La escuela como caja de resonancia
El sistema educativo no sale indemne de la violencia que atraviesa a toda la sociedad. Se trata un fenómeno complejo que requiere soluciones múltiples, afirmó Gustavo Galli, del Ministerio de Educación de la Nación, en Gualeguaychú. Marcelo Lorenzo La escuela como "caja de resonancia" de las prácticas violentas que tienen lugar en todos lados -la casa, el trabajo, el tránsito, el barrio, las rutas, las canchas de fútbol, etc.- fue la premisa dominante del encuentro sobre el tópico que tuvo lugar en Gualeguaychú, el jueves 8 de mayo pasado.Así lo expuso la Presidente del Consejo General de Educación de Entre Ríos (CGE), licenciada Claudia Vallori, al abrir la jornada de actualización docente "Violencias y Acoso escolar. Convivencia en la Escuela", un evento organizado por el senador provincial (FpV) Natalio Gerdau y Ricardo Rodríguez, titular del 'Ateneo Gualeguaychú'.El concepto fue ampliado por el licenciado Gustavo Galli, de la Coordinación de Programas para la Inclusión Democrática en las Escuelas del Ministerio de Educación de la Nación, quien tuvo a su cargo la explicación de la problemática."¿Por qué no debería suceder en la escuela algo que desafortunadamente sucede muchas veces en los otros ámbitos sociales?", se interrogó el especialista durante la exposición."Con esto -aclaró- no quiero justificar lo que sucede, que por cierto no es algo querido ni buscado. Simplemente digo que la escuela no es aséptica, no es una caja de cristal. Es un lugar adonde van los mismos pibes, las mismas familias, los mismos docentes que componen la sociedad".En línea con esta interpretación, Galli expuso la visión del Ministerio de Educación según la cual la violencia dentro de la escuela es efecto de la "desintegración de los lazos sociales", ocurrida en el pasado del país."En los últimos años todo eso se está recuperando, pero lo que pasó no pasó en vano", sostuvo el funcionario, para quien hay detrás otras razones que explican el fenómeno.Una es la "pérdida de sentido" de la escuela, que afecta tanto a alumnos y docentes, como a padres, y que gira alrededor del "¿para qué?" de la institución y del esfuerzo educativo.Según Galli, lo que está en crisis es el papel de los adultos: "No es posible educar sin la asimetría entre el adulto y los niños. No es posible educar si los adultos no ponemos límites. Aunque eso dentro del afecto necesario. No es cuestión de mano dura". Exclusión, la primera violencia El funcionario nacional se quejó, en varios tramos de su exposición, de la manera en que los medios de comunicación abordan el tema. "Tengo cierto enojo de escuchar en la televisión a opinadores permanentes", criticó.Al respecto señaló que uno de ellos sostuvo que "el problema de la violencia en las escuelas era la inclusión". Para Galli, es al revés: "El que dice eso niega que la primera violencia es la exclusión".Según dijo, quienes critican la inclusión "construyen al otro como amenaza", es un intento "por sacar del medio al que no nos gusta". Y el objetivo de la inclusión, justamente, viene a "otorgar visibilidad al otro diferente"."Viene a decirle: 'sos alguien para nosotros'. La escuela abierta, así, viene a decirle: 'no me importa de dónde venís ni que hiciste; pero me importa quién sos, acá tenés un lugar y sos importante para nosotros'", afirmó el funcionario.Por otro lado, llamó la atención sobre los riesgos de "naturalizar" la violencia en la escuela: "Como es habitual, no nos sorprende. El peligro es que pueda ser visto por los chicos como un modo de relación. Y ahí es cuando los adultos tenemos que poner una palabra distinta". El otro puede cambiar Galli explicó que existe la tendencia -aun en el ámbito docente- de catalogar a determinados alumnos como violentos, como si eso fuese parte de su naturaleza, y por tanto un rasgo inalterable de su personalidad.La consecuencia que sigue de ese pensamiento, dijo, es que al violento hay que apartarlo de la escuela. El error, afirmó, es convertir una conducta de alguien en su propia esencia (hipótesis sustancialista)."Con esta lógica, el que pelea ya es violento, el que se queda con algo ajeno ya es un ladrón". Según el disertante, esta forma de pensar atenta contra la filosofía de la escuela, que cree íntimamente que las personas