estado terminal y que están dispuestos a cualquier cosa, con el corte de ruta apenas como escala. El martes, a la misma hora que Cristina enfrentaba a la Mesa de Enlace, una asamblea de 400 productores sesionaba a pasos de la 14. Y se escucharon cosas pesadas, de gente que está al borde de la desaparición. Ya no pelean por la rentabilidad sino por la subsistencia.
Si el gobierno tomó conciencia de esto, sólo se sabrá con el paso de los días. Si fue apenas una estrategia para ganar tiempo, el enojo será más virulento. Y las elecciones están cada vez más cerca. Y penden como una espada de Damocles sobre el ‘proyecto de país’ de Néstor y Cristina.
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