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La Colonia El Potrero y sus historias de descendientes de los primeros chacareros

Es una de las más conocidas del departamento. Fue poblada por inmigrantes e hijos de inmigrantes, en su mayoría descendientes de alemanes del Volga, italianos y criollos. Los campos que antes pertenecían a grandes estancias pasaron a manos de chacareros que no tenían tierras a fines de los años cuarenta. La Colonia fue conformada por familias numerosas, cuyos chicos concurrieron a escuelas que se fueron levantando en diferentes zonas.

Por Fabián Miró

Pasaron más de 70 años de la creación y la realidad es otra. Los primeros propietarios fallecieron y son pocos los descendientes que continúan apostando a la producción viviendo en el campo. Como en tantas otras zonas, la vegetación avanzó y transformó en taperas lo que fue el hogar de familias y alguna de las escuelas que supieron albergar a 60 chicos cerraron sus puertas y se transformaron en taperas por la falta de alumnos. “Tito” Ross a sus 74 años sigue viviendo en el Potrero, y contó su historia de vida a ElDía, en lo que considera su lugar en el mundo. También lo hizo Graciela Damer, integrante de una de las familias que es de la Colonia.

El lugar tuvo sus tiempos de esplendor con la llegada de los productores que arribaron para cumplir sus sueños: el de trabajar su propio campo, abrir la tierra con arados tirados por caballo, el de tener su quinta, su lecherita, sus vacas, sus animales de granja (cerdos, ovejas, gallinas, pavos y patos), el de elaborar su propio pan en un horno de barro.

Fueron tiempos muy duros. Sin electricidad y lejos de la ciudad. Si, transitaban en carros rusos y alguna Ford A más 30 kilómetros. El tiempo fue pasando, los hijos crecieron, el campo no alcanzaba para tanta gente; razón por la cual muchos vendieron los establecimientos a gente que no era de la zona, muchos de Buenos Aires, y en algunos casos a otros colonos. Las escuelas se fueron quedando sin alumnos.

Don “Tito” Ross

El lunes por la tarde, con un cielo oscuro que presagiaba una fuerte tormenta que en definitiva no fue tal, ElDía llegó al campo de Ricardo Ross, apellido muy conocido en Colonia El Potrero, hoy Costa Uruguay Norte. “Tito” estaba trabajando en el galpón, cuando arribamos a su establecimiento de 26 hectáreas en calles 2 y 10, llamado “El Rincón de la Legua”. En el patio de su casa habló del pasado, presente y futuro de la Colonia. Llegó al año de vida a la colonia y ya lleva 74 en este mismo patio. “Pienso seguir en este lugar hasta que Dios lo disponga”, sentenció.

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Afable, con una sonrisa a flor de labios, optimista, el colono recordó a sus padres Alejandro Ross y Catalina Michel. Dijo que su papá “era Alemán del Volga que venía de la vieja Rusia”. Contó que junto a mamá “formaron una gran familia, doce hijos (9 nueve varones y 3 mujeres) que con el correr del tiempo se fueron casando y emigrando a la ciudad. Quedamos cinco hermanos en el campo trabajando con mi papá. Teníamos dos lotes, uno de 135 hectáreas y otro de 133. Uno en la calle 2 y otro en la 1”.

“En aquellos tiempos apostábamos a una producción mixta. Ganadería y agricultura eran nuestro fuerte, además de todo lo que se hacía con los animales de granja y en la huerta. Trabajábamos en agricultura, lino, trigo, algún pedacito de avena y maíz para consumo propio”.

En un principio mis padres y tíos “araban con caballos, después con el paso del tiempo mi padre compró dos tractores, uno Advance Rumely y otro Guanaco”. Sobre el primero dijo que se “trataba de un tractor raro. Era bicilíndrico, los pistones echados, y adelante una chimenea. El consumo de esa máquina, mayormente, era aceite quemado y Agricol”. Se los conocía como los tractores con la rueda de uña. Eran un “poco pan para hoy y hambre para mañana, porque se rompían seguido”.

En cuanto al trabajo con los caballos a tracción a sangre, hacían una muda a la mañana temprano hasta las 12, luego ataban otra muda hasta las 5 de la tarde. Sacaban el arado y hacían el descanso.

