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La angustia del empleado de Unilever agredido: "Me podrían haber matado"

Martín Rodríguez terminó con cuatro puntos en la oreja por querer entrar a trabajar a la planta. Con una bronca y una tristeza indisimulable, afirmó que no se sintió cuidado por la empresa y que no sabe si podrá volver a trabajar junto a los mismos que agitaron en su contra.

Es insólito: nadie, pero absolutamente nadie debería temer por su vida por el simple hecho de querer ir a trabajar. Sin embargo, el conflicto que se desató a comienzo de esta semana luego de que la empresa Unilever despidiera a 16 trabajadores, los hechos derivaron en una barbarie difícil de explicar.

El jueves por la mañana, cuando la empresa obtuvo el apoyo del Ministerio de Trabajo provincial y afirmó que la situación de los despedidos es irreversible, Martín Rodríguez –44 años, de los cuales 21 los pasó siendo trabajador de la empresa– se presentó a las siete menos diez de la mañana para ingresar a trabajar. Pero jamás llegó a su puesto: más de veinte personas lo agredieron con violencia física y verbal y lo dejaron mal herido con un corte contundente en su oreja izquierda. Sólo la suerte y el hecho de no haber caído jamás al suelo permitieron que no termine peor.

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“Llegué a la planta, y en la puerta principal había un cordón de matones, la mayoría no era de acá. Cuando me bajé del auto, ya me estaban esperando. Entonces arengaron a la multitud diciendo ‘¡Ahí viene Rodríguez!’, y se me vinieron todos encima”, contó Martín, el trabajador agredido. Sin poder esconder la angustia y la bronca, detalló exactamente lo que confirmaron las imágenes que se viralizaron, donde se ve clarita la brutal agresión.

“Cuando llegué me dijeron ‘¿Qué hacés acá, hijo de puta?’. ‘Vine a laburar’, les dije. ‘Acá no entra nadie a laburar porque hay compañeros despedidos’, me contestaron. Sin embargo, todo eso no quitaba que yo pudiera entrar a trabajar”, contó en una entrevista íntima en ElDía desde Cero (FM 104.1). Creyó que se le habían venido encima unas diez personas, sin embargo en el video se ve que son más de 20 los que lo atacaron.

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Pero lo que las imágenes no cuentan es lo que pasó la noche anterior, las amenazas, los sinsentidos que tanto Rodríguez como varios de sus compañeros viven por este conflicto: “Mi jefe directo me garantizó la seguridad, porque los despidos ya estaban consumado y que no había vuelta atrás. Pero nuestras fuentes de laburo aún persisten, aunque no sé hasta cuándo. La realidad es que como a mí me habían garantizado el acceso seguro, por eso fui a trabajar”, recriminó a la empresa y enseguida apuntó al gremio: “El día anterior, el señor Mario Aguirre (delegado gremial en Unilever) se hizo presente en mi casa y eso fue muy chocante. Me sorprendió mucho, porque que vayan a mi casa es algo intimidatorio. Me dijo que si iba a trabajar se podría todo. Lo tomé como una amenaza y fui a hacer la denuncia a la comisaría. Por eso la noche fue complicada. Toda mi familia la pasó muy mal esa noche”.

Padre de tres niños, uno de 4, uno de 9 y otro de 11. A las amenazas y amedrentamientos que sufrió la noche anterior a la agresión, se sumaron después las intimidaciones otros trabajadores de Unilever que se solidarizaron con él. “Me llamó un compañero llorando diciéndome que no me puede acompañar a la radio porque lo amenazaron y ahora tiene miedo. Lo cierto es que me hubieran podido matar a mí el jueves a la mañana, así que me pregunto si todo esto vale la pena”.

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Otro de los hechos que a Rodríguez no le cierra y que le hacen dudar sobre las garantías de su integridad física fue el hecho de que justo al momento de su agresión los policías que cuidaban la zona de pronto desaparecieron: “Me dijeron que habían ido al baño, cuando todo el mundo sabe que el momento más tenso era a las siete de la mañana. No podían descuidar todo a esa hora”, protestó.

“Vi un montón de caras desconocidas, la conocida que vi fue la de uno de nuestros delegados, Raúl Lemes. A él lo vi claramente, detrás de la multitud, y también quería pegarme. Ahora tengo licencia por unos días, pero no sé si vuelvo a la planta. No me agrada tener que convivir con personas que sé que son agitadores, eso ya no me sirve y no quiero eso en mí día a día”, lamentó al borde de las lágrimas.

“Yo sé muy bien que esto va a quedar en la nada y que la empresa va a seguir produciendo. Por eso yo ya no tengo la motivación para trabajar en un lugar donde los dirigentes no valoran a los que realmente tenemos la camiseta puesta. Hoy en día, no sé si vuelvo a la planta de Unilever”, concluyó.

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