cambian.Al respecto, indicó que hay que "pensar en roles", y eso significa concebir que los "actos" de las personas, en este caso los alumnos, no los definen para siempre."Mirando hacia atrás, ninguno de nosotros hubiésemos tenido oportunidades en la vida, si alguien no hubiese apostado a que nuestros errores eran expresión de una situación y, por tanto, que íbamos a cambiar", razonó."Tenemos que ser conscientes de que estamos ante roles desempeñados en un momento, pero que no es así toda la vida. Si nosotros creemos que un comportamiento define a una persona, la clausuramos ahí, pensando que ya no puede cambiar", apuntó.En este sentido, dijo que los docentes y directivos -y adultos en general- deben tomar el riesgo de confiar. "La noción de que el otro es una amenaza, mella y tira abajo la apuesta por la confianza en él", afirmó.Y confiar, dijo Galli, "es apostar a que el otro puede superar eso que hizo". En su opinión, la escuela debe poner límites, pero con vistas a una posibilidad de cambio."Una sanción, por tanto, es un punto de partida para todo lo que viene después, que es el acompañamiento para que ese chico deje de hacer determinadas cosas. No debe ser un punto de llegada que clausura todo", indicó.Según dijo, urge revisar y cuestionar el estereotipo social según el cual "los pibes se pelean, no escriben, no hacen nada, son todos vagos y nada les interesa, salvo jugar a la play o estar en Facebook"."Tengo que decirles que la realidad es otra, y por tanto tenemos que construir otra mirada sobre los jóvenes. Ocurre que las cosas buenas no tienen prensa. ¿Quién se enteró, por ejemplo, que un grupo de jóvenes de Marcos Paz ganó hace poco un concurso de tecnología en Ecuador por construir una pantalla que disminuye el uso de energía? ¿Quién se enteró que chicos de una comunidad aborigen en Formosa viajan a Estados Unidos, porque fueron seleccionados en una feria de ciencias?", puntualizó el disertante. Soluciones complejasPara Galli es un error creer que, como sugieren algunos medios de comunicación, la violencia en las escuelas se puede resolver con un decreto del Ministerio. "Eso es hacer una lectura lineal y simplista del problema", afirmó.Por lo pronto, dijo, hay que "leer las situaciones en contexto", y al respecto puntualizó que "no se puede decir que los problemas de violencia en Entre Ríos son los mismos que en Palpalá, ni son los mismos que en Florencia Varela, provincia de Buenos Aires"."No se puede pensar -destacó-que a problemas complejos le siguen respuestas sencillas. El problema de la violencia no se resuelve, así, echando a Juancito de la escuela. Porque eso también es generar violencia. En realidad, para problemas complejos las respuestas deben ser complejas y múltiples".Y añadió: "Nosotros sabemos que la educación es un proceso y es tiempo. Nadie hace el proceso educativo de 12 años en 3. ¿Por qué? Porque son necesarios los 12 años".Con el tema de la violencia, sostuvo, pasa lo mismo. "No hay respuestas mágicas frente a esta situación. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de convivir? Hablamos de reconocer, que es hacer visible al otro. Es decir: para mí vos sos importante; no es lo mismo que estés a que no estés".El funcionario adelantó que ya está circulando la 'Guía Federal de Orientaciones', elaborada por el Consejo Federal de Educación, donde se instruye qué cosas tiene que hacer la escuela frente a los casos de violencia escolar. Crítica al bullyingEn otro orden, Galli dijo que desde el Ministerio se critica la noción de bullying, porque "esconde detrás" una filosofía maniquea que según la cual existe un "pibe bueno y un pibe malo"."Lo que se construye así es un modelo de víctima y victimario. Pero nosotros sabemos que aquí juegan los roles, de suerte que nadie es víctima para siempre ni victimario para siempre", dijo."La vida no es blanco y negro, sino que hay matices. No se trata de catalogar a los buenos por un lado, y a los malos por otro", argumentó.El concepto de bullying es objetable, además, "porque en su propia descripción corre al adulto de su responsabilidad en la situaciones, de suerte que culpabiliza exclusivamente a los pibes, como si éstos no fuesen responsabilidad también de los padres y los docentes".
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