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Contó que “no teníamos televisión, solo radio y no todos los colonos. El viejo compró una radio, a baterías, recién en el año 1951”.

Cosecha y maquinaria

Primero trabajamos con una trilladora de arrastre que tiraban los mencionados tractores. Levantábamos entre 12 y 15 hectáreas por día. Se almacenaba en bolsas que luego se estibaban y guardaban en un galpón. Cuando se llegaba a una determinada cantidad se juntaba y cargaba a un camión. Después compramos en el 62 una Daniele de 14 pies que quedó como museo en el establecimiento. Tenía motor naftero que consumía demasiado, razón por la que le pusimos, posteriormente, un gasolero. En cuanto a los tractores, mi padre compró, primero, un fhar 45 en el 58, y en el 74 un John Deere", relató.

Los primeros colonos

Mencionó algunas familias que vivían en la Colonia. “ Juan Ferrari, Adan Koch, Enrique Ross, Marcelo Domínguez, Ramón Sosa, Eduardo Damer, Jorge Koch, Gertsner, Rinaldi, Spomer, Reichel, Juan Vitasse, Santiago Spomer, Jorge Spomer, Alejandro Kroh, David Kroh, Carmelo Ferrari, Ramón Martiarena, Felipe Schneider, Atilio Koch, los Lizzi, Felipe Bohl, Jacobo Koch, Ricardo Sack .

Contó que en todas las casas de inmigrantes y descendientes de Alemanes del Volga “se hablaba alemán, en mi caso entiendo todo, pero me cuesta hablarlo”.

“Pese a que éramos una familia numerosa nunca nos faltó la comida. Desayunábamos bien con pan casero, manteca, crema, almorzábamos y cenábamos con mayoría de alimentos que producíamos en la huerta y en la granja, además de la leche que ordeñábamos”. Dijo que se madre se “sacrificaba para alimentar y vestir a tantos hijos, además de trabajar en la quinta donde hacíamos papa, batata, zapallo, verduras de hoja”.

Sus padres “viajaban a la ciudad una o dos veces al mes. Al principio lo hacían en un carro ruso tirado por 4 caballos. Salían a las tres de la mañana y regresaban entrada la noche. En aquellos años no teníamos rutas asfaltadas como ahora. Todo era de tierra y llegar y volver del pueblo demandaba unas cuantas horas de viaja. Con la llegada de los primeros automóviles, la situación cambió.

El presente

Actualmente, en la zona vivía mucha gente, llegando a concurrir 130 alumnos a la escuela 60, entre la 9 y la 2, siendo hoy la cifra sensiblemente menor. “En mi caso llegué hasta quinto, porque no había sexto grado, menos que menos séptimo. Teníamos tres maestras que vivían de lunes a viernes en la escuela. Los chicos concurrían a lomo de caballo, muchas veces dos hermanos, en un mismo ejemplar equino; mientras que los que vivían cerca de los establecimientos educativos llegaban caminando. Era todo un espectáculo, ver tantos chicos a caballo con sus guardapolvos blancos”, relató.

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En cuanto a la iglesia, calle 1, Evangélica del Río de la Plata, en pleno apogeo de la colonia se llenaba de gente, y hoy, cuando tenemos culto, asistimos unas 12 personas. Todo por un éxodo que “resultó inevitable, los mayores fallecieron, los jóvenes no tenían demasiado futuro y buscaron otro horizonte”.

Dijo que su vida es el campo y que no se imagina viviendo en la ciudad. “ Es para estar un rato, después me siento encerrado”, expresó.

Ricardo, formó una familia junto a Ofelia Hilt. Criaron y educaron a tres hijos, Alejandro, Miriam y Marcela que les dieron 8 nietos, Paula, Narella, Martina, Giannela, Franco, Lucía, Juan Agustín y Mariela.

La energía eléctrica “llegó en el año 1990 y fue un adelante notable para nosotros. Nos cambió la vida. Antes nos iluminábamos con lámparas, sol de noche y velas, después algún grupo alimentado con baterías y nada más”.

