“La cultura del trabajo se aprende de chico”
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José Luis Peruzzo parece salido de un almanaque de Molina Campos. Tiene 78 años y está jubilado, pero sigue trabajando en su gran amor: la herrería. Con el yunque y la fragua, este hombre realiza a diario un trabajo artesanal que prácticamente ya no existe en el rubro.Carlos RieraPor lo general, estas páginas siempre están dedicadas a personajes de la ciudad que son conocidos por algún hecho relevante que los hizo salir del anonimato, pero la historia de José Luis Peruzzo está lejos de tener un tinte mediático, todo lo contrario. Su vida ha sido silenciosa y, al igual que muchos otros, dedicada a su trabajo.Entrar al taller que tiene este hombre en la esquina de Gualeguay y 3 de Caballería es meterse en el túnel del tiempo. El viejo delantal que usa para su trabajo, las herramientas, las paredes de madera, todo remite a varias décadas atrás."Y yo qué querés que te diga", fue lo primero que dijo este hombre cuando se lo requirió para hacer una entrevista. En su rostro, la sonrisa siempre presente, vestigio de una vida feliz pero sacrificada por un trabajo que ya podría haber legado a sus hijos para disfrutar de los nietos, pero él prefiere seguir activo."Nosotros vinimos del campo. Mi viejo era el herrero en las colonias, cuando estábamos en Perdices en el límite de Pehuajó y Dos Hermanas", contó Peruzzo sobre sus primeros años de vida. Proviene de una numerosa y típica familia rural de principios de siglo XX que llegó a la ciudad paran mejorar su estilo de vida.Tenía 23 años cuando llegó a Gualeguaychú junto a su padre y sus nueve hermanos. Le ofrecieron a su padre "venirse para el pueblo" y arregló con el dueño del campo que arrendaban vender una parcela de tierra para comprar una casa en la ciudad. Fue así como en 1958 compraron y se asentaron en la casa donde hoy está ubicado el taller.Artesano de juguete"Mi padre siguió con la herrería y yo trabajaba con él. Hicimos de todo, carpintería, hojalatería, lo que fuera. Había que rebuscarse. Éramos muchos y había que pagar la olla", recordó Don Peruzzo, con una sonrisa en la cara."Doy gracias a que de chiquito mis viejos me hicieron trabajar porque lo que aprende una criatura de chico no se lo olvida nunca. Yo no digo explotar a los chicos, pero sí enseñarles a trabajar desde chiquitos. Hoy en día se ha perdido la cultura del trabajo porque nadie sabe hacer nada", opinó el hombre de 78 años."Nosotros jamás tuvimos un juguete comprado por mi viejo, no podía por la cantidad que éramos. Los juguetes los hacíamos nosotros, los tractorcitos, los autitos, y es ahí cuando a uno le empieza a despertar el interés por cómo se hacen las cosas. Hacíamos los autitos con ruedas de chapa, de madera, de lo que fuera... el más chico de mis hermanos fue el único que recibió un regalo de mi padre", recordó."A mí no me van a enseñar lo que es la pobreza, yo la viví. Salíamos a juntar cardos para el fuego de la cocina ¿Y hoy en día eso existe? Nadie tiene esa cultura. Doy gracias que la conozco porque entonces puedo hablar a partir de ahí", agregó.La fragua y el yunqueLlegar a Gualeguaychú fue todo un avance para José Luis, que buscaba tener un trabajo independiente. Primero trabajó junto a su padre en el taller hasta que en el '73 se jubiló y él quedó como el único al frente de la herrería.Hoy, todavía sigue activo. Trabaja con la fragua, la autógena, el yunque, todo a la antigua, y cuando se le preguntó por qué no se modernizó para alivianar el trabajo, Peruzzo explicó que "con la fragua eléctrica hay que estarla regulando" y que con su método "lo hace despacio y tranquilo"."Esta es mi vida", confesó. Un hombre sin pasión por su trabajo no podría estar haciendo nunca esto a los 78 años, mucho menos si ya está jubilado. "Dicen que hay que hacer ejercicio y yo lo hago con la fragua y con el martillo", indicó mientras pegaba un martillazo a uno de los cientos de fierros del lugar.Las marcas de la historiaA su edad muchos preferirían estar haciendo otra cosa, disfrutando de otros regalos de la vida, pero "yo no sirvo para estar sin hacer nada". Peruzzo tiene nietos y tres bisnietos, y "todavía me ando revolcando con ellos en el piso, lo disfruto, doy gracias a Dios que tengo una familia hermosa".Lleva 49 años de casado y ya prepara la fiesta para las Bodas de Oro el año que viene. Con su mujer tuvo cuatro hijos, dos varones y dos mujeres, que le dieron ocho nietos y tres bisnietos, una familia numerosa. "Le doy tanta gracias a Dios y que todos son muy lindos y unidos. Es parte de la vida. Yo solo pido que anden bien", comentó mirando el piso, como a lo largo de toda la entrevista.La humildad de este hombre se evidencia en sus palabras y en todo lo que lo rodea. "Nunca fui ambicioso de querer tener. Acá vienen muchos amigos que llegan a saludarme, me siento muy querido por la gente. Vienen nietos de mis primeros clientes y eso es señal de que tan mal no tratamos a sus padres y abuelos", dijo y se rió.Uno de sus hijos ha seguido sus pasos, incluso "hasta marcas hace". En todo el taller, en cada rincón de madera, hay un sello a fuego de las marcas de ganado que prepara Peruzzo y a juzgar por la cantidad que se observan, seguramente ha hecho trabajos para todos los campos del Departamento."Un día estaba uno de mis nietos contándolas, debe haber más de 2 mil marcas ahí. Hay muchísimas repetidas, pero son 55 años que estoy acá, yo las dejo como muestra", contó Peruzzo mirando cada una de las marcas que hay en la pared, documentos de su historia.Desorganizadamente organizadoTrabaja con la autógena, oxígeno y carburo, "es lo principal". Pero a su vez hay otras herramientas que comparten algo en común: todas datan de mediados de siglo pasado. Todo es viejo pero funciona.En el medio del taller hay un banco de trabajo, ya un poco deteriorado, que debe tener más de cien años. "Cuando vino mi viejo, este banco estaba enfrente a lo Boggiano, en lo Peretti, y ahí le dijeron que debía tener más de 50 años y hace 55 que lo tenemos nosotros", sacó cuentas Peruzzo.En el taller reina la desorganización, pero cuidado con tocarle algo o mover un fierro de lugar. "Que no me toquen los fierros", advirtió el entrevistado mientras sonríe porque de memoria sabe dónde está cada cosa.Hacer una entrevista a un hombre de la calidad de Peruzzo es una de las gratificaciones de la profesión periodística. Saber que existen personas como él, y que uno tiene la oportunidad de conocerlas, es muy bueno. Cuánto mejor estaría el mundo si muchos pudieran decir las cosas con la misma naturalidad que lo dice Peruzzo: "A mí no me interesa ganar, lo que me gusta es poder satisfacer al cliente y sacarlo del paso".
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