La señal de internet no es buena en la mayor parte del campo, sin embargo “Tito” se las ingenio. Armó una antena con la cual tiene una mejor recepción.

Graciela Damer

La mujer de 58 años nunca se fue de la colonia. Nació, se educó y formó su familia en el Potrero. “Mis padres se instalaron en esta zona y seguí su camino trabajando la tierra. Hago todo tipo de trabajo. Tengo una huerta para autoconsumo, hago mermelada de higo y durazno caseras para vender, recetas que me transmitieron mi madre y mi suegra. Solo fruta y azúcar, nada de químicos”, resaltó.

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Dijo que le gusta “más el campo que la ciudad y que cuando viaja a la misma, es para hacer las compras y después pegar la vuelta”.

Contó que una jornada normal, arranca a las “siete de la mañana, cuando tenemos vaca en ordeñe, ordeñamos y se hace algún queso de campo”.

Cuando era niña conurrió a la “Escuela 66 que queda cerca de la casa paterna, establecimiento educativo que cerró sus puertas porque ya no quedan niños, en edad escolar, en la zona”.

Sobre la cantidad de taperas dijo que “duele ver arboledas que taparon lo que fueron casas de familia, producto de un éxodo rural muy fuerte”.

El Centro Cívico

Sobre un terreno, 4 hectáreas, ubicado en la calle 4, el primero de mayo del año 1958 se fundó el club Centro Cívico El Potrero, dotándose al mismo de una infraestructura que muchos clubes de la ciudad envidiarían. Un salón de considerables dimensiones que fue escenario de distintos eventos, reuniones, bailes y hasta proyección de cine. También, con una considerable pendiente, se armó una cancha de fútbol y un predio para la doma. Pegado a “Centro Cívico”, se encuentra la Capilla “María Auxiliadora” y la Escuela 107,

Se conformaron planteles de fútbol que jugaron campeonatos de Colonias, enfrentando a Las Piedras, Pehuajó, Perdices, Las Mercedes y Sarandí. La camiseta original era igual a la de Chacarita, adoptando, en la temporada 63/64 los colores verde y blanco.

Jugó los torneos de la desparecida liga zonal, viajando, en camión, a Colonía Elia, Pronunciamiento, Herrera y otros poblados rurales. Centro Cívico se afilió luego a la Liga de Gualeguaychú, directamente a la A, en 1971

Entre 13 equipos, finaliza 11º y juega el Promocional 1972, a comienzos de año logra permanecer en la A, junto a Sarmiento y Sporting.

Desciende a fines de 1972 y juega en la B las temporadas 73 (subcampeón detrás de Tiro Federal) al 74. Después dejó la Liga.

Se recuerdan los nombres de Manguera Dargains, Chajá· Vitasse, Néstor Cedrés, Ángel Cortés, Paisano Mendoza, Heraldo Ressel, Negro Dargains, Oscar Magne, Mingo Fiorotto, Edgardo Cedrés, Oscar Casenave, Pablo Casenave y Ubaldo Procura.

Creación de la Colonia

El Consejo Agrario brindó un informe favorable para la expropiación de algunos campos de las estancias formadas por los sucesores de Saturnino E. Unzué. Así que de acuerdo a la Ley de Expropiación Nº 12.636/40 se autorizó a declarar de utilidad pública, en mayo de 1946, con fines de colonización a diferentes fracciones de campos tales como “El Ñandubaysal”, “El Mangrullo”, “San Martín” y “San Luis”.

Se designó popularmente “El Potrero” a lo que en diferentes documentos y cartografías aparece con el nombre de “Potrero de San Lorenzo”, en alusión al Arroyo San Lorenzo. Esta zona rural comprendía una serie de establecimientos como “Centella”, “Isletas”, “Sauce”, “Ñandubaysal”, etc.

La zona de “El Potrero” tenía un importante movimiento comercial dado por la explotación de los montes, los altos rendimientos de sus cosechas y el desarrollo del ganado bovino y ovino. Los dueños de las estancias durante el período investigado son todos parientes entre sí, porque recibieron esos campos en sucesión al fallecer Don Saturnino E. Unzué, detalla el Licenciado e historiador Marcos Henchoz